El problema de las iglesias (antes de los escándalos sexuales)


La teología, el dogma, la doctrina, el materialismo, la política y el dinero, han creado una enorme y oscura nube entre la iglesia y Dios y han obstruido la verdadera visión del amor de Dios, y debemos volver a esa visión de una realidad amorosa y al vital reconocimiento de sus implicaciones.

Alice A. Bailey / Djwhal Khul

El título de este texto no se refiere al problema de la religión en sí, sino simplemente al problema de las personas y organizaciones que tratan de enseñar religión, pretendiendo representar la vida espiritual, dirigir el acercamiento espiritual del alma humana a Dios y establecer reglas para la vida espiritual.

Nada tengo en contra del espíritu religioso; creo y sé que existe y que es esencial para una vida plena y verdadera en la tierra. Reconozco la intemporalidad de la fe y el testimonio del Espíritu, por incontables edades, al hecho de Dios. Sé —más allá de toda controversia o de cualquier temor a la refutación o al desencanto— que Cristo vive y guía al pueblo del mundo y que Lo hace no desde un vago o distante centro llamado la “diestra de Dios” (una frase simbólica), sino desde aquí a mano y cerca de la humanidad a quien Él ama eternamente. Creo que cuando dijo: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, aun hasta el fin del mundo”, quiso significar exactamente lo que dijo. Sé que el acercamiento del Espíritu humano a su Fuente, a ese Centro espiritual donde la divinidad reina, y a Quienes guían y dirigen ese acercamiento, continuará inevitablemente; sé que el camino está eternamente abierto a los peregrinos y creo que todos estos peregrinos, todas las almas, finalmente encontrarán su camino al Hogar del Padre. Creo en la obra de Cristo según se nos esboza en los Evangelios y también creo en los episodios que retratan la vida de Jesús. Por encima de todo lo demás, creo que Cristo hoy vive y porque Él vive nosotros viviremos también, pues, “como Él es, así somos nosotros en este mundo”; sé también que algún día seremos como Él, porque Lo veremos como Él es. Cuando esto tenga lugar, entonces las “obras más grandes” que nos predijo que haríamos, las haremos. Esto será posible porque El abrió un Camino para nosotros hacia el interior del Centro más recóndito, siendo el “primogénito entre muchos hermanos” y el Hermano Mayor de todos nosotros.

 

La deformación de la verdad

Cristo no ha fracasado. El elemento hu­mano es el que ha fracasado y ha defraudado sus intenciones; ha tergiversado la Verdad que Él presentó. La teología, el dogma, la doctrina, el materialismo, la política y el dinero, han creado una enorme y oscura nube entre la iglesia y Dios y han obstruido la verdadera visión del amor de Dios, y debemos volver a esa visión de una realidad amorosa y al vital reconocimiento de sus implicaciones.

Los hombres han interpretado a Dios de acuerdo a su propio criterio; en con­secuencia, cuando un hombre acepta irreflexivamente un dogma, sólo acepta el punto de vista de otro ser humano falible, y no una verdad divina. Ésta es la verdad que debie­ran empezar a enseñar los seminarios teológicos, entrenando a sus hombres para que piensen por sí mismos, recordándoles que la clave de la verdad reside en la fuerza unificadora de la Religión Comparada. Sólo los principios y verdades reconocidos universalmente, que hallan cabida en toda reli­gión, son realmente necesarios para la salvación. Las ver­dades secundarias y accesorias son generalmente innecesarias, o sólo tienen significación hasta donde fortalecen la verdad primordial y esencial.

La deformación de la verdad condujo a la humanidad a formular un conjunto de doctrinas que el Cristo no cono­cía. Al Cristo sólo le interesó que los hombres reconocieran que Dios es Amor, que todos los hombres son hijos de un solo Padre, por consiguiente hermanos, y que el espíritu del hombre es eterno y que no existe la muerte; anhelaba que el Cristo que mora en cada ser humano (la innata conciencia Crítica que nos unifica a todos y también con el Cristo) floreciera en toda su gloria; enseñó que el servicio es la tónica de la vida espiritual y que la voluntad de Dios les sería revelada. Éstos no son puntos sobre los cuales han escrito los comentaristas.

La deformación de la verdad condujo a la humanidad a formular un conjunto de doctrinas que el Cristo no conocía”.

Los hombres han logrado mucho al rechazar dogmas y doctrinas; esto es bueno, justo y estimulante y significa progreso; sin embargo, las iglesias aún no han percibido en esto la actuación de la divinidad.

