En medio de unos años convulsionados para el mundo, el yogui y gurú hinduísta Paramahansa Yogananda, revolucionó a occidente con sus enseñanzas, trayendo hacia el otro lado de su país natal parte de la cosmovisión con la que creció y se convirtió en maestro, como la meditación, el yoga y la capacidad que tenemos como seres humanos de alcanzar un estado de conciencia superior, que trasciende nuestro ego y nos conecta con el cosmos.
por Equipo Mundo Nuevo
“Mi cuerpo se inmovilizó completamente, como si hubiese echado raíces; el aliento salió de mis pulmones como si un pesado imán me lo extrajese. El alma y el cuerpo cortaron inmediatamente sus ligaduras físicas y un chorro fluido de luz salía de mí por cada poro”. De esta manera Paramahansa Yogananda describe en su libro “Autobiografía de un yogui”, el momento en el que logró por primera vez una experiencia de conciencia cósmica por medio de la meditación. Un camino que nos enseña que somos parte del todo y que trascendemos, más allá del cuerpo, las formas y el tiempo.
Cuando Yogananda llegó a Estados Unidos en 1920, su mensaje era radical para la época: la conciencia humana no está limitada por el cuerpo ni por la mente ordinaria, y existen niveles superiores de percepción accesibles mediante disciplina interior. Una de las vías principales, de acuerdo al gurú, es el Kriya Yoga, conocimiento transmitido hacia él por su maestro Swami Sri Yukteswar, que había pasado de generación en generación a través de una milenaria sucesión de maestros, conocidos como los 18 Siddhas, entre ellos su propio gurú, llamado Lahiri Mahasaya.
En su autobiografía, Yogananda describe esta técnica como la unión (yoga) con el infinito por medio de cierta acción o rito, lo cual permite, si se practica consciente y constantemente, liberarse gradualmente del karma. De hecho, indica que el mismo Krishna, el gran profeta, se refiere a esta técnica en el Bhagavad Gita: “Ofreciendo aliento inhalando en aquel aliento que se exhala, y ofreciendo aquel que se exhala en aquel que se inhala, el yogui neutraliza estos dos alientos; de este modo, libera la fuerza de vida del corazón y la pone bajo su control”.
Yogananda explica que es por medio del Kriya que la fuerza vital expulsada no se desperdicia ni sobrealimenta, ni excita los sentidos, sino que se ve obligada a unirse a las energías sutiles de la espina dorsal: “Por medio de semejante refuerzo de energía vital, el cuerpo del yogui y sus células cerebrales se ven electrizadas por el elixir espiritual (…), desatando el cordón de la respiración que ata el alma al cuerpo, el Kriya sirve para prolongar la vida y expandir la conciencia hacia lo infinito”.
De esta forma, se logra refinar la energía vital, aquietar el cuerpo y la mente, dirigiendo la atención hacia el eje interno del ser y facilitando la entrada en estados más profundos de silencio. Una práctica que debe ser regular, responsable y acompañada de un marco ético, algo que en Occidente suele omitirse.
El ascenso de la conciencia
Dentro de las enseñanzas de Yogananda y de la línea de maestros que preceden su misión, se distingue un ascenso paulatino de conciencia, que va desde un estado cotidiano, donde se registran pensamientos dispersos, identificación con el cuerpo y reactividad emocional, hasta llegar a la supraconciencia. Este es el estado más elevado descrito por el maestro hindú, ya que se produce una expansión de percepción en la que la persona, al meditar, trasciende el ego personal. No se trata de un trance, sino de un estado lúcido, caracterizado por una sensación de unidad y claridad interior.
En el camino intermedio existen otros estados, como la subconciencia, asociada a hábitos, impulsos y memorias profundas. Le sigue la conciencia superior o “superconciencia”, donde la mente se vuelve serena, enfocada, capaz de intuición y comprensión amplia, en el umbral de la supraconciencia.
En el centro de esta ruta está la meditación, que Yogananda definió como la ciencia de reunir el alma con el Espíritu Infinito o Dios. A través de la meditación regular y profunda, la persona es capaz de despertar su alma, la inmortal, bendecida y divina conciencia que yace profundamente en cada ser. No es un vago proceso mental ni una reflexión filosófica. La meditación y el yoga son el medio directo para liberar la atención de las distracciones de la vida, aquietando los pensamientos turbulentos e inquietos que nos impiden conocer el maravilloso ser divino que realmente somos.
Dentro de estos estados meditativos, existen algunos como Savikalpa Samadhi, que son experiencias esporádicas de trance místico y unión divina. También, alcanzar el Nirvikalpa Samadhi implica lograr el control total sobre el estado de unión con Dios, pudiendo entrar y salir a voluntad. Un estado alcanzado por pocos, como Jesús, Buddha y Krishna.
“Un mar de gozo cayó sobre las riberas sin fin de mi alma. Entonces comprendí que el espíritu de Dios es inagotable. Felicidad. Su cuerpo es un tejido de luz sin fin. Un sentimiento de gloria creciente brotaba de mi y empezaba a envolver pueblos y continentes, la tierra toda, sistemas solares y estelares, las nebulosas tenues y los flotantes universos. Todo el cosmos, saturado de luz como una ciudad vista a lo lejos de noche, fulgía en la infinitud de mi ser”, relata Yogananda en su libro, al referirse a una experiencia de conciencia cósmica.
Es justamente esta vía de crecimiento y aprendizaje interno, la que nos llevará, según las enseñanzas de Yogananda y de cientos de maestros, al equilibrio. “Las escrituras hindúes enseñan que venimos a esta esfera terrenal con el único fin de aprender, de modo cada vez más pleno a través de sus continuas vidas sucesivas”, señala en su autobiografía. Porque de esta manera, nos convertimos en uno con el universo y comprendemos que no hay fronteras, principio ni fin, sino un flujo continuo.
Y en el fondo de esa búsqueda, está la respiración, el gran secreto de la vida. “Es la vitalidad, aquella apariencia de vida, aquel reflejo del alma de la cual proviene, que al brillar en las células corporales, se convierte en la única causa de apego de la persona al cuerpo. De no ser por su presencia, no rendiría tan solícito homenaje a un simple terrón de arcilla”, refuerza.
Porque finalmente, en palabras de Yogananda, el llamado parece simple, pero es una ruta de transformación: “Que la energía del Yo divino me inspire y la luz del Alma me dirija; que sea conducido de la oscuridad a la luz, de lo irreal a lo real, de la muerte a la inmortalidad.”
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