La reflexión que aquí se hace es un vistazo de las posibilidades que ofrece la unión entre la economía y una ética derivada del reconocimiento de la realidad de la dimensión del espíritu. Ante la inercia de quienes que se supone deberían guiar los aspectos políticos y económicos de nuestra sociedad, no nos queda más que asumir nosotros la acción por el cambio.

Felipe Correa Mautz

Pocos niegan que está en marcha un gran cambio, ya se tome desde el punto de vista de la tecnología, de las ciencias, de la ecología o desde la consciencia colectiva. Un escenario cada vez más preocupante respecto al medio ambiente, ligado también a una cada vez mayor escasez de recursos naturales, está llevando a transformaciones en los sistemas productivos, al cambio en los patrones de consumo de la población, y en general a una mayor preocupación por el planeta.

 

Los distintos paradigmas (o ideas) que están surgiendo no han sido, sin embargo, gratuitos. Son producto de una profunda crisis en nuestro estilo de vida que involucra una deficiente calidad de la alimentación, elevados niveles de estrés producto del tipo de trabajo, la falta de tiempo para compartir y educar, entre otros muchos factores. De esta forma se cumple la paradoja de que la crisis es al mismo tiempo una oportunidad, un factor de cambio. Una “crisis de nacimiento”, como lo resume Charles Eisenstein en su libro Economía sagrada, una crisis que nos expulsa del viejo mundo hacia un mundo nuevo.

Pero esta transición tiene algo particular que no han tenido las transiciones anteriores. Esta vez somos nosotros los que estamos eligiendo cambiar de paradigmas. Claro, la alternativa es destruir el planeta y de paso nuestra propia existencia material en él, lo que no nos pone en una posición muy favorable para negociar. Aun así, pienso que el cambio que experimentamos es más profundo que aquel estado al que nos llevaría simplemente la preocupación medioambiental. De esta forma, el planeta está sirviendo como el puntapié para una transformación mayor, una que se hace como una elección libre, “el comienzo de la historia de la humanidad” como diría Karl Marx, aquella que construimos de forma consciente.

Una economía centrada en lo material solo encontrará como medio de crecimiento la satisfacción de los crecientes deseos mundanos, lo que constituye en esencia una barrera insalvable para el anhelo humano de liberación.

Un área que tiene que acompañar todos estos grandes cambios de paradigmas es sin dudas la economía. La economía es la forma en que la humanidad se relaciona consigo misma y con las demás especies para producir el sustento material necesario para la vida. Involucra por ende la forma y el tiempo de trabajo, la distribución de los bienes, la relación que establecemos con los demás, con el resto de la naturaleza (¡la humanidad es parte de la naturaleza!), y con las cosas que producimos. Estudios conductuales de las últimas décadas han establecido, además, que la economía no es tan solo una consecuencia del accionar humano, sino también uno de sus determinantes. Y es por esto que es tan importante tomar la economía como uno de los tantos ejes de acción.

En el libro Lo pequeño es hermoso, el economista E. F. Schumacher señalaba que los verdaderos problemas de la vida, sea en la política, la economía, la educación, el matrimonio, etc. son problemas “divergentes”, queriendo decir con esto que son problemas de reconciliar opuestos, algo que no puede ser resuelto mediante el razonamiento lógico. Existen también los problemas “convergentes” que sí pueden ser resueltos mediante el razonamiento lógico, como son las ciencias físicas y matemáticas, y es esa la razón por la que pueden progresar acumulativamente y cada nueva generación puede comenzar justo donde sus predecesores terminaron. Al ser problemas “divergentes”, tanto la economía, como la política, la educación o el matrimonio, son problemas que necesariamente incorporan en su razonamiento un importante componente de elección ética.

Debido a que la economía puede finalmente ser entendida como una elección ética, es que surge la importancia de la espiritualidad, como una de las importantes fuentes de una ética para la transformación. Y el hecho de que esta transición deba ser realizada de forma consciente, nos obliga a poner en perspectiva un nuevo paradigma ético.


Espiritualidad y ética

Una de las reconocidas fuentes de ética ha sido históricamente la religión. Sin embargo, no podríamos decir que siempre ha sido una ética superior. A causa de la religión se han llevado a cabo guerras y persecuciones, se han censurado avances científicos importantes, y se ha condenado a personas de buena voluntad a todo tipo de calamidades. La ética de la religión tiene ese aspecto de dulce y amargo, pues constituye también una creación humana.

Sin embargo, es posible que la ética presente en la espiritualidad que yace detrás de los ritos y dogmas de la religión pueda aun sobrevivir en una era donde la ética sea entendida no dentro del esquema de la religión, como “una suma de mandamientos y prohibiciones que hay que cumplir”, sino como lo “una oferta natural e inherente que nos pueda conducir a la felicidad y satisfacción propias y de los demás” (El llamamiento del Dalái Lama al mundo: la ética es más importante que la religión, 2015). Fuera de la vasija de la religión, la espiritualidad cobra una dimensión ética que es humanista y trascendente a la vez.

