Las vacunas ¿maldición o bendición?

Quien quiere ahorrarse todo, al final no se ahorra nada. Si aplicamos esta idea filosófica al caso de las vacunas, queda bien claro que éstas no sirven de mucho. Su resultado global queda de hecho muy por debajo de lo que promete.

Rudiger Dahlke

“Tenemos hoy niños que son muy sanos, puesto que están vacunados prácticamente contra todo: desde enfermedades infantiles hasta las grandes plagas de la humanidad, las epidemias. Casi para cualquier mal hay disponible una vacuna y se las utiliza de modo general, al menos en nuestras latitudes, y de hecho los niños modernos casi no se ven afectados por las enfermedades infantiles clásicas y otras infecciones”, señala la medicina académica. ¿Sin embargo, por qué no son realmente sanos sino en su conjunto más enfermizos y vulnerables que hace cuarenta años? El hecho de que el sistema inmunológico de nuestros hijos no tenga hoy apenas posibilidades de reforzarse en la lucha y que por tanto va degenerando, lo mismo que un ejército que nunca debe luchar, es sólo una parte de la explicación. Junto al evidente debilitamiento de las defensas existe toda una serie de otras razones y dentro de este contexto vale la pena revisar con sentido crítico la moderna tendencia a las vacunaciones múltiples.

Como argumento a favor de las vacunas estaría el ejercicio de las propias defensas del organismo, con la inmunización producida por los agentes patógenos debilitados que se le han introducido. Sin embargo, la verdad es que parece tratarse de un truco que no contribuye, o sólo muy poco, al fortalecimiento de las defensas. Aunque se anima al organismo a que produzca anticuerpos, en realidad no tiene que luchar. No obstante, eso parece confundir a su sistema inmunológico y sus fuerzas de luchas, puesto que aquellos que han recibido muchas vacunas tienden a presentar más alergias que quienes no las han recibido. En el plano de los
principios esta relación se explica, naturalmente, a través de la represión del potencial de agresión expresado en las enfermedades infantiles, que deben aparecer en otro lugar.

Si a esto se añade que los niños tratados con antibióticos al comienzo de su vida desarrollan hasta un 50% más
de alergias, nuestro modo de tratamiento (antibiótico) de las infecciones, junto con la «profilaxis» (de las vacunas), conduce a una escalada del tema de la agresión.

La constante afirmación de que las grandes epidemias y también las enfermedades infecciosas
de la infancia han retrocedido o incluso han desaparecido debido a las vacunas, es simple y llanamente falsa.”

Logros sociales y su incidencia en la salud

Suele asociarse a la palabra «vacunado» a la idea de mejora o de limpieza, sin embargo, cabe preguntarse entonces en qué medida las vacunas pueden hacerlo, puesto que son sustancias formadas sobre todo por agentes patógenos modificados, toxinas y a veces también pus.

La constante afirmación de que las grandes epidemias y también las enfermedades infecciosas de la infancia han retrocedido o incluso han desaparecido, es simple y llanamente falsa, y podemos rebatirla incluso con los propios datos epidemiológicos de la medicina académica. Ni en la tuberculosis, la difteria y la polio ni en la tos ferina o el tétanos traumático puede demostrarse de la mano de las curvas de incidencia de las enfermedades. Al contrario, éstas indican unas relaciones totalmente distintas. Es evidente que fueron sobre todo los avances sociales, que consiguieron combatir con éxito el hambre, y en particular también las medidas higiénicas, los que condujeron al retroceso de estas epidemias. La curva de las cifras de estas enfermedades, como en los casos de la viruela, la tuberculosis y la difteria, ya estaban descendiendo cuando se introdujeron las vacunas. De todos modos, en esas mismas curvas puede verse que estas dos últimas afecciones rebrotaron principalmente a causa de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la introducción de las diversas vacunas no hizo que se acelerara el descenso de enfermedades ya en declive sino que parece que en parte incluso lo han ralentizado. En particular en el caso de la polio, la aplicación de las vacunaciones provocó un nuevo rebrote de la enfermedad.

