La tierra como medicina


A partir de la noción de la tierra como nuestra madre, nos conectamos con sus potenciales curativos que se activan en cuanto entramos en contacto directo con ella desde el amor, la alegría y la solidaridad. La tierra convoca a la comunidad y restablece esos vínculos primordiales.

Isabel Soto Luque

La primera casa que construí es de tierra; en ella viví veinte años y pude criar a mis hijos en un ambiente de salud y armonía. Sin embargo, aunque la experiencia fue exitosa, la vida profesional me llevó por el camino de los materiales convencionales con los que desarrollé mis obras, hasta que la consciencia del gasto energético de la industria de la construcción me hizo buscar alternativas de menor impacto ambiental, con lo cual regresé a la tierra y aprendí a diseñar desde los principios de la arquitectura bioclimática, integrando el sol, el clima y la geografía de cada lugar a mis proyectos.

Vivienda de Calamuchita, Córdoba, Argentina.
Vivienda de Calamuchita, Córdoba, Argentina.

El camino de la tierra me ha traído numerosos descubrimientos y aprendizajes, entre ellos la noción de la propia tierra como fuente de sanación, que me impulsa a escribir este artículo y que se refleja en varios aspectos que trascienden el ámbito de la arquitectura:

El primero es el de la tierra fértil, que tiene que ver con cultivar un pedazo de tierra; con la vivencia de meter las manos a la tierra húmeda para desmalezar, sembrar y cosechar. Una experiencia de profundo sentido humano, que nos conecta con el suelo en un literal cable a tierra. Esta práctica, que afortunadamente se está expandiendo en numerosos espacios urbanos, tiene la enorme potencia de cambiar el entorno al introducir el concepto de “paisaje comestible” que cuestiona el paradigma del paisajismo tradicional, al reemplazar la imagen idílica del prado verde (muy costoso de mantener en estas latitudes) por plantaciones de hierbas medicinales y hortalizas, que aportan alimento para el cuerpo y para el alma.

 Fotografía: José Miguel Rojas.
Fotografía: José Miguel Rojas.

El segundo es la tierra-terapia; que se materializa mediante baños y compresas de barro, masajes con arcilla, o máscaras faciales de belleza, en donde la tierra cubre nuestra piel constituyendo una experiencia de conexión y sanación que envuelve nuestro cuerpo y transfiere en ese contacto energías y nutrientes esenciales. La tierra absorbe toxinas desde nuestro organismo y actúa depurando, desinflamando y descongestionando a la vez, sanando nuestras dolencias y recargando nuestro cuerpo de vitalidad.

El tercer aspecto es el arte en tierra y se refiere a su utilización para producir arte, ya sea mediante el uso de pigmentos minerales para pintar, la aplicación de tierras de colores en sobrerrelieves y particularmente en el mundo de la cerámica, que produce objetos de uso diario y elementos de arte con arcilla cocida. La inclusión de piezas de tradición alfarera o de producción contemporánea en nuestra vida cotidiana para la preparación y disposición de nuestros alimentos, es otro modo de conexión con la tierra que nos aporta belleza y armonía.

Y el cuarto, que concierne directamente a mi trabajo, es el de la construcción con tierra que se expresa en el uso de tierra cruda para rellenar estructuras o envolver muros de edificaciones. Este aspecto tiene dos vertientes de experimentación: una es la de habitar en tierra, que se refiere al hecho de vivir o trabajar en espacios constituidos por este material, que conlleva una vivencia de habitar saludable, por las propiedades que la tierra tiene como material de construcción y que veremos más adelante. La otra vertiente es la de aprender técnicas de construcción con tierra, ya sea en talleres o en mingas de trabajo, que nos abren a una conexión directa con el material, ya que al poner manos y pies en contacto con ella, sucede un prodigioso despertar de memorias atávicas de nuestro cuerpo, a la vez que se reactiva el vínculo con la niñez y sus libres juegos, que nos expande y nos permite vivenciar la comunidad y la alegría colectiva en torno a un propósito común.

