Es importante un cambio de mirada en torno a la educación. El maestro debiera ser una autoridad amorosa, que despierta las ganas de aprender.

Dr. José Antonio Soto

Todo quehacer educativo debe considerar al ser humano en su conjunto. Para entender al ser humano en su totalidad, para comprender que no es posible separar lo corporal, de lo emocional y de lo espiritual, es que resulta necesario, sobre todo cuando se educa a los niños, realizar un constante proceso de autoconocimiento y entender que el fin último de educar, es sacar a la luz de la conciencia, la esencia espiritual que subyace en todo niño(a). La Antroposofía, ciencia que se refiere tanto al mundo de los fenómenos sensorios como a la realidad
invisible detrás de estos fenómenos, nos permite a través de su abordaje, ver el desarrollo del infante, desde una mirada fenomenológica y entender que la educación debe reorientarse y centrarse en las necesidades de este, como ser anímico espiritual.

Educación, una mirada diferente

La Antroposofía fue elaborada por Rudolf Steiner, pensador y educador austríaco, creador de la medicina antroposófica y de la educación Waldorf, educación centrada en el niño, como ser individual. El camino de la educación es despertar las facultades del pensar, del sentir, del hacer y el sentido de trascendencia, latentes en cada alma humana. Es un camino que debe realizarse en las realidades cotidianas, entendiendo que al ser humano hay que abordarlo en su totalidad.

Es en la educación y en especial, en la de los niños, seres humanos en formación, donde es más urgente incorporar esta visión y darles la educación que realmente necesitan, una educación que respeta sus ritmos físicos, fisiológicos y anímicos, de tal manera, de ir educándolos en salud, esto es, permitirles la construcción
armónica de su ser, sin perder la perspectiva de lo que realmente son ellos.

Hay que incorporar conceptos de salud en la educación, de acuerdo a la fisiología anímica del niño(a), siendo el educador quién generará salud, al seguir este camino de entrega de contenidos en armonía con la biología y emocionalidad infantil. La forma en que se lleve a cabo el desarrollo durante la infancia y la juventud será determinante para la calidad de vida del adulto.

Educación como un paradigma

El objetivo de toda educación es obtener un adulto que en épocas posteriores, pueda sustentar y continuar la cultura. Cada época cultural tiene su ideal pedagógico. Por ello, hay que revisar los ideales que imperan hoy. La escuela debe considerarse primariamente como un ámbito de formación humana, más que un lugar para la transmisión de conocimientos (aunque hoy en día, se transmite más bien información). Así, el plan de estudio, la metodología y la didáctica, deben ser vistos como medidas para activar el sano desarrollo infantil.

El niño(a) es desatento, pero ¿donde se pone el problema, en el niño(a) o en el sistema educacional imperante? ¿Se trabaja en captar su interés?

El paradigma actual nos lleva a maximizar las potencialidades del niño, de manera unilateral. Lo que en apariencia podría ser exitoso, no lo es, ya que solo se pone acento en los aspectos intelectuales, sin considerar la globalidad de este ser en formación.

Es así, como surgen algunas preguntas; ¿Cómo inculcarles tal o cual tema?, ¿Cómo hacer más eficiente la educación?, ¿Cómo prepararlo para la “competencia” laboral? Pero, no debemos caer en este arquetipo de “Hombre producto”. La educación más que un sistema pedagógico, es un arte. El arte de despertar aquello que ya late en hombres y mujeres. La tarea es despertar las cualidades y la conciencia del hombre, por supuesto, y que no quepa duda, que será para cumplir con lo que la realidad terrenal exige, pero también, para desplegar sus más nobles ideales, incorporando, desde la óptica de la trascendencia, de la espiritualidad, todo lo que le da sentido a ser un individuo único y motor de cambio creativo, en el devenir de nuestra sociedad.

Alteración del proceso de aprendizaje

Este afán de someter precozmente a los niños a un trabajo intelectual, genera problemas como estrés crónico y
desvitalización física. Además, puede ser en algunos casos, causa de Déficit Atencional. La Antroposofía coincide con Piaget, en cuanto a que, entre los 6-7 años, el niño da un salto cualitativo muy importante, y logra la adquisición del pensamiento operativo concreto, indispensable para el aprendizaje escolar. Iniciar antes de este momento el aprendizaje intelectual, concreto, puede provocar en el niño además del estrés innecesario al que se somete, una merma de su vitalidad y capacidad creativa.