En lo que respecta a la pretendida seguridad que proporcionan, la cuestión no parece estar por desgracia mucho
mejor. Ya en los inicios de las vacunaciones contra la viruela lo señalaban las estadísticas oficiales. En el año 1871 enfermaron en Düsseldorf 1.968 personas vacunadas contra esta afección, pero sólo 210 sin vacuna, en Berlín 15.478 vacunados y 4.670 que no lo estaban y en toda Baviera 29.429 de los primeros frente a 1.313 de los segundos. Quien crea que las cosas han mejorado en nuestros días debería informarse mejor. Después de la Segunda Guerra Mundial se produjo en Alemania en 1947 uno de los once brotes de viruela. Todos los afectados habían sido vacunados y otro tanto sucede con la última epidemia, producida en 1977 en Somalia. Los últimos enfermos estaban también vacunados según indica la OMS.

En un estudio realizado por la OMS con respecto a la polio, entre los años 1970 a 1974, de los 360 casos analizados, en 205 la vacuna lo había provocado directa o indirectamente.

Los daños provocados por las vacunas no son, por desgracia, extremadamente raros tal
como afirman con frecuencia los seguidores de la medicina académica. Simplemente no se
reconocen.”

Las vacunas debilitan el sistema inmune

Hoy puede demostrarse que las vacunas no fortalecen el sistema inmunológico, sino que incluso lo debilitan. El
hecho de que el Sida en personas no enfermas, sin embargo, infectadas, puede desencadenarse a causa de vacunaciones múltiples o una vacuna protectora contra la viruela, lo dejó constatado en 1987 el New England Journal of Medicine, una prestigiosa revista científica. Parece ser cierto que las vacunas no pocas veces provocan la enfermedad frente a la que deben proteger. A esto se añade que las personas vacunadas se convierten de este modo en portadores. Así, en los Estados Unidos, desde 1969 y durante los ocho años siguientes, 34 madres cuyos hijos habían sido tratados con vacunas vivas contra la polio, enfermaron de poliomielitis. La OMS ha descrito con mucha frecuencia este peligro, algo que durante mucho tiempo no ha provocado ninguna reacción en la práctica médica sino que, al contrario, ha conducido a medidas totalmente
absurdas, tales como la vacunación de todos los miembros de la familia, incluidos los abuelos, contra la poliomielitis infantil. La vacunación por ingestión de vacunas vivas está de nuevo prohibida por las anteriores razones. Sin embargo, la antigua vacunación intravenosa, desechada en su tiempo por el peligro que suponía, vuelve a aparecer en los labios de muchos. ¡La medicina académica confía en que sus seguidores hayan perdido buena parte de la memoria!

Los daños provocados por las vacunas no son, por desgracia, extremadamente raros tal como afirman con
frecuencia los seguidores de la medicina académica. Simplemente no se reconocen, con argumentos en parte
bastante burdos. En la antigua RDA, donde no había ningún lobby industrial que se interpusiera entre la verdad y su reconocimiento, se registraron un número claramente superior de daños a causa de las vacunas. De 1946 a
1976 se reconocieron 1.755 casos (que equivalen al 93 %). Hubo 1.230 después de una vacunación contra la viruela, de los cuales 21 fueron mortales y en otros muchos se produjeron desde retrasos mentales a idiotez completa. Si tenemos en cuenta que durante este periodo de tiempo apenas existía riesgo de viruela en nuestras latitudes, se trata de unas cifras terribles para una vacunación llamada preventiva. Con respecto a las de la difteria y la tos ferina, se registraron 161 casos, de los cuales 25 fueron mortales.

La vacunación es la introducción de sustancias patógenas en tintura. Aunque estimula la producción de anticuerpos, la situación de las defensas en su conjunto no mejora claramente como lo demuestran los numerosos niños modernos que reciben vacunas múltiples. En el fondo se trata de una lesión al cuerpo, que sólo se legitima por las intenciones positivas del médico. Demasiados médicos fueron invadidos por campañas publicitarias de la industria y recibieron muy poca información técnica. Anuncios como los de «La polio infantil es mortal, la vacuna para tragar es dulce» indican una buena idea publicitaria, pero no tienen nada que ver con una explicación técnica de los hechos.

Si se molesta uno, como el médico internista alemán Gerhard Buchwald, en ir al fondo y dejar que hablen las
cifras, se llega a resultados desengañadores. Los conocimientos esenciales sobre el lado oscuro de las vacunas se los debemos a las investigaciones que realizó a lo largo de los treinta y cinco años de actividad profesional. El material que ha resumido en su libro Impfen – Das Geschäft mit der Angst demuestra con cifras escuetas uno de los grandes errores de la medicina académica.