La tierra como material de construcción

En estos últimos años se ha registrado en Chile un creciente interés por las construcciones de tierra y los materiales naturales como la paja que requieren tierra para su revestimiento. Referentes mundiales como el arquitecto alemán Gernot Minke, el constructor argentino Jorge Belanko y la autoconstructora norteamericana residente en España Rikki Nitzkin, han dictado talleres y charlas en diversas localidades de nuestro territorio, iniciativas que se han ido multiplicando promovidas por diversos especialistas locales.

Numerosas son las convocatorias a talleres de construcción en tierra, que dan cuenta del entusiasmo por difundir, conocer y reaprender la sabiduría ancestral en el arte de levantar estas edificaciones. Luego de participar directamente de varias de estas experiencias y recibir este conocimiento antiguo y permanente, surge la motivación de escribir este artículo para reflexionar en torno a la clave que este entusiasmo entraña, ya que si bien estas obras pueden desarrollarse profesionalmente, también se pueden materializar en procesos de autoconstrucción, que implican realizaciones colectivas y que abren posibilidades reales de autogestión. Ambas modalidades nos permiten mejorar nuestros entornos al integrar las bondades de la tierra como material constructivo.

Las técnicas de construcción en tierra datan desde hace más de 9000 años. […] Todas las culturas antiguas utilizaron la tierra no sólo en la construcción de viviendas, sino también en fortalezas y obras religiosas.

Entre las principales ventajas de la tierra como material de construcción se destacan las siguientes: la primera y obvia es que economiza materiales y costos de transporte al encontrarse en el lugar de la obra; luego están sus cualidades de material ecológico: es reutilizable, ahorra energía y disminuye la huella de carbono, a la vez que absorbe contaminantes y preserva la madera y otros materiales naturales como la paja; también hay que considerar el hecho de ser un material ancestral, y tener por ello tanta sabiduría constructiva acumulada desde los primeros asentamientos humanos. Esto lo hace propicio para experiencias de autoconstrucción, ya que basta con que haya una persona experimentada, para apoyar el aprendizaje y la ejecución; entre sus cualidades físicas, la tierra almacena calor y lo libera lentamente evitando cambios bruscos de temperatura; en el ámbito de las energías invisibles, la tierra no se carga de electricidad estática y neutraliza los campos electromagnéticos y las ondas de alta frecuencia; y finalmente, se destaca la propiedad de regular la humedad ambiental al interior de los recintos: la tierra tiene la capacidad de absorber y desorber humedad, más rápido y en mayor cantidad que otros materiales de construcción, regulando el clima interior y generando ambientes saludables, ya que la humedad relativa constante que se mantiene en un espacio interior construido en tierra, evita la formación de hongos.

 Fotografía: José Miguel Rojas.
Fotografía: José Miguel Rojas.

Entre las dificultades, todas subsanables, están el hecho de que la tierra no es un material estandarizable; su composición depende de cada lugar, por lo tanto hay que hacer pruebas para verificar su consistencia y mejorarla de ser necesario; también hay que tener en cuenta que no es impermeable, lo que implica la necesidad de protegerla del agua y de la lluvia mediante un diseño adecuado de fundaciones, aleros o del tratamiento de las superficies expuestas.

Las diferentes técnicas

La tierra se utiliza en diversas modalidades constructivas para conformar edificaciones y para terminaciones como revestimiento de muros, ya sean de tierra, o de otros materiales como fardos de paja, o incluso ladrillo, madera y hormigón. (Fotos página anterior).

Las técnicas de terminación o revoques, utilizados para revestir y dar acabados finales a muros, son mezclas de tierra rica en arcilla a la que se incorporan aditivos para darle textura y resistencia como arena, cal, paja, bosta de caballo o de vaca, aceite de linaza y nopal (baba de tuna), entre otros.

En síntesis, la tierra es un material disponible, reutilizable e inagotable, que genera espacios sanos. Es un material noble y ecológico para considerar a la hora de soñar y de construir nuestros entornos.