Este exceso de actividad intelectual, genera trastornos físicos y otros problemas emocionales. El estrés infantil
crónico lleva al niño a perder la capacidad de asombro, ocurre un deterioro de su creatividad. Se pierden además, cualidades como la gratitud, la compasión y la admiración, fundamentales para desarrollar relaciones
humanas. Se forman niños poco motivados, demasiado concretos, más aptos para el consumo, que para vivir con plenitud personal.

Déficit de atención, hiperactividad e impulsividad

Durante los últimos años, hemos asistido a un gran aumento en el diagnóstico de Déficit Atencional (SDA),
con o sin hiperactividad. El que es utilizado, en niños que tienen un comportamiento, que se caracteriza por
trastornos de la atención, un exceso de movimientos motrices, deficiente control de los impulsos y reducida capacidad para la inhibición de reacciones emocionales.

El tratamiento medicamentoso tradicional se reserva para casos que no responden adecuadamente, y después de valorar otras terapias no farmacológicas.”

El síntoma guía para este diagnostico es en todos los casos, la carencia de funciones de control en el ámbito
de la atención, en el ámbito de la vida del sentimiento y, lo que es vivenciado como especialmente problemático, la impulsividad, como una carencia en el ámbito de la vida volitiva (voluntad) y del movimiento.

Desde esta mirada este Síndrome, es en verdad un diagnóstico “relacional”, que surge de la dinámica entre el
profesor y alumno. Influenciado fuertemente por el estilo de educación que tenga el colegio en el que estudia. Si
está centrado en la estandarización y el rendimiento o bien, si es una educación de corte más humanista, centrada en el niño.

La tendencia actual es considerar que los niños deben adecuarse al modelo imperante (centrado en el rendimiento), y los niños que no lo hacen, son diagnosticados como SDA. Por ello, esta dinámica, nos obliga a relativizar el rótulo de déficit atencional.

El niño(a) es desatento, pero ¿donde se pone el problema, en el niño(a) o en el sistema educacional imperante?
¿Se trabaja en captar su interés? ¿Se considera la posibilidad de estar frente a un niño(a) de procesos cognitivos
diferentes o personalidad artística, en que solo pondrá atención a lo que realmente le interese, o solo si los contenidos son presentados de otra manera, diferente a lo que los sistemas tradicionales ofrecen?, ¿Se descarta la posibilidad de una angustia crónica, o estrés escolar, como causa de un empobrecimiento
intelectual? Habitualmente no se hacen estas consideraciones y se tiende a la estandarización, surgiendo la medicación, como una forma de resolver el problema, implementándose medicamentos farmacológicos que estimulan y tranquilizan el sistema nervioso.

Creemos firmemente que este síndrome puede abordarse por otro camino. El empleo de un cambio de visión por parte del educador, una efectiva alianza con médicos, psicólogos y otros terapeutas, que junto a los padres van acompañando al niño en cuestión. Herramientas como medicamentos naturales homeopáticos y/o flores de Bach, junto a otras terapias como la psicopedagogía, la pedagogía curativa, psicoterapia, hipoterapia, terapia
ocupacional, músico y cantoterapia, talleres biográficos para los padres, y algún tipo de terapia familiar. El tratamiento medicamentoso tradicional se reserva para casos que no responden adecuadamente, y después de valorar otras terapias no farmacológicas. Este enfoque se basa también, en lo reportado por la literatura tradicional que afirma que los mayores éxitos se observan en los casos, donde los padres, los maestros y terapeutas, trabajan unidos y siguen un determinado modo de tratamiento, dándole al niño a través de su coherencia, acompañamiento y comportamiento, la seguridad de ser aceptado y amado, de la misma manera que a otros niños. De que es comprendido en su particularidad y que recibe ayuda para realizar progresos.

El mundo de los adultos

Somos críticos de la sobreestimulación a que se ve sometido desde bebé el niño(a). Y creemos que también abordar desde este enfoque, ayudará mucho a disminuir esa sobrecarga y la falta en la adquisición de tareas domésticas y rutinarias básicas, ejes fundamentales para la adquisición de las facultades de atención, concentración, coordinación motora y de las distintas praxias. Es interesante ver que la vida de los adultos, ha cambiado. Su vida volitiva ha sufrido un constante debilitamiento en las últimas décadas. Hoy los ideales de vida son la seguridad y la comodidad. Los niños vivencian también, que los adultos realizan pocas tareas con sus propias manos y la mayoría de las mismas queda a cargo de las maquinas. Es así, que existe una carencia importante de actos y actividades realizados a diario, que puedan ser imitados y practicados por los niños, pudiendo así, participar de los mismos. Por esta razón, en gran medida han aumentado los problemas en el desarrollo psicomotor. Muchos niños ya en la época de su primera infancia, tienen una pobreza de habilidades manuales, por la falta de estímulos para la realización de actividades ordenadas, plenas de sentido con intervención del factor físico. También hay pobreza en lo emocional afectivo, ya que, aquello, que un niño necesita para sentirse amparado en lo anímico y vivenciarse aceptado, muy a menudo no es suficiente. Estrés, miedo y un estado de preocupación permanente, han aumentado enormemente en los últimos treinta años. La alegría, la confianza y la aceptación de la vida disminuyen. Existe a su vez, una cierta incertidumbre y sensación de inseguridad frente al futuro.