Quizás sea más grave que todo esto la ambición materialista y la política de las iglesias, porque ejerce su influencia sobre incontables miles de personas ignorantes, lo cual no existe en forma tan marcada en los credos orientales, tendencia que en el mundo occidental está llevando rápidamente a la degeneración de las Iglesias.

 

Los intereses temporales de la iglesia

La Iglesia Católica Romana se distingue por tres cosas, contrarias al espíritu del Cristo: i) La actitud intensamente materialista. La Iglesia de Roma presenta grandes estructuras de piedra –catedrales, iglesias, instituciones, conventos y monasterios. El método empleado para llegar a construirlas fue, durante siglos, vaciar los bolsillos de los ricos y de los pobres. La Iglesia Católica Romana es estrictamente capitalista. El dinero acu­mulado en sus arcas mantiene una poderosa jerarquía eclesiástica y sostiene una infinidad de instituciones y escuelas; ii) Un programa político de gran envergadura y de amplia visión, cuyo objetivo es el poder temporal, no el bienestar de los humildes. En la actualidad, sus actividades polí­ticas no consisten en establecer la paz, no importa bajo qué apariencia la presenten; iii) Una política planeada, mediante la cual se mantiene en la ignorancia intelectual a las masas, y debido a ello cons­tituyen las fuerzas conservadoras y reaccionarias que traba­jan poderosamente contra la nueva era y su nueva civilización y cultura más iluminada. La fe ciega y la plena con­fianza en el sacerdote y en el Vaticano, son considerados deberes espirituales.

La Iglesia Católica Romana permanece atrincherada y unificada contra cualquier presentación al pueblo de toda verdad nueva y evolutiva, y tiene sus raíces en el pasado, y no progresa hacia la luz; sus vastos recursos financieros le permiten ser una amenaza para el esclarecimiento futuro del género humano, bajo el manto del paternalismo y la co­lorida apariencia externa que oculta la cristalización y nece­dad intelectual, que deberá inevitablemente, con el tiempo, ser su perdición.

Cómo puede satisfacerse la necesidad de guía espiritual que tiene la humanidad, cuando los líderes de las iglesias se ocupan de intereses temporales, cuando en la Iglesia Católica Romana, en la Ortodoxa Griega y en las Protestantes el énfasis se pone en la pompa y las ceremonias, en los grandes templos y las catedrales de piedra, en los juegos de comunión de oro y plata, en los birretes escarlata, en las vestiduras enjoyadas y en toda la parafernalia tan preciada por los de mentalidad eclesiástica. ¿Cómo pueden ser salvos los niños hambrientos del mundo, cuando de Papas y Obispos salen súplicas por dinero para construir catedrales y erigir nuevas iglesias cuando las que existen ahora permanecen vacías? ¿Cómo puede brillar de nuevo la luz en las mentes de los hombres cuando los hombres de la iglesia mantienen a la gente en un estado de temor a menos que acepte las viejas interpretaciones teológicas y las viejas formas de acercarse a Dios? Cómo pueden satisfacerse las necesidades espirituales e intelectuales de la gente cuando los seminarios teológicos no enseñan nada nuevo ni adecuado a la época, sino que envían a guiar a la humanidad a jóvenes que se basan sólo en las interpretaciones del pasado.

¿Cómo pueden ser salvos los niños hambrientos del mundo, cuando de Papas y Obispos salen súplicas por dinero para construir catedrales y erigir nuevas iglesias cuando las que existen ahora permanecen vacías?”

Surge la pregunta de si Cristo estaría como en casa en las iglesias si caminara de nuevo entre los hombres. Los rituales y las ceremonias, la pompa y las vestiduras, los cirios, el oro y la plata, el orden graduado de papas, cardenales, arzobispos, canónigos y párrocos comunes, pastores y clero, aparentemente serían de poco interés para el sencillo Hijo de Dios Quien —cuando estuvo en la tierra— no tuvo dónde apoyar Su cabeza.

Al escribir esta condenación de las iglesias, soy plenamente consciente de esos hombres grandes y buenos, esos hombres pro fundamente espirituales cuya suerte está echada dentro de los restrictivos muros del eclesiasticismo; en conjunto son muchos, y están en todas las iglesias y credos. Su suerte es difícil; son conscientes de las condiciones y luchan y se esfuerzan por presentar ideas religiosas y cristianas sólidas a un mundo que busca y sufre. Son verdaderos hijos de Dios; sus pies se afirman en lugares sumamente desagradables; son conscientes de la “putrefacción” que ha carcomido la estructura clerical y de la intolerancia, el egoísmo, la codicia y la estrechez mental que los rodea.

