Bajar el ritmo: siete maneras de encontrar el equilibrio en un mundo vertiginoso


¿Cómo hemos creado un mundo en el que tenemos más y más cosas que hacer con menos tiempo libre, menos tiempo para reflexionar, menos tiempo para simplemente… ser? ¿Cómo se supone que podemos vivir, reflexionar, ser o convertirnos en humanos completos si estamos constantemente ocupados?

Adam Brady, 2018-03-02

Vivimos en un mundo acelerado, donde el trabajo y la vida personal a menudo se ven envueltos en una confusión de actividades. La información nos llega velozmente como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad.  En gran medida, gracias a los avances  de la tecnología, el ritmo de la vida pareciera acelerarse  y volverse cada año más frenético. Es como si nuestro mecanismo interno solo tuviera dos velocidades: rápido y muy rápido.

En el Ayurveda, esta actividad excesiva, acelerada y frenética es un síntoma de desequilibrio en el dosha Vata, o el principio del movimiento que gobierna todo en la naturaleza, desde las galaxias más lejanas hasta nuestro sistema cuerpo-mente.

Vata en desequilibrio

Si observamos algunos de los indicadores claves de desequilibrio en Vata, de inmediato veremos cuán profundamente arraigados se encuentran en la cultura moderna:

  • Hiperactividad mental,
  • Impaciencia
  • Poca capacidad de concentración
  • Falta de atención
  • Preocupación y ansiedad
  • Fatiga
  • Inquietud, desasosiego
  • Incapacidad de relajarse
  • Impulsividad

Lamentablemente, estos rasgos se han convertido en un daño colateral aceptable de la vida moderna y de la aceleración diaria ya establecida. De manera rutinaria, se corre de una cosa a otra, saltando de una reunión a otra, con la mayor rapidez posible, y llenando cada segundo con la mayor cantidad de actividades posibles.

Pese a que este estilo de vida con alto nivel de Vata nos da la sensación de productividad y de alto rendimiento, a menudo puede generar un gran daño en el equilibrio mente-cuerpo, en la felicidad y en la calidad de vida. A continuación, veremos algunas características de este estilo de vida acelerado que pueden menoscabar el bienestar personal.

Activa la respuesta al estrés

Cuando corremos frenéticamente de una cosa a otra, se desencadena un estado de ansiedad y de excitación conocido como instinto de supervivencia. En lugar de arrancar del enemigo o de una amenaza física, nos arrancamos del tiempo o, al menos, del temor de llegar tarde.

En este estado de aceleración permanente, caemos en un estrés crónico y experimentamos una gran cantidad de síntomas fisiológicos dañinos para nuestra mente y cuerpo. La respuesta al estrés es también el caldo de cultivo para la preocupación y la ansiedad, dos estados mentales que repercuten en la urgencia de acelerarse y de hacer más cosas en menor tiempo. La aceleración nos estresa, y al estar estresados nos aceleramos.

Deteriora la calidad de atención

Cuando estamos acelerados, casi no hay tiempo para internalizar el mundo que nos rodea; la vida se convierte literalmente en un caos de actividades que no logramos disfrutar ni aquilatar. Nos volvemos máquinas de movimiento perpetuo, convencidos de que el hacer es más importante y valioso que el ser. Sin embargo, es el silencio entre las notas lo que le da belleza a la música. En la vorágine de la actividad, no tenemos la posibilidad de integrar las experiencias de vida, por lo que los momentos y recuerdos valiosos se escurren como arena entre los dedos, pues no logramos darnos la oportunidad de detenernos en el aquí y ahora.

Además, como disminuye la calidad de atención, estamos cada vez más propensos a olvidar los detalles claves o a sufrir accidentes o lesiones. En pocas palabras, cuanto más rápido vayamos, más sufre nuestra calidad de vida.

Mantiene la ilusión de la multifuncionalidad

Una consecuencia reciente de este mundo acelerado es la aversión progresiva a hacer solo una cosa por vez. Muchos de nosotros pareciéramos luchar contra la idea de una tarea única o de solo concentrarnos en algo hasta que esté finalizado. Por el contrario, nos hemos acostumbrado al concepto de multifuncionalidad o multitarea, es decir, la habilidad aparente de realizar muchas actividades a la vez.