Una Nueva Economía tomará la riqueza material como un medio y no como un fin, solo como algo necesario para poder desarrollar esferas y capacidades superiores que lleven finalmente a la felicidad plena y a la vida perfecta.

Ética, espiritualidad y una Nueva Economía

De las fuentes que pueden dar luces sobre el sentido ético de una espiritualidad verdadera, podríamos decir en primer lugar que son muchas. Los textos antiguos sobre los que se han basado las religiones son una de ellas. Otra fuente importante es la herencia oral de comunidades que, sin tener oficialmente una religión o textos que así lo establezcan, poseen una concepción espiritual bien definida., siendo este es el caso de algunos pueblos originarios del continente americano. Una tercera fuente son los desarrollos recientes que abordan desde una perspectiva contemporánea los vínculos de la economía con el entendimiento de una ética que reconoce la dimensión del espíritu. Libros como Spiritual Economics (1983), Proutist Economics (1992), Sacred Economics (2011) o Quantum Economics (2015), entre otros, son buenos ejemplos de ello.

Ecología, medioambiente y crecimiento

Una de las premisas fundamentales de la ecología es que los seres humanos formamos parte del medioambiente. Nosotros no trabajamos, ni producimos, ni consumimos en un sistema diferente al del planeta. Dependemos de sus recursos, como éste depende de nuestra responsabilidad para su subsistencia. La física cuántica ha hecho importantes avances respecto a la demostración de que la separatividad no es más que ilusión. Como señala el físico Amit Goswami en Quantum Economics, “a través de este dominio no-local, todas las cosas están interconectadas. La separatividad que experimentamos surge solo porque ordinariamente nos comunicamos vía señales locales”. El aspecto de interconexión que resalta la espiritualidad en diversas tradiciones es relevante para el entendimiento económico, pues si todos estamos conectados en un plano inmaterial, significa que cualquier daño que yo pueda ocasionar a un semejante tiene repercusiones de vuelta en mi propio bienestar.

 

Una economía que derive su ética del reconocimiento de la dimensión del espíritu, entendería también de forma distinta el crecimiento económico. Por su naturaleza, el ser humano siempre aspira al crecimiento como concepto genérico. Sin embargo, el mundo material tiene como característica el ser de una naturaleza limitada. Mantener la ilusión del crecimiento material infinito (medido por un incesante crecimiento del PIB) lleva inevitablemente a dos consecuencias: la primera es una desestabilización aguda de los equilibrios medioambientales que es son la base de nuestra estancia material en este planeta; la segunda es una inevitable e inacabable insatisfacción. Debido a que no podemos llegar a lo infinito (idea trascendencia dentro de la espiritualidad) dentro de lo finito (materialidad de la vida humana), nuestro “crecimiento” dentro de un marco material tiene límites. E. F. Schumacher se refiere a esto diciendo que “una actitud vital que busca la realización en la obtención unilateral de riquezas no encaja dentro de este mundo porque no contiene ningún principio limitativo en sí misma, mientras que el entorno en el que está ubicado es estrictamente material”. Esto no sucede en una economía concebida dentro de un marco que reconoce la realidad de lo inmaterial, donde el mundo del espíritu se presenta como algo infinito e inconmensurable. La Teología de la Liberación de la Iglesia Católica en América Latina tuvo (o tiene) un razonamiento similar. Así, una Nueva Economía debería sentar las bases materiales para hacer posible la expansión del ser humano hacia estadios más inmateriales de desarrollo, donde la materialidad del mundo no es limitación para el crecimiento (verdadero) de la persona.

Pobreza y riqueza

Eric Butterworth, presbítero del movimiento Unity, reflexiona en su libro Spiritual Economics acerca de la riqueza como una materialización de la “substancia” universal presente en todo momento y lugar. Según Butterworth y la su interpretación de la riqueza, nuestra tarea es sería simplemente conectarnos con esta substancia universal: “Vivimos en un mundo que siempre tiene el potencial de afluencia. Toda la substancia del Universo, toda la riqueza que se ha manifestado o que se manifestará en este mundo, está presente ahora mismo”. El texto Un curso de milagros, escrito por Helen Schucman y que recoge –según se dice- las enseñanzas de Jesús, señala que: “La obscuridad es falta de luz de la misma manera en que el pecado es falta de amor. No tiene cualidades únicas propias. Es un ejemplo de la creencia en la “escasez”, de la cual solo se pueden derivar errores”. De forma indirecta, todo nuestro paradigma económico se basa en esta creencia en la escasez. El reconocimiento de la no escasez de esta “substancia” y de la verdadera riqueza, puede llevarnos también a una Nueva Economía donde la riqueza, y no la pobreza, sea la norma.

