Ecología profunda


“La Ecología profunda ve el mundo, no como una colección de objetos aislados, sino como una red de fenómenos fundamentalmente interconectados e interdependientes. La ecología profunda reconoce el valor intrínseco de todos los seres vivos y ve a los humanos como una hebra más en la trama de la vida.”

Fritjof Capra

Desde finales del pasado siglo XX, los temas medioambientales han adquirido una importancia primordial. Nos enfrentamos a una serie de problemas globales que dañan la biosfera y la vida humana de modo alarmante y que podrían, en breve, convertirse en irreversibles. Disponemos ya de una amplia documentación de tales problemas.

Cuanto más estudiamos los principales problemas de nuestro tiempo, más nos percatamos de que no pueden ser entendidos aisladamente. Se trata de problemas sistémicos, lo que significa que están interconectados y son interdependientes. Por ejemplo, sólo se podrá estabilizar la población del globo cuando la pobreza se reduzca planetariamente.

La escasez de recursos y el deterioro medioambiental se combinan con poblaciones en rápido crecimiento, llevando al colapso a las comunidades locales así como a la violencia étnica y tribal, que se ha convertido en la principal característica de la posguerra fría.

En última instancia, estos problemas deben ser contemplados como distintas facetas de una misma crisis, que es en gran parte una crisis de percepción. Deriva del hecho de que la mayoría de nosotros, y especialmente nuestras grandes instituciones sociales, suscriben conceptos de una visón ya desfasada del mundo, una percepción de la realidad inadecuada para tratar con nuestro superpoblado y globalmente interconectado mundo.

Existen soluciones para los principales problema de nuestro tiempo, algunas muy sencillas, pero que requieren un cambio radical en nuestra percepción, en nuestro pensamiento, en nuestros valores. Nos hallamos, sin duda, en el inicio de este cambio fundamental de visión en la ciencia y en la sociedad, un cambio de paradigmas tan radical como los de la revolución copernicana. Pero esta constatación no ha llegado aún a la mayoría de nuestros líderes políticos. El reconocimiento de un profundo cambio de percepción y pensamiento capaz de garantizar nuestra supervivencia, no ha alcanzado todavía a los responsables de las empresas ni a los administradores y profesores de nuestras grandes universidades.

Nuestros líderes no sólo son incapaces de percibir las interconexiones entre los distintos problemas, sino que además se niegan a reconocer hasta qué punto lo que ellos llaman sus soluciones comprometen el futuro de las generaciones venideras. Desde la perspectiva sistémica, las únicas soluciones viables son aquellas que resultan sostenibles. El concepto de sostenibilidad se ha convertido en un elemento clave en el movimiento ecológico y es sin duda crucial. El gran desafío de nuestro tiempo es crear comunidades sostenibles, es decir, entornos sociales y culturales en los que podamos satisfacer nuestras necesidades y aspiraciones sin comprometer el futuro de las generaciones que han de seguirnos.

El cambio de paradigma

En mi trayectoria como físico, me ha interesado principalmente el dramático cambio de conceptos e ideas que tuvo lugar en la física a lo largo de las tres primeras décadas del siglo XX y que sigue teniendo consecuencias en nuestras teorías actuales sobre la materia. Los nuevos conceptos en física han significado un cambio profundo en nuestra visión del mundo; desde una perspectiva mecanicista de Descartes y Newton hasta una visión ecológica y holística.

Actualmente revivimos la crisis la crisis intelectual de los físicos cuánticos de los años veinte, en forma de una crisis cultural similar pero de proporciones mucho más amplias. Por consiguiente, asistimos a un cambio de paradigmas, no solo en la ciencia, sino también en el más amplio contexto social.

El paradigma actual ha dominado nuestra cultura durante varios siglos, durante los que ha formado nuestra sociedad occidental e influido considerablemente en el resto del mundo. Dicho paradigma consta de una enquistada serie de ideas y valores, entre los que podemos citar la visión el universo como un sistema mecánico compuesto de piezas, las del cuerpo humano como una máquina, la de la vida en sociedad como una lucha competitiva por la existencia y la creencia en el progreso material ilimitado a través del crecimiento económico y tecnológico. Estas presunciones se han visto cuestionadas seriamente por los acontecimientos recientes, hasta el punto de que su reconsideración radical está ocurriendo en nuestros días.