Ellos saben bien que ningún hombre ha sido salvado por la teología sino sólo por el Cristo viviente y a través de la despierta conciencia del Cristo dentro de cada corazón humano; interiormente repudian el materialismo en su entorno y ven poca esperanza para la humanidad en las iglesias; saben bien que las realidades espirituales han sido olvidadas en el desarrollo material de las iglesias; aman a sus semejantes y les gustaría desviar el dinero gastado en el mantenimiento de estructuras y gastos generales de la iglesia a la creación de ese Templo de Dios “no hecho con manos, eterno en los cielos”. Sirven a esa Jerarquía espiritual que permanece —invisible y serena— detrás de todos los asuntos humanos y no sienten lealtad interna alguna hacia ninguna jerarquía eclesiástica externa. Para ellos el factor de mayor importancia es guiar al ser humano a la relación consciente con Cristo y con esa Jerarquía espiritual, y no aumentar la concurrencia a la iglesia ni la autoridad de hombres pequeños. Ellos creen en el Reino de Dios del cual Cristo es el Ejecutivo destacado pero no tienen confianza alguna en el poder temporal reivindicado y ejercido por Papas y Arzobispos.

Los pueblos están preparados para recibir la luz; es­peran Una nueva revelación y una nueva dispensación. La humanidad ha avanzado tanto en el camino de la evolución, que tales demandas y expectativas no están presentadas únicamente en términos de mejoras materiales, sino en tér­minos de visión espiritual, verdaderos valores y correctas relaciones humanas. Los pueblos reclaman, enseñanza y ayuda espiritual, a la par que piden alimento, ropa y la oportunidad de trabajar y vivir en libertad. Sufren ham­bre en numerosas regiones del planeta y sienten con igual congoja el hambre del alma. Sin embargo, su gran tra­gedia es que no saben adónde dirigirse ni a quién escuchar.

Quizás sea más grave que todo esto la ambición materialista y la política de las iglesias, porque ejerce su influencia sobre incontables miles de personas ignorantes, lo cual no existe en forma tan marcada en los credos orientales”.

 

La iglesia católica y el judaísmo ortodoxo

Aquí estoy hablando principalmente a la Iglesia de Roma. La Iglesia de Roma es como un inmenso pulpo, con sus codiciosos tentáculos en todos los países. Las dos organizaciones líderes hoy en el mundo que son fundamentalmente parasitarias, básicamente materiales y políticamente peligrosas —porque son de alcance e influencia internacional— son la Iglesia Católica Romana y el Judaísmo ortodoxo. Estos dos poderosos grupos son reaccionarios, obsoletos en sus métodos y teologías y en su acercamiento a la vida moderna, y ambos necesitan ser convertidos a una religión pura y no corrompida. Estos dos grupos son, como nunca antes, una amenaza para la paz mundial. El movimiento político sionista y las intrigas del Vaticano no tienen lugar en la vida del espíritu del hombre. Ponen en peligro el avance de la humanidad a una zona, mejor iluminada, de verdadera vivencia.

Una vez dicho esto nuevamente les recordaría que hay judíos santos y grandes, y católicos romanos de santidad crística. Cristo era judío; San Francisco de Asís era católico romano; ambos representaron el amor de Dios, el servicio y la sencillez.Es posible mantener un profundo y sano optimismo, aun en medio de las desalentadoras condiciones. El cora­zón de la humanidad es sano; Dios en su verdadera natu­raleza y con todo su poder está presente en la persona de cada hombre, aunque sin revelarse en la mayoría, pero está eternamente presente y avanzando hacia la plena ex­presión. Nada puede impedir ni nunca ha impedido al género humano progresar firmemente de la ignorancia al conocimiento, de la oscuridad a la luz.

Dios no es como ha sido presentado; la salvación tam­poco se alcanza como lo enseñan las iglesias, ni el hombre es el miserable pecador que el clero obliga a creer que es. Todo esto es irreal, pero lo Real existe; existe para las iglesias y para los representantes profesionales de las reli­giones organizadas, lo mismo que para cualquier hombre o grupo. La salvación de las iglesias depende de lo humano de sus representantes y de su divinidad innata y también de la salvación de las masas humanas. Éstas son palabras muy duras para la Iglesia.