Todo mal desde el principio…

Desde el punto de vista de la filósofa espiritual, todo está en el inicio y el conjunto resulta todavía peor. Edward
Jenner, el descubridor inglés de la vacunación, probó el procedimiento en su propia familia. Su hijo, al que vacunó a la edad de diez meses, quedó con un retraso mental y murió a la edad de veintiún años sin haber podido superar ese estado. Tras la vacunación durante el embarazo, su mujer dio a luz un niño muerto, cuya piel estaba cubierta de vesículas similares a las de la viruela. Así comenzó la historia de las vacunas y ya desde un principio debería haber existido una reserva frente a este procedimiento, sin que por ello hubiera que rechazarlo en su totalidad.

Podemos suponer que las vacunaciones son el resultado de querer ahorrarse las correspondientes infecciones.
Dado que sin excepción se trata de enfermedades inflamatorias cuyo tema lo hemos hecho patente en forma de un conflicto inmerso en el cuerpo, ahí se expresa al mismo tiempo una considerable animadversión al conflicto o la agresión. Aunque sea sólo por este motivo deberíamos animamos a investigar más para averiguar si en relación con el aumento de las vacunaciones, y el retroceso de las enfermedades infecciosas postulado por la medicina académica como resultado de las mismas, se han incrementado otros cuadros clínicos, ligados a los temas del conflicto y de la agresión. Por desgracia, la realidad es que es así, y además en una medida aterradora. Las alergias y las depresiones aumentan a un ritmo alarmante, por citar sólo otros dos de los muchos síntomas de la agresión. Nos enfrentamos a una clara escalada dentro del marco del principio de la agresión.

No hay nada fundamental en contra de la idea de la vacunación, sólo que con los métodos utilizados hasta la fecha se provocan más daños que beneficios.”

Hay que añadir a esto que los homeópatas creen, y con buenas razones, que las enfermedades infantiles tienen, entre otras cosas, la tarea de limpiar al organismo infantil de males heredados. Si las vacunaciones lo impidieran, tendríamos aquí una explicación plausible de la fragilidad de muchos de los niños vacunados. Significaría, además, que los vacunados arrastrarían de por vida las predisposiciones a enfermar de sus antepasados. Este arrastre de la «herencia familiar» a este nivel tendría una buena correlación con el hecho de que cada vez son menos los niños que después de la pubertad pueden liberarse psíquicamente de los lazos familiares e independizarse de verdad.

Alergias y enfermedades autoinmune

La palabra alergia significa reaccionando de manera distinta. Procede del griego allos, que equivale a distinto, ajeno, extraño. Lo que no se ha dicho de estas relaciones intuidas, aunque no demostradas, es que esta forma «de reaccionar de forma distinta» cada vez más frecuente en amplios círculos de la población, debe atribuirse a la introducción en el organismo de proteínas ajenas o de otros componentes de las vacunas. Existe gran cantidad de elementos adicionales en los líquidos de las vacunas que penetran en el cuerpo para debilitar a los
agentes patógenos y a menudo prevenir también reacciones no deseadas. De algunas de ellas, como el formaldehído, se sabe que no sólo puede provocar alergias, sino también cáncer.

Sin embargo, no sólo hay que pensar en las alergias, sino también en las enfermedades autoinmunes, que muestran igualmente un terrible incremento, tampoco explicado. A esto se añaden, en el plano espiritual, todos los problemas de agresión cada vez más frecuentes entre los niños en el sentido de la hiperactividad. Al nivel del pensamiento de los principios, existiría una relación lógica con la evitación de la agresión en la vida social, que se refleja también en las vacunaciones masivas. No obstante, habría que tener en cuenta que en el mismo periodo en que han ido aumentando las alergias y las vacunaciones también lo han hecho los tratamientos alopáticos. En el incremento de estas medidas supresoras podría existir una explicación del rápido aumento de las alergias en la población.

