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Bert Hellinger: Los Órdenes del Amor

Por Paco Sánchez

Los órdenes del amor son condiciones básicas para que el amor fluya, para que el agua no se disperse o no se estanque. Quienes pretendan ignorar estas condiciones tendrán, con toda seguridad, importantes dificultades para experimentar el amor en su vida. Así de simple: nadie puede verdaderamente amar si primero no sabe recibir y agradecer.

Nacemos de unos padres. No hemos aterrizado desde la estratosfera por arte de magia. Nacer significa que no venimos a la vida desde la total autonomía, sino que venimos a la vida a partir de alguien. Es decir: nacemos vinculados. Toda forma de existencia tiene esta naturaleza vinculada.

Entre iguales, este vínculo supone un intercambio, un equilibrio entre lo que cada uno da al otro y cada uno toma del otro. Sin este intercambio equilibrado, el vínculo entre iguales no puede mantenerse.

Pero en el origen de la vida o de la existencia, el vínculo es de naturaleza desigual. Un río procede de una fuente, y no al contrario. No hay río que suministre agua a su propia fuente. También es verdad que el río puede, más adelante, suministrar su agua a otros ríos, los cuales se alimentarán de aquél. Parece una obviedad: el río fluye en una dirección, y no en la contraria.

Esto no significa que los hijos no amen a sus padres. Significa que, a diferencia del amor entre iguales, que consiste en el intercambio equilibrado del dar y el tomar a que hemos hecho referencia, el amor entre padres e hijos responde a otra dinámica: los padres dan, los hijos toman. Los padres son los grandes, los anteriores, la fuente: el flujo natural de su amor como padres es el de dar. Los hijos son los pequeños, los posteriores y, en consecuencia, toman.

Este equilibrio desigual se rompe cuando un hijo, por ejemplo, pretende ser más grande que sus padres. Bert Hellinger llama a esto “arrogancia”. El hijo dice a los padres: “soy mejor que vosotros, lo hago mejor que vosotros”. Ciertamente el río puede llegar lejos, y sin duda los padres se alegrarán de ello. La fuente se siente satisfecha de lo lejos que puede llegar el río. Pero esto no hace al hijo más grande que sus padres: continuará siendo tributario de ellos, en el sentido de que jamás podrá devolverles lo recibido, como el río no puede alimentar a su fuente. El amor consiste, entonces, en respetar su grandeza, tomar lo que recibe y mostrar gratitud.

El equilibrio también se rompe, por tanto, cuando el hijo se niega a tomar. El hijo dice a sus padres: “no quiero lo que me dan” o “no lo quiero a ese precio”. Sencillamente, esto no es posible. Tenemos aquí una especie de autosuficiencia, el río pretende que por él discurran otras aguas diferentes a las que recibe, como si pudiera decidir quién es a base de ignorar de dónde viene.

Estos órdenes del amor no son para nada preceptos morales. Son, sencillamente, condiciones básicas para que el amor fluya, para que el agua no se disperse o no se estanque. Quienes pretendan ignorar estas condiciones tendrán, con toda seguridad, importantes dificultades para experimentar el amor en su vida. Así de simple: nadie puede verdaderamente amar si primero no sabe recibir y agradecer.

Esto que decimos de padres e hijos tiene, como es natural, valor extensivo a las diferentes generaciones. En el seno de lo que Bert Hellinger llama “alma familiar”, todos tienen un lugar de dignidad y de respeto. Y todos quiere decir, exactamente, “todos”. Y significa algo muy preciso y de gran importancia en este ámbito de los órdenes del amor: el alma familiar no acepta exclusiones. Cuando alguien es excluido, el flujo del amor se resiente.

Hay muchas formas de excluir: ignorar, olvidar o marginar, son algunas de ellas. Pero también se excluye a alguien juzgándolo y condenándolo, o descalificándolo de muchas maneras: “la abuela fue una puta”; “el abuelo fue un borracho”; “tu tío estaba loco y nos hizo sufrir mucho”. No se trata aquí de perdonar nada, sino de comprender que nada de lo que alguien haga le puede privar de su derecho a la pertenencia. A veces la víctima se cree con el derecho a ser verdugo: esta actitud no sólo no arregla nada, sino que perturba aún más los órdenes del amor: alguien posterior asumirá un destino semejante al de la persona excluida. En este sentido, cualquier venganza, o arrogancia, o desorden, se convierte en una especie de boomerang. Alguien posterior sufrirá las consecuencias, y nadie encontrará explicación a su sufrimiento.

Estamos hablando de lo que Bert Hellinger llama “destino ciego” o “amor ciego”. Amor ciego es el del hijo que, para compensar la marginación que sufrió alguien anterior, asume, sin saberlo, su mismo destino. Amor ciego es el del hijo que, viendo que sus padres han sido infelices, no se permite a sí mismo ser feliz, como si al serlo se convirtiese en una especie de traidor. En este caso, aunque aquí no se trate de una exclusión, el hijo no toma de sus padres o pretende, con su infelicidad, ser digno de ellos o compensarles de alguna forma. Trabajo inútil: la ceguera la produce, en este caso, la idea de que se puede compensar una desgracia con otra desgracia, convirtiendo así en estéril el sufrimiento de los padres. No hay mejor manera de “purgar” la infelicidad de los que nos precedieron que llevar una vida feliz y fecunda.

