Hablar o reflexionar en torno a la muerte despierta distintos sentimientos, siendo uno de los principales el miedo. Sin embargo, para corrientes filosóficas como la Teosofía, la vida es un camino y la muerte solo un puente entre dos realidades. Esto porque, como seres humanos, somos seres espirituales encarnados; y al desaparecer el cuerpo, nuestra conciencia sigue su camino de aprendizaje.
por Equipo Mundo Nuevo
La relación del ser humano con la muerte suele ser incómoda. La sola idea de perder nuestro cuerpo físico y dejar de sentir el mundo que nos rodea a través de nuestros sentidos genera una explosión de sensaciones, muchas veces molestas. ¿Pero qué pasa si cambiamos el enfoque? Esa es justamente la visión que postula la Teosofía, corriente filosófica y religiosa que inició a fines del siglo XIX y que busca, justamente el conocimiento de la divinidad a través de la iluminación interior y la contemplación. “La muerte es el único hecho que podemos predecir con absoluta seguridad; sin embargo, la mayoría de los seres humanos se rehúsa a considerarla, hasta que la enfrenta de modo inminente y personal”, señaló la escritora inglesa Alice Bailey en su libro La Muerte, una gran aventura, indicando además que se necesita valor para enfrentar su realidad y para formular en forma muy definida nuestras creencias sobre el tema.
En esa línea, una de las figuras fundacionales de la Teosofía, Helena P. Blavatsky, describe la muerte como un proceso gradual de desprendimiento. Para ella, el ser humano “deja atrás sus vestiduras terrenales una por una”, empezando por el cuerpo físico y siguiendo con las capas emocionales y mentales más densas. En otras palabras, la definió como una puerta en vez de un muro: “La muerte no destruye al ser humano. Solo lo devuelve a un estado de conciencia más natural. La vida terrenal es un paréntesis; la existencia verdadera continúa en planos donde la forma ya no aprisiona al espíritu”.
Desde la perspectiva teosófica, la vida no es un juicio, sino un proceso de aprendizaje integrado en la evolución humana. En este camino, cada encarnación funciona como una lección y cada experiencia es un paso hacia la perfección. El objetivo final es la liberación del espíritu del ciclo de muerte y renacimiento (Samsara, según el hinduismo), un logro que depende estrictamente de la ética y la espiritualidad de cada individuo.
Es importante considerar que en cada paso, en cada puerta entre encarnaciones, tras separarse de sus vehículos inferiores el alma entra en un estado de beatitud y asimilación conocido como Devachan, que Blavatsky definía como “un período de descanso, de digestión espiritual, donde las experiencias de la vida se transforman en cualidades internas que el alma llevará a su próxima encarnación”.
La muerte como despertar
Dentro de la visión teosófica, Rudolf Steiner, quien partió desde ese movimiento para fundar la Antroposofía, sumó una descripción más íntima del instante posterior a la muerte: “El alma contempla cada acto, palabra y pensamiento como si los viera desde el punto de vista de quienes fueron afectados por ellos. Esta revisión no es castigo, sino claridad moral absoluta”.
Steiner definió la muerte física como un segundo nacimiento. Según explicaba, este momento representa un despertar al mundo espiritual, donde recuperamos la conciencia de que todo está vivo y de que somos parte de esa totalidad. Es un estado de lucidez plena en el que descubrimos que nuestra esencia —aquello que ama, observa y recuerda— es eterna. Esa eternidad, en su silencio luminoso, constituye el verdadero rostro de la vida.
Según Steiner, tras la muerte el individuo atraviesa distintos planos espirituales. Uno de ellos es el éter calórico, un nivel vibratorio vinculado a la percepción y la voluntad que funciona como un puente entre lo físico y lo espiritual. En este estado, el ser alcanza una conciencia plena de la vida y comprende las profundas interconexiones que la sostienen.