Con el tema de la agresión también están relacionadas las disposiciones legales sobre vacunación. En Italia desde hace tiempo se vacunó recurriendo incluso a la policía y aquellos que no lo estaban eran excluidos de la escuela. En Alemania, donde la obligatoriedad de la vacuna contra la viruela se anuló en 1983, durante años la policía fue ayudante de los funcionarios de sanidad y de la industria productora de las vacunas. En Austria se excluye hoy de las excursiones escolares a los niños que no están vacunados contra FSME («garrapatas»). La publicidad tiende allí verdaderas redes de terror sobre la población y enseñan a temerlas, e incitan a la vacunación. En el Arznei-Telegramm, revista independiente de la industria farmacéutica, de 1991 se podía leer: «A un riesgo de 1:78.000 de enfermar después de picadura de garrapatas en “regiones endémicas” se le contrapone, sin tener en cuenta las considerables cifras ocultas, un riesgo de padecer secuelas de distinta gravedad a causa de una vacuna de 1:32.000. A tenor de esto, la probabilidad de efectos secundarios de la vacuna es doble a la posibilidad de enfermar por la picadura de una garrapata.»

En lugar de las vacunas, un fortalecimiento corporal, en el sentido de un sistema
inmunológico bien entrenado y una disposición sincera a tratar con los problemas del desarrollo espiritual y social, ofrece una protección relativamente buena.

También la discriminación y desacreditación de los adversarios de las vacunas por parte de la medicina establecida y de la industria están relacionadas, seguramente, con el desconcierto que conduce a la agresión, lo mismo que el rechazo a 6.000 solicitudes de indemnización por daños causados por una vacuna, reconociéndose en Alemania sólo 2.000 casos.

No es a Eward Jenner sino a Ignaz Semmelweis y a las reformas sociales a quienes debemos agradecer la mejor protección de que gozamos frente a las grandes epidemias. El propio Jenner llamó en el lecho de muerte a su vacuna un monstruo y reconoció que fue un error. Sin embargo, su invención ya se había independizado y seguía por sí sola su curso en una medicina académica que no disponía de nada más para la prevención.

Fortalecer el sistema inmune en lugar de vacunar

En lugar de las vacunas, un fortalecimiento corporal, en el sentido de un sistema inmunológico bien entrenado y
una disposición sincera a tratar con los problemas del desarrollo espiritual y social, ofrece una protección relativamente buena. Todos aquellos que quieren ahorrarse todo al final no se lo ahorran, tal como nos muestra la vida de forma tan manifiesta, habría que recomendar una postura inversa, es decir, no ahorrarse nada de lo esencial porque entonces, al menos, se estará preparado y dispuesto a la lucha en el mejor sentido.

Hay algunos hechos en la práctica que hablan en contra de querer ahorrarles a los niños todo lo posible por medio de la vacunación. Simplemente, parece que no se consigue sino que con frecuencia se llega a lo contrario, sobre todo, desde luego, porque el destino no se deja engañar por trucos de este tipo. La idea de administrar a un niño de medio año una vacunación séxtuple, porque se le quieren ahorrar seis pinchazos distintos, es humana y comprensible. Sin embargo, esta vacuna somete a un esfuerzo excesivo al pequeño organismo, un esfuerzo tan violento que naturalmente se consigue lo contrario a lo esperado.

Por otro lado, no hay nada fundamental en contra de la idea de la vacunación, sólo que con los métodos utilizados hasta la fecha se provocan más daños que beneficios. La idea de habituar al organismo tempranamente a los retos que le esperan y además cuando se encuentra en una situación de plenitud de fuerzas es, como ya se ha dicho, lógica. En principio tampoco puede rechazarse de entrada la vacunación desde un punto de vista espiritual, siguiendo el lema de: «Confío en mi destino y sólo me pasará aquello que me tenga que pasar.» Siguiendo esta postura ingenua también se podría cruzar una calle sin mirar a izquierda y
derecha, sin embargo, no parece que sea por casualidad que tengamos ojos y que por tanto deberíamos utilizarlos. De modo análogo, tampoco es casualidad que hayamos descubierto el principio de la vacunación. Únicamente deberíamos sopesar si las ventajas superan a los inconvenientes, algo que en este momento no parece suceder.
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Extracto de El poder curativo de la agresión. Robin Book.

El doctor Ruediger Dahlke nació en 1951, cursó estudios de medicina y siguió formándose en naturopatía, psicoterapia y homeopatía. Como autor, conferenciante y organizador de seminarios, se cuenta entre las personalidades más destacadas del
movimiento de la salud y de la medicina psicosomática. Entre sus obras más conocidas, cabe destacar: La enfermedad como camino, Mandalas, Las etapas críticas de la vida, El mensaje curativo del alma, El libro de la desintoxicación y la salud, La enfermedad como símbolo y La salud cómo camino.

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