A veces pensamos que la vida nos pertenece, o que podemos hacer con ella lo que queramos. Probablemente es más cierto lo contrario: nosotros somos los que pertenecemos a la vida que, querámoslo o no, tiene sus reglas, llenando de dicha a quien, humildemente, recoge todo de quienes le precedieron, reconoce a todos su lugar y se abre a intercambiar y a transmitir lo recibido. La pretensión de otra cosa solo acarrea, como atestiguan diversas tradiciones, la expulsión del Paraíso.


Bert Hellinger, nació en Alemania en 1925. Estudió filosofía y teología en la Universidad de Würzburg y pedagogía en la Universidad Natal de Sudáfrica. Posteriormente se formó en dinámica de grupos, psicoanálisis, terapia primal, psicodrama, hipnosis, análisis transaccional, terapia gestalt, programación neurolingüística y terapia familiar sistémica, llegando a una integración de todas ellas. Fruto de la cual nació su trabajo de constelaciones familiares y el descubrimiento de los órdenes del amor. Los "movimientos del alma y del espíritu" es la última y más profunda evolución de su trabajo filosófico y terapéutico.


¿Qué es Una Constelación Familiar?

Por Alfredo Collovati

La comprensión del lugar en que uno se posiciona y el tipo de cosas que nos suceden, sean como don o como síntoma de sufrimiento o de enfermedad, cobran un sentido dentro de una historia familiar transgeneracional. Ésta se vuelve sintomática, aunque no esté presente en nuestra conciencia, cuando parte de ella no pudo ser integrada (como muertes prematuras, exclusión de algún integrante, pérdida de un hijo, eventos traumáticos de diverso orden en la familia, etc.), incluso sin que siquiera hayamos conocido a los personajes originarios que hubieran participado de dicha situación. Esta historia de dolor se expresa como un campo de información que se reproduce en las siguientes generaciones (como depresión, enfermedad, compulsión a la muerte, adicción, tropiezo afectivo reiterado, dificultad económica recurrente, etc.) desde las diferentes aristas que puede mostrar un problema, ya sea como víctima o como victimario (es decir, sufriendo el problema o generándoselo a otros).

Las constelaciones familiares son una experiencia profunda donde estas informaciones emergen a la superficie ofreciendo una posibilidad de transformación para nosotros, para los que vienen después de nosotros y, aunque parezca increíble, también para los que nos precedieron, porque todos ellos viven como un holograma vivo en nuestro corazón. Y al decir esto no me refiero a un acto poético, sino a un acto de transformación de la realidad a través de la conciencia. Al transformarse el fruto, que es cada uno de nosotros, en ese mismo acto de transformación, de alguna manera también se transforma el árbol.

Todo esto que parece tan misterioso al tratar de explicarlo con palabras emerge en el trabajo con las constelaciones no como un producto de la razón, sino como el despliegue del propio campo de la información que, si intentamos traducirlo a la luz de las ciencias de vanguardia, tal vez podríamos denominarlo campo morfogenético. Sin embargo, si nos situamos cómodamente en tradiciones más cercanas a un lenguaje del corazón, tal vez podríamos denominarlo como alma familiar, algo más grande que aquello a lo cual pertenecemos, y que en su naturaleza para encontrar paz requiere que todos sus integrantes encuentren un buen lugar, reestableciéndose los “órdenes del amor.”

Dinámica Vivencial

El cliente que desea explorar la dinámica oculta en su sistema familiar elige, entre los asistentes, y guiándose sólo por su propia intuición, representantes para aquellas personas que integran su sistema familiar actual o de origen, incluido un representante para sí mismo, y los sitúa en medio de la sala en relación unos con otros. Por alguna razón misteriosa que no comprendemos, una vez que se ha ubicado a los representantes en la constelación, éstos experimentan en sus cuerpos sentimientos que con frecuencia reflejan de alguna manera las sensaciones, sentimientos y emociones de las personas que representan. A partir de ahí, se despliega la dinámica de comprensión de los fenómenos y el develamiento de la dinámica oculta en el sistema familiar que guía a la familia hacia un nuevo orden sanador. Los participantes se sorprenden de la facilidad y simplicidad natural con que la compasión y el amor genuinos fluyen en las constelaciones. Participar en una constelación como representante proporciona una experiencia y evidencias convincentes que sugieren que todos estamos conectados unos con otros de maneras totalmente inesperadas. No es cuestión de creencias, sino de tomarse en serio la experiencia sentida por los representantes.

El objetivo de la constelación es la sintonía del cliente con su propio destino y con su responsabilidad. A través de la apertura a la propia realidad familiar, a la exteriorización y comprensión de los sentimientos de los participantes, al uso de frases curativas o ritos de lenguaje corporal, se consigue formar e interiorizar una nueva imagen de la familia del consultante, de mayor sintonía con el sistema, abierta a la aceptación consciente del destino y encaminada a soluciones alternativas.

Las constelaciones familiares nos permiten crear de inmediato un acto poderoso y emocionalmente significativo. Es una experiencia que permite, a quien desea trabajar sobre su problema y ser diferente de lo que ha sido hasta el momento, vivenciar directa o indirectamente una solución terapéutica que lo conecte con las fuerzas, recursos o potencialidades inconscientes de su propio sistema, psiquis o alma familiar. Y todo ello se desarrolla en un contexto de gran fuerza dramática que ayuda a valorar mucho más la solución y que apela a la historia constructiva del propio consultante.

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