Un incendio moral consume nuestra institucionalidad y arrasa nuestros ecosistemas

El establecimiento de plantaciones forestales en Chile no se ha enmarcado en una planificación territorial que considere criterios ambientales, sociales y económicos. Cada quien hizo transformaciones masivas, amparado en una legislación permisiva, y con un estado ausente por decisión política. Así se destruyeron miles de hectáreas de bosque nativo que terminaron siendo reemplazados por eucaliptus y pinos, se establecieron plantaciones sin proteger quebradas, ríos y esteros.


La Agrupación de Ingenieros Forestales por el Bosque Nativo (AIFBN), ha señalado en un comunicado de prensa importante puntos en relación a lo que está ocurriendo con los mega-incendios forestales que afectan a nuestro país.

Poner a la vegetación, sea esta nativa o exótica, en el centro de la discusión con respecto a los incendios forestales, nos parece un error. Es posible que hayan especies que se queman más rápido y más violentamente que otras, pero la causa del problema no son los árboles, sino los irresponsables que tiran colillas de cigarrillo por la ventana del auto, los que acumulan basura en vertederos ilegales, quienes hacen fogatas en lugares no autorizados, etc. La vegetación se puede manejar para reducir el peligro de incendio, y para ello existen técnicas. Sin embargo, es la acción del hombre en casi la totalidad de los incendios en Chile, quien por descuido, negligencia o mala intención, genera los incendios.

El establecimiento de plantaciones forestales en Chile no se ha enmarcado en una planificación territorial que considere criterios ambientales, sociales y económicos. El modelo neoliberal implementado en Chile, que asignó al mercado el rol teórico de regular lo que por definición le correspondía al Estado, junto con una serie de incentivos, resultó en territorios poco resilientes. Cada quien hizo transformaciones masivas, amparado en una legislación permisiva, y con un estado ausente por decisión política. Así se destruyeron miles de hectáreas de bosque nativo que terminaron siendo reemplazados por eucaliptus y pinos, se establecieron plantaciones sin proteger quebradas, ríos y esteros, se plantó hasta el borde mismo de caminos, pueblos y ciudades, se plantaron paños enormes (cientos e incluso miles de hectáreas) prácticamente sin corta fuegos, entre otras calamidades. Estas malas prácticas, utilizadas para establecer buena parte de las plantaciones forestales existentes, han sido abusivas, abuso que ha dejado comunidades sin agua, ha disminuido severamente la hermosa y valiosa biodiversidad que había en muchos territorios, y en estos momentos facilita la expansión de los incendios forestales.

No nos queda más que sorprendernos cuando escuchamos por televisión a nuestros honorables diputados, senadores y políticos en general criticar a otros por el desastre, cuando son ellos los principales responsables. ¿Dónde estaban ellos cuando se puso en tabla el proyecto que transforma a la Corporación Nacional Forestal de derecho privado en un servicio público robusto y eficiente? ¿Dónde estaban ellos, cuando se discutió la Ley de Bosque Nativo que demoró casi 16 años en ser promulgada, resultando en un instrumento ineficaz? Consideramos que no han tenido visión de Estado, ni voluntad política para priorizar el desarrollo forestal y así la protección de nuestros ecosistemas (incluyendo aquí a nuestros ecosistemas marinos, donde recién comienza a destaparse la alcantarilla). Lamentablemente, los bosques no tienen plata para pagar lobistas y comisiones.

Lo que subyace a todo esto es mucho más simple, pero a la vez más difícil de resolver: Un nivel de concentración y de enfermedad por el dinero que no tiene precedentes históricos. En ese afán, el de enriquecerse, el ser humano es capaz de cualquier cosa: criar miles de salmones en unos cuantos metros cúbicos de agua, plantar eucaliptos o pinos en paños continuos hasta el borde mismo del camino, y en general, hacer lo que sea por maximizar beneficios propios en desmedro del bienestar público. Por eso es importante fortalecer la institucionalidad pública, lo que no implica solamente aumentar los presupuestos sino también velar porque esos presupuestos se gasten bien.

Un incendio moral es lo que realmente nos afecta en estos momentos, arrasando a su paso con lo más preciado, la VIDA. La única forma de enfrentarlo es con amor, liderazgo (real liderazgo, y no el aprovechamiento que se ve todos los días) y solidaridad, tal como lo hacen las miles de personas que trabajan por sofocar las llamas, muchos de ellos de manera voluntaria. A ellos, nuestro más sincero reconocimiento.

El cambio climático está aquí, ahora. Hace años se vienen publicando estudios que planteaban escenarios como éste: altas temperaturas, vientos y sequía. Sin embargo, los sucesivos gobiernos no han tomado el tema en serio, y siguen improvisando. Todavía se dice que la Zona Central de Chile “pasa por una larga sequía”, en vez de plantear derechamente que el centro del país se está haciendo más árido, que ya no va a llover como antes, razón por la cual tenemos que prepararnos. Ese prepararnos implica tomar medidas, como tener un buen sistema de control de incendios, a la altura del desafío.

¿El Gobierno es responsable de este incendio? Claro que lo es, pero también lo es el anterior y los anteriores, ya que el Estado es en definitiva el responsable al ir dejando a la gente y a los recursos naturales a su suerte. Invitamos especialmente a los legisladores a leer, a conversar con la gente que está estudiando estas temáticas y con quienes viven en los territorios, de modo de proponer programas y proyectos pertinentes en el marco de una nueva institucionalidad de Estado que permita un desarrollo forestal sustentable. ¡No podemos seguir fallando!

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