Hubo un tiempo en que la humanidad no necesitaba explicaciones para lo que sentía como una certeza absoluta. La vida siempre fue entendida como un flujo que no nace ni muere en la carne. Durante milenios, entendimos el cuerpo no como la fuente, sino como el receptáculo; un templo, un vehículo o una vestidura para una esencia que lo precede y que lo sobrevive. Sin embargo, en el tejido de nuestra historia intelectual, ocurrió lo que hoy podemos llamar un accidente histórico.
por Equipo Mundo Nuevo
A principios del siglo XX, hacia la década de 1920 con la irrupción del positivismo lógico, el pensamiento occidental dio un giro dramático. Bajo la premisa de que sólo lo medible y verificable físicamente podía considerarse «real», la conciencia fue desplazada a un rincón secundario. Se nos dijo que pensar, amar o soñar eran simples subproductos de la química cerebral, chispas eléctricas encerradas en la oscuridad del cráneo. En ese momento, la ciencia decidió que el mapa era el territorio mismo y que, si no podíamos pesar el alma, era porque no existía. Este reduccionismo, que hoy podemos considerar ingenuo, nos dejó un mundo materialmente asombroso, pero existencialmente huérfano, donde el ser humano pasó de ser un viajero cósmico a un simple accidente biológico.
Pero este paréntesis, de apenas un siglo, no ha logrado apagar la memoria profunda de nuestra especie. Aquello que los antiguos llamaron el Atman en las riberas del Ganges, el Pneuma en la Grecia clásica, la Neshamá o Ruach hebrea, la Anima latina, el Am de la tradición mapuche de los bosques del sur de Chile sigue latiendo en nosotros. Las tradiciones milenarias de meditación, la oración devota y la exaltación mística nunca buscaron «crear» conciencia, ni menos una conciencia superior; su propósito siempre fue expandir el filtro del ego para permitir que el receptor, nuestro cerebro, sintonizara una frecuencia más delicada. No intentamos fabricar luz, sino limpiar el cristal para que la luz que ya está ahí pueda brillar.
Hoy, ese muro que el materialismo levantó empieza a mostrar grietas irreversibles. Lo fascinante es que el aire fresco, la luz de la sensatez, no está entrando solo por las ventanas de la fe, sino por las de la propia ciencia. Miles de relatos provenientes de quienes han rozado la frontera de la muerte clínica nos devuelven una imagen que la teoría ya no puede ignorar. En esos instantes donde el cerebro calla por completo y el corazón se detiene, la experiencia del ser, lejos de extinguirse, se vuelve más lúcida, más vasta y más real que la vida cotidiana. Estas experiencias cercanas a la muerte están actuando como un puente de regreso a nuestra verdadera identidad, esa presencia consciente que encuentra en la biología su hogar temporal, pero no su origen.
Recuperar esta visión no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de profunda liberación y ternura. Al comprender que la mente no es un programa informático ejecutado por células grises, sino el observador que habita el organismo, nuestra forma de caminar por el mundo cambia por completo. El miedo, ese hijo predilecto del ego que teme a la aniquilación, comienza a disolverse. Si somos el océano y no solo la ola, el fin de la forma física deja de ser un derrumbe fatal para convertirse en una transición, un retorno a la claridad original.
Aceptar que nuestra conciencia es inmaterial es volver a la casa del espíritu; es la llave que finalmente abre la puerta hacia nuestra verdadera identidad, a nuestra pertenencia divina y universal. Al soltar las amarras de la materia, no caemos al vacío final de una tierra plana, sino que nos integramos al todo. No somos extraños en la Tierra, ni huérfanos de un universo mudo; somos el cosmos mismo que ha abierto los ojos para reconocerse a sí mismo. Al silenciar el ruido, descubrimos que cada respiración es un hilo de luz que nos une a las estrellas y que nuestra pequeña existencia es, en realidad, un verso indispensable en un relato infinito. Atreverse a vivir desde esta certeza es empezar a caminar con la ligereza de quien se sabe eterno, transformando cada acto en una ofrenda y cada encuentro en el reflejo de una luz que nunca se apaga. La pregunta ya no es qué habrá después, sino cuánta belleza seremos capaces de revelar ahora que recordamos que somos parte de Todo lo que Es.
Editorial Revista Nº138 de Revista Mundo Nuevo, sigue leyendo en nuestra versión digital.