La capacidad de atención y de control físico de los impulsos de los adultos, también están alteradas. Hay una
escasa capacidad de experimentar la calma, algo muy necesario para la construcción de nuestro mundo interior,
pilar fundamental para el desarrollo de la autonomía y la autoconciencia. También vemos que en la facultad de la concentración, la que significa, poder ocuparse durante largo tiempo con la misma cosa. Hay problemas, porque esa capacidad debe prepararse, se predispone por el hecho de que los niños puedan estar en condiciones de observar, de mirar a través de un tiempo largo, una cosa, con atención e interés. Y claramente, el exceso de estímulos, lo vertiginoso de la vida “moderna”, atentan directamente con ella. La televisión, los juegos de videos, y el exceso de ofertas de diferentes tipos de estímulos, provocan sobrecarga neurosensorial y anímica. El estrés, las presiones y la competitividad, nos tornan superficiales. Tanto la preocupación, como el miedo impiden el pensar, reflexionar y el profundizar los problemas. También la relación hacia el mundo circundante y la naturaleza muestra esa creciente falta de interés y de compromiso.

Necesidad de una nueva mirada

En los casos en que existe un real problema de la voluntad, como causa de una pobre atención, es que estamos
frente a una sola alteración. Es la capacidad de dominar los pensamientos, los sentimientos y los impulsos motrices. Hay que fomentar el autodominio y el autocontrol, y eso puede hacerse principalmente a través del ejemplo que da el adulto. Es muy importante comprender que una intervención debe ser por toda la comunidad y en todos los ámbitos, de tal manera que el niño perciba una preocupación por él, entendida como legítimo interés, por parte de los adultos. Todo aquel que se relaciona con los niños, debe saber que estos, tienen una capacidad especial de entrega al mundo. Están llenos de interés y siguen todo lo que ven; en su sentir son abiertos y espontáneos; en lo volitivo son fácilmente excitables y dispuestos a emprender muchas cosas,
participar en las mismas. El adulto debe trabajar por conseguir cualidades que le permitan comprender al niño(a), realizar una observación con neutralidad e interés, poder desarrollar la compasión y despertar la autoconfianza en el infante. Evitar la sobreestimulación sensorial y la intelectualización precoz, preocuparse de la alimentación, cuidar los ritmos diarios y de sueño vigilia. Debe mostrarse flexible, ser consecuente, y ser una autoridad que da una seguridad cariñosa.

Es importante un cambio de mirada en torno a la educación. El maestro debiera ser una autoridad amorosa, que
despierta las ganas de aprender. Tanto en la casa como en los colegios debe mostrarse que el mundo puede ser bueno, bello y verdadero. Esta es la vivencia que debería tener el joven al final de la adolescencia, para así estar preparado para el ejercicio de la libertad y poder hacer lo que se debe. Para ello, es necesario tener un sano desarrollo del pensar, una clara conexión con su sentir y conciencia en el hacer, trabajando y ejercitando la voluntad. La única forma de lograr esto, es a través de una educación que activamente se ocupe de estos temas y esté centrada en la imagen del ser humano que considera no sólo cuerpo y mente, sino cuerpo en relación con alma y espíritu, esa es la verdadera condición humana. Esto conlleva un gran sentido de responsabilidad,
ya que es en la relación alumno-maestro, donde se despiertan los ideales y valores humanos o puede cerrarse
la puerta a la formación personal y colectiva de los ideales, elementos fundamentales para la creación de una sociedad sana, profundamente constructiva e igualitaria.

Bibliografía

La Educación del niño desde el punto de vista de la Antroposofía. Rudolf Steiner. Edit. Antroposófica.
Los tres primeros años del niño. Karl König.
El síndrome hiperkinético en la edad infantil. M. Glöckler. Comunicación personal. 2007
Kohler Henning. La Hiperactividad. Edit Antroposófica. 2002.

José Antonio Soto es pediatra de la Universidad de Chile, dedicado a la medicina antroposófica; ejerce también como médico escolar en jardines Waldorf y ha participado como docente universitario en magister de educación. Padre de cuatro hijos,
además es escritor y poeta.

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