Hombres grandes y buenos, santos y humildes, ofician como sacerdotes en cada iglesia, tratando de vivir en el silencio y la quietud, como el Cristo quiere que vivan, dando ejemplo de conciencia crística y demostrando su íntima y reconocida relación con Dios.

Que estos hombres surjan y con su poderío espiritual eliminen de las iglesias a esos doctrinarios de mente ma­terialista y estrecha, que han mantenido a la iglesia co­mo es hoy; que intensifiquen el fuego de sus corazones y, deliberada y comprensivamente, se acerquen al Cristo al cual sirven; que agrupen a aquellos a quienes tratan día ayudar más cerca de la Jerarquía; que abandonen sin lucha, comentario ni violencia, las doctrinas que mantienen al pue­blo aprisionado mentalmente; que presenten las pocas y verdaderas enseñanzas a las cuales responden los corazones de los hombres de todas partes; que tengan valor y entereza, optimismo y alegría, pues las fuerzas del mal han sido debilitadas grandemente y las masas humanas están despertando rápidamente a los verdaderos valores espiri­tuales; que sepan que el Cristo y la verdadera Iglesia interna están de su parte, por lo tanto, la victoria ya les pertenece.

No se puede poner vino nuevo en odres viejos; las verdades obsoletas no evocarán respuesta alguna de la juventud de claro pensar; el apoyo a instituciones cristalizadas y materialistas no tiene atracción alguna para la moderna generación. Todo esto es muy bueno. Si las iglesias reconocen esto y hacen tabla rasa con los antiguos e indeseables aspectos institucionales de la religión, pueden salvar la situación. Si los eclesiásticos pueden reorientarse a sí mismos hacia la divinidad, entonces serán capaces de decir: “La Iglesia de Cristo sigue en pie pero sus cimientos no están en lo que se ve; el amor de Cristo es aún potente para salvar, porque amor y vida son uno y lo mismo; esa vivencia y ese amor operan a través de las vidas de todos los que en la tierra sirven al Cristo; la salvación del género humano se produce por una vida vivida en línea con la del Gran Ejemplar, Cristo, y en la expresión de buena voluntad y rectas relaciones entre los hombres”. La iglesia entonces proclamará que los hombres pueden acercarse a Dios, no a través de la mediación, la absolución o la obra intercesora de cualquier sacerdote o clérigo, sino por derecho de la divinidad inherente en el hombre. El deber de todo clérigo será evocar esto por el ejemplo, por la energía del amor aplicado y práctico (no expresado por medio de un paternalismo soporífero) y por el esfuerzo unificado del clero de todos los credos en todas partes del mundo.

Las iglesias en Occidente necesitan comprender que básicamente hay sólo una iglesia pero que no es necesariamente sólo la institución ortodoxa cristiana; Dios trabaja de muchas maneras, a través de muchos credos y agentes religiosos; en su unión se revelará la plenitud de la verdad. Esta es una razón para eliminar las doctrinas no esenciales.

Por el bien de su propia salvación, el clero necesita descender de su autoimpuesta posición encumbrada y del pináculo de poder material al que han trepado y convertirse en lo que el humilde Cristo fue entre los hombres —un simple ciudadano, reconocido por la belleza y sencillez de Su vida y el poder de Sus palabras; un Salvador amoroso, dedicándose a hacer el bien y no viviendo en seguridad, comodidad y frecuentemente riquezas, un Salvador autoabnegado— considerando todas las cosas perdidas a menos que Él pudiera salvar y ayudar, y manteniendo la puerta del reino abierta por Su vida para que todos los hombres pudieran entrar.

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Resumen de El problema de las iglesias en Los problemas de la humanidad.

Alice A. Bailey fue una esoterista y escritora inglesa conocida por escribir 24 libros de enseñanzas espirituales dictados telepáticamente por Djwhal Khul, maestro tibetano que en ese tiempo residía en los confines del Tibet. Su servicio incluyó la fundación de la Escuela Arcana.

Djwhal Khul, Maestro DK, o simplemente El Tibetano, es responsable de muchos proyectos espirituales, pero es generalmente conocido por los Libros Azules que dictó a Alice Bailey. Estos libros constituyen un imponente corpus de literatura esotérica y contienen una ampliación y actualización de las enseñanzas de la Sabiduría Eterna.

www.libros-azules.org


 

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