Ecología profunda

El nuevo paradigma podría denominarse una versión holística del mundo, ya que lo ve como un todo integrado más que como una discontinua colección de partes. También podría llamarse una versión ecológica, usando el término en un sentido mucho más profundo y amplio de lo habitual. La percepción desde la ecología profunda reconoce la independencia fundamental entre todos los fenómenos y el hecho de que, como individuos y sociedades, estamos inmersos en (y finalmente dependientes de) los procesos cíclicos de la naturaleza.

“Nuestros líderes no sólo son incapaces de percibir las interconexiones entre los distintos problemas, sino que además se niegan a reconocer hasta qué punto lo que ellos llaman sus soluciones comprometen el futuro de las generaciones venideras.”

El sentido en el que uso el término ecológico está asociado con una escuela filosófica específica, es más, con un movimiento de base conocido como ecología profunda que está ganando rápidamente prominencia. Esta escuela fue fundada por el filósofo noruego Arne Naess a comienzos de los setenta al distinguir entre ecología superficial y la profunda. Esta distinción está ampliamente aceptada en la actualidad como referencia muy útil en el discernimiento entre líneas de pensamiento ecológico contemporáneas.

La ecología convencional es antropocéntrica, es decir, está centrada en el ser humano. Ve a este por encima o a parte de la naturaleza, como fuente de todo valor, y le da a aquella un valor único instrumental de uso. La ecología profunda no separa a los humanos, ni a ninguna otra cosa, del entorno natural. Ve el mundo, no como una colección de objetos aislados, sino como una red de fenómenos fundamentalmente interconectados e interdependientes. La ecología profunda reconoce el valor intrínseco de todos los seres vivos y ve a los humanos como una hebra más en la trama de la vida.

En última instancia, la percepción ecológica es una percepción espiritual o religiosa. Cuando el concepto del espíritu es entendido como el modo de consciencia en el que el individuo experimenta un sentimiento de pertenencia y de conexión con el cosmos como un todo, queda claro que la percepción ecológica es espiritual en su esencia más profunda. No es por tanto, sorprendente que la nueva visión de la realidad emergente, basada en la percepción ecológica, sea consecuente con la llamada filosofía perenne de las tradiciones espirituales, tanto si hablamos de la espiritualidad de los místicos cristianos, como de los budistas, o de la filosofía y cosmología subyacentes en las tradiciones nativas americanas.

Hay otra manera en que Arne Naess ha caracterizado la ecología profunda: la esencia de la ecología profunda es plantear cuestiones cada vez más profundas. Esta es asimismo la esencia de un cambio de paradigma.

Necesitamos estar preparados para cuestionar cada aspecto del viejo paradigma. Quizá no resulte necesario desdeñarlos en su totalidad, pero, antes de saberlo, debemos tener la voluntad de cuestionarlos en su totalidad. Así pues, la ecología profunda plantea cuestiones profundas sobre los propios fundamentos de nuestra moderna, científica, industrial, desarrollista y materialista visión del mundo y manera de vivir. Cuestiona su paradigma completo desde una perspectiva ecológica, desde la perspectiva de nuestras relaciones con los demás, con las generaciones venideras y con la trama de la vida de la que formamos parte.

Además de la ecología profunda hay otras dos escuelas filosóficas de ecología: la ecología social y la ecología feminista. En publicaciones filosóficas de los últimos años se ha establecido un vivo debate sobre los méritos relativos de la ecología profunda, la ecología social y el ecofeminismo. Pienso que cada una de las tres aborda aspectos importantes del paradigma ecológico y que, lejos de competir entre ellos, sus defensores deberían integrar sus planteamientos en una versión ecológica coherente.