Por su parte, Alice Bailey describe el paso entre vidas como una evolución hacia la conciencia colectiva. En esta transición, el alma retorna a un campo mayor donde las decisiones personales se integran en una red más amplia de propósitos espirituales. Es allí donde despierta nuestra chispa divina —el Yo Superior—, con quien el alma busca unirse para alcanzar la verdadera sabiduría.
“La muerte nos trae la liberación temporaria de la naturaleza corporal, de la existencia en el plano físico y de la experiencia visible, que quizás con el tiempo será permanente. Constituirá la liberación de toda limitación, y aunque creamos (como lo hacen millones de seres) que la muerte es sólo un intervalo en una vida de progresiva acumulación de experiencia, o el fin de toda experiencia (como sostienen otros tantos millones), no puede negarse el hecho de que la muerte indica una transición definida de un estado de conciencia a otro”, señaló Alice Bailey.
Una ruta hacia la luz verdadera
Para el teósofo argentino Juan Viñas, la vida debería ser una meditación sobre la muerte. De hecho, señala, muchos filósofos, incluyendo Platón, han advertido que seamos conscientes del devenir, que lo aceptemos y capitalicemos en enseñanza, y en ese sentido la vida misma es el mejor de los maestros. “La vida termina enseñándonos, la vida tiene paciencia, no tiene prisa y muchas veces aprendemos la lección de esta manera”, comentó en una de sus charlas dadas en 1991, en Madrid.
Para el teósofo argentino Juan Viñas, la vida debe ser entendida como una meditación sobre la muerte. Siguiendo el pensamiento de filósofos como Platón, Viñas invita a ser conscientes del devenir, aceptándolo y transformándolo en aprendizaje. Bajo esta mirada, la existencia misma es nuestra mejor maestra. Como señaló en una charla en Madrid en 1991: “La vida tiene paciencia, no tiene prisa y termina enseñándonos; es así como realmente aprendemos la lección”.
Viñas sostiene que la vida no da saltos, sino que es una continuidad perfecta que se manifiesta en la naturaleza y no en los dogmas. Según explica, tras la muerte física, los principios sutiles del ser humano no desaparecen. El Kama-rupa (el cuerpo de los deseos) y el Manas (la mente) se retiran a sus propias esferas. Allí permanecen hasta la siguiente reencarnación, momento en el que se integran de nuevo al nuevo ser, trasladando así el aprendizaje —lo «bueno» y lo «malo»— de vidas pasadas. Por ello, Viñas concluye con una idea simple, pero poderosa: “El futuro no es otra cosa que la transformación de lo que estamos haciendo ahora”.
De esta manera, para la Teosofía, la felicidad y la iluminación no son azarosas, sino que dependen de cada persona como constructora de su propio destino. Viñas lo resume con una bella invitación a la esperanza, con la posibilidad de transformarnos, mediante nuestras acciones, en seres de luz y amor.En esta misma línea, Alice Bailey sostiene que la muerte es, en realidad, una entrada a una vida más plena. Al liberarnos de las limitaciones del cuerpo físico, entramos en la esfera de lo inmortal, aquello que no está condicionado por el tiempo. Según Bailey, cuando el alma finalmente cumple con sus aprendizajes y responsabilidades tras sucesivas encarnaciones, trasciende el ciclo para habitar permanentemente en la clara luz del amor. Así, la muerte no es un derrumbe, sino la continuación de la vida en un territorio más amplio y verdadero. Un camino de aprendizaje hacia la iluminación final.
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Fuentes:
“La Muerte, una gran aventura”, recopilación de los libros del maestro Tibetano y de Alice A. Bailey.
“Vida Después de la Muerte: Devachan y los estados Post Mortem”, de Helena P. Blavatsky https://es.scribd.com/document/405122707/Vida-Despues-de-la-Muerte-docx https://www.revistaesfinge.com/2025/03/la-naturaleza-del-alma-en-la-teosofia/
https://rsarchive.org/Articles/GA034/English/AP1962/ReKarm_e01.html
Artículo “sobre la muerte”, de Juan Viñas, basado en una charla dada en Madrid en 1991