Construir en tierra, es emplear un «hormigón natural» que ofrece una verdadera alternativa ecológica y económica frente a materiales y procedimientos de producción nocivos para el medio ambiente.

Las mingas de trabajo: “sin saber, yo supe”

En el proceso de construcción de una casa que diseñé recientemente, se me permitió explorar el concepto de minga para aplicar revoques de tierra, instancia a las que convoqué a personas que tenían interés en aprender y colaborar, pero que carecían de experiencia previa. La idea era, además de generar ese espacio colaborativo, dejar huellas de comunidad y trabajo colectivo impresas en las paredes de la casa.

La vivencia de entusiasmo y de rápido aprendizaje que se dio en los asistentes a la serie de mingas que desarrollamos, me confirma la idea que inspira este artículo, que es la de la tierra como medicina, que reconecta, que abre potenciales de autogestión y que entrega una herramienta concreta, pero que a la vez sana, por ejemplo al pisar la tierra en un círculo atávico para revolverla, o al aplicar la mezcla con la mano y descubrir que la superficie se va completando y quedando continua con las huellas que quién ha trabajado sobre ella, porque cada cual tiene su propia manera de extender el material, y que sumado al trabajo de las demás personas, genera un mosaico de impresiones que se plasman impregnando los muros de humanidad. (Foto 3)

Foto 3
Foto 3

Creo que las mingas son una experiencia potente y replicable, en donde todos los asistentes aprenden rápidamente con muy pocas indicaciones, un proceso en el que se revelan talentos innatos y el todo es mucho más que la suma de las partes. Pienso que todos sabemos, que traemos este conocimiento y que en estas instancias se despiertan viejas memorias de comunidad; por ello nos sentimos felices.

A modo de conclusión

Así como cuidamos la calidad de nuestros alimentos, así como tratamos nuestras dolencias con medicinas naturales y así como procuramos cubrir nuestra piel con fibras orgánicas, la experiencia de habitar lugares construidos en tierra completa esa intención de autocuidado. En las construcciones de tierra se experimenta un silencio, un entorno orgánico que viene siendo la extensión de nuestra piel. (Foto 4)

De algún modo, también reconectamos en esta práctica con nuestra condición de mamíferos que habitan sobre la superficie de la tierra, cuyo metabolismo funciona en relación a su campo magnético, lo que nos remite a nuestro sentido de pertenencia y nos enraíza a la tierra, que es la base de nuestra vida, el material constitutivo de nuestro suelo, de nuestros entornos naturales y de las áreas de cultivo de nuestros alimentos.

Las técnicas de construcción en tierra datan desde hace más de 9000 años. […] Todas las culturas antiguas utilizaron la tierra no sólo en la construcción de viviendas, sino también en fortalezas y obras religiosas.

Desde el entendido de que necesitamos re-establecer una relación con nuestra tierra, para recuperar la esperanza de vida de nuestra especie, hay aquí una clave de esta reconexión que viene dada por la felicidad que nos entrega el participar de estas experiencias constructivas, sea como habitantes, aprendices o constructores, así como de otras vivencias de contacto directo con la tierra, como el cultivo de hortalizas en una huerta, el cuidado de nuestro jardín, o sencillamente una caminata consciente por un suelo que se percibe como un organismo lleno de vida.

Podemos concluir que a partir de la noción de la tierra como nuestra madre, nos conectamos con sus potenciales curativos que se activan en cuanto entramos en contacto directo con ella desde el amor, la alegría y la solidaridad. La tierra convoca a la comunidad y restablece esos vínculos primordiales.

Vivienda de Calamuchita, Córdoba, Argentina.
Vivienda de Calamuchita, Córdoba, Argentina.
Isabel Soto Luque

Es arquitecta de la Universidad Católica de Chile, Máster en Medioambiente y arquitectura bioclimática de la Universidad Politécnica de Madrid. Trabaja en forma independiente desarrollando proyectos, construcciones y asesorías, y es docente de la carrera de Arquitectura en la UDLA. Participa en el Programa de Huertas urbanas de La Reina.

 www.isabelsotoluque.cl

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