El apego a la riqueza material es también un problema desde la perspectiva del espíritu. Aquellos familiarizados con las enseñanzas del budismo podrán identificar que de todo lo que se trata el proceso de liberación en esta tradición, es del desapego a los deseos sensoriales, al placer material y a las pasiones del cuerpo. “Cada vez que te llenas de deseos tus sufrimientos se multiplican como una espesa enredadera. Pero si subyugas tus deseos, las penas se irán resbalando como gotas de rocíos que caen de la tersa flor de loto”. Así son las palabras pronunciadas en el Dhammapada, texto que repite la misma idea una y otra vez: “¡Aligera tu bote, buscador! Que con menos carga se navega mejor”.
Los aforismos de los Yogasutras de Patanjali aportan reflexiones adicionales. Sus yamas y niyamas han sido interpretados como preceptos éticos a seguir desde el punto de vista personal y universal. El principio del aparigraha (generosidad, “no acaparar”, “no apoderarse de todo”) llama a la no acumulación y al rechazo de los deseos materiales, innecesarios: “Cuando el hombre deja de interesarse en la adquisición de bienes inútiles recibe el conocimiento de sus existencias pasadas, presentes y futuras”. Bien conocida es también para los católicos la frase respecto a que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”. Una economía centrada en lo material solo encontrará como medio de crecimiento la satisfacción de los crecientes deseos mundanos, lo que constituye en esencia una barrera insalvable para el anhelo humano de liberación. Así, una Nueva Economía tomará la riqueza material como un medio y no como un fin, solo como algo necesario para poder desarrollar esferas y capacidades superiores que lleven finalmente a la felicidad plena y a la vida perfecta.

Distintas tradiciones enseñan también que no somos los humanos los propietarios de la naturaleza, ni de la riqueza material que a partir de ella producimos. Más bien, somos solo administradores. De acuerdo a la interpretación que hace P. R. Sarkar, “este universo es la proyección mental de Brahma [la Conciencia Suprema]; por lo que la propiedad del universo pertenece a la Entidad Suprema y no a ninguno de los seres que Él imaginó. Todos los seres vivos pueden disfrutar de su legítima parte en esta propiedad… Como miembros de una familia conjunta”. Desde el cristianismo gnóstico y respecto a la propiedad, se dice de Jesús hablando en el Evangelio de Acurio: “La riqueza del hombre no consiste en lo que él aparentemente tiene: tierras, plata y oro. Estos son mera riqueza prestada. Ningún hombre puede acaparar los regalos de Dios. Las cosas de la naturaleza son cosas de Dios, y lo que es de Dios pertenece por igual a todo hombre (…) Dios no da al hombre riqueza para que la esconda en bóvedas secretas. El hombre no es sino el administrador de la riqueza de Dios, y debe usarla para el bien común”. Esta perspectiva de administradores, más que de propietarios, nos confiere sin duda una responsabilidad ante los materialmente desfavorecidos. En un nuevo paradigma ético y económico, ningún hombre o mujer puede ser privado de lo que le pertenece cada uno por derecho propio, de forma independiente de los méritos que se crea que cada uno tenga.

Un llamado a la acción

La reflexión que aquí hemos hecho es solo un vistazo de las posibilidades que ofrece la unión entre la economía y una ética derivada del reconocimiento de la realidad de la dimensión del espíritu. Sin embargo, la construcción de este nuevo paradigma requiere del esfuerzo de todos y todas. Ante la mayoritaria inercia de quienes que se supone deberían guiar los aspectos políticos y económicos de nuestra sociedad, no nos queda más que asumir nosotros la acción por el cambio. Sin dudas que, en la medida en que nuestra comunicación se base en la una ética distinta y superior, esta verdad resonará en todas las personas que se identifiquen con la necesidad de un cambio de paradigmas, orientando la nueva sociedad a una ética de la compasión, de la solidaridad, del bien común y del esfuerzo individual por un desarrollo humano verdadero. No hay que olvidar tampoco que la forma de transmitir y acercar esta nueva realidad es principalmente a través del propio actuar. Este es un esfuerzo permanente, y es también uno de los componentes esenciales para la recuperación de las mentes y los corazones para el verdadero propósito de desarrollo.

Felipe Correa Mautz es Economista, Licenciado en Ciencias Económicas y Magíster en Análisis Económico de la Universidad de Chile. Miembro de la Red de Estudios Nueva Economía. Actualmente se desempeña como Asistente de Investigación en temas de desarrollo económico para América Latina y el Caribe, en la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe).


 

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