Paradójicamente, algunos estudios han demostrado que la habilidad de la multifuncionalidad es en realidad una ilusión y que el intento de hacerlo es contraproducente, volviéndonos menos eficientes. En definitiva, en lugar de ayudarnos a ir más rápido y a ser más productivos, la multifuncionalidad literalmente genera lo contrario. A pesar de ello, la tendencia cultural hacia la multitarea es muy fuerte, por lo que la necesidad de hacer más cosas en menos tiempo nos motiva a dedicarnos a múltiples tareas simultáneamente.

Ahora que ya tenemos claro que este estilo de vida acelerado no nos lleva a ninguna parte, veremos algunas sugerencias para encontrar el equilibrio gracias a disminuir nuestro ritmo:

  1. Reconozcamos conscientemente que la aceleración es una disposición habitual

La aceleración es contraproducente para el bienestar, la felicidad y la realización personal. Mientras no entendamos que el movernos por la vida al ritmo de un correcaminos es dañino a largo plazo, no tendremos ninguna motivación para interrumpir la adicción a la velocidad. Cuando reconozcamos que estamos presos en un círculo vicioso, deberemos asumir responsablemente una opción diferente.

  1. Tengamos la intención de bajar el ritmo

Si queremos encontrar el equilibrio y abandonar el ritmo de vida vertiginoso, necesitamos tomar una decisión de manera consciente para que ocurra un cambio verdadero. No basta con decir: “Debiera ralentizar las cosas”. Es necesario comprometernos a encontrar el equilibrio y a colocar los ritmos de nuestra vida en armonía con los ritmos de la naturaleza. Una vez que hayamos establecido firmemente estas intenciones, debemos recordarlas diariamente para mantener atenta la conciencia.

  1. Desarrollemos una relación sana con el tiempo

Debemos darnos cuenta de que el reloj no es el enemigo. Nuestra experiencia del tiempo se basa en nuestras percepciones, por lo que necesitamos adoptar una actitud de que contamos con todo el tiempo del mundo. Acostumbrémonos a ajustar el horario para crear márgenes de tiempo entre las actividades; para ello, podemos levantarnos más temprano o eliminar las actividades improductivas de nuestra vida.

  1. Sepamos cuándo podemos hacer menos cosas y decir que no

Debemos mantener el control para no sobre comprometernos o asumir muchas cosas a la vez. Busquemos aquellos momentos que nos permitan eliminar las actividades superfluas de nuestra vida. Aprendamos a decir que no, como una manera de mantener un equilibrio saludable en las actividades diarias. Además, exploremos la ley del menor esfuerzo para ayudarnos a hacer menos y lograr más.

  1. Meditemos: cultivemos la atención consciente en el momento presente

Dada su naturaleza, la meditación lleva a nuestra conciencia al terreno de la intemporalidad. En esta calma, y de manera natural, nos situamos en un estado de equilibrio y de armonía. La experiencia sistemática de la brecha entre nuestros pensamientos disminuye  el ritmo de vida y vuelve difusa la necesidad de acelerarnos. Experimentamos entonces nuestra verdadera naturaleza como seres humanos, pues valemos por lo que somos y no por lo que hacemos.

  1. Rompamos el esquema

Cuando percibamos que estamos atrapados en la turbulencia de la aceleración, hagamos una pausa, cerremos los ojos si es posible, coloquemos nuestra atención en el cuerpo y respiremos cinco veces de manera lenta y profunda. Imaginemos que nos movemos lentamente mientras el resto del mundo corre como en una película de cámara rápida. Concentrémonos en el ritmo regular de la respiración, recordando que nuestra verdadera naturaleza no es la actividad que nos rodea, es el testigo siempre presente que observa la actividad desde el terreno de la conciencia intemporal.

  1. Tengamos presente la frase: “Lento pero seguro”

Esta frase se escucha a menudo en el entrenamiento de las artes marciales como un recordatorio de que gracias a la ralentización es posible tomar decisiones más evolutivas, conscientes y reflexivas en el momento presente. Con la repetición, las acciones lentas se vuelven regulares (más eficientes y económicas), hasta que finalmente se convierten en automáticas y, por lo tanto, son más rápidas. Sin embargo, solo cuando nos ralentizamos podemos elegir la opción más efectiva, que nos conduzca a la felicidad y a la realización que buscamos.


 

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