La percepción desde la ecología profunda parece ofrecer la base filosófica y espiritual idónea para un estilo de vida ecológico y para el activismo medioambiental. No obstante, no nos dice mucho acerca de las características culturales y los patrones de organización social que han acarreado la presente crisis ecológica. Este es el objetivo de la ecología social.

El terreno común de varias escuelas dentro de la ecología social es el reconocimiento de que la naturaleza fundamentalmente antiecológica de muchas de nuestras estructuras sociales y económicas y de sus tecnologías, tiene sus raíces en lo que Riane Eisler ha denominado el sistema dominador de la organización social. Patriarcado, imperialismo, capitalismo y racismo son algunos de los ejemplos de la dominación social que son en sí mismo explotadores y antiecológicos.

El ecofeminismo podría verse como una escuela específica dentro de la ecología social, ya que se dirige a la dinámica básica de la dominación social en el contexto del patriarcado y de los vínculos entre feminismo y ecología va mucho más allá del marco de la ecología social.

Nuevos valores

En esta breve descripción del paradigma ecológico emergente, he enfatizado hasta ahora los cambios de percepciones y modos de pensamiento. Si ello fuese todo lo que necesitásemos, la transición hacia el nuevo paradigma resultaría relativamente fácil. Hay pensadores suficientemente elocuentes y convincentes en el movimiento de la ecología profunda como para convencer a nuestros líderes políticos y económicos de los méritos del nuevo pensamiento. Pero ésta es sólo una parte del problema. El cambio de paradigmas requiere una expansión no sólo de nuestras percepciones y modos de pensar, sino también de nuestros valores.

Resulta aquí interesante señalar la sorprendente conexión entre los cambios de pensamiento y de valores Ambos pueden ser contemplados como cambios desde la asertividad a la integración. Ambas tendencias, la asertiva y la integrativa, son aspectos esenciales de todos los sistemas vivos. Ninguna es intrínsecamente buena o mala. Lo bueno o saludable es un equilibrio dinámico entre ambas y lo malo o insalubre es su desequilibrio, en enfatizar desproporcionadamente la una en detrimento de la otra. Si contemplamos desde esta perspectiva nuestra cultura industrial occidental, veremos que hemos enfatizado las tendencias asertivas a costa de las integrativas. Ello resulta evidente al mismo tiempo en nuestro pensamiento y en nuestros valores y resulta muy instructivo emparejar estas tendencias opuestas.

Los valores asertivos: competencia, expansión y dominación, están generalmente asociados a los hombres. Efectivamente, en una sociedad patriarcal éstos no sólo se ven favorecidos, sino también recompensados económicamente y dotados de poder político. Esta es una de las razones por las que el cambio hacia un sistema de valores más equilibrado resulta tan difícil para la mayoría de las personas y especialmente para los hombres.

El poder, es el resultado de la dominación sobre los demás, es asertividad excesiva. La estructura social en que se ejerce con mayor eficacia es la jerarquía. Si duda, nuestras estructuras políticas, militares y empresariales están ordenadas jerárquicamente, con hombres normalmente situados en los niveles superiores y mujeres en los inferiores. La mayoría de estos hombres y alguna de las mujeres han llegado a identificar su posición en la jerarquía como parte de sí mismos, por lo que el cambio a un sistema de valores distinto representa para ellos un temor existencial.

Ética

Toda la cuestión de los valores es crucial en la ecología profunda, es en realidad su característica definitoria central. Mientras que el viejo paradigma se basa en valores antropocéntricos (centrados en el hombre), la ecología profunda es una visión del mundo que reconoce el valor inherente de la vida no humana. Todos los seres vivos son miembros de comunidades ecológicas vinculados por una red de interdependencias. Cuando esta profunda percepción ecológica se vuelve parte de nuestra vida cotidiana, emerge un sistema ético radicalmente nuevo.

“No es sorprendente que la nueva visión de la realidad emergente, basada en la percepción ecológica, sea consecuente con la llamada filosofía perenne de las tradiciones espirituales.”

Dicha ética, profundamente ecológica, se necesita urgentemente hoy en día y muy especialmente en la ciencia, puesto que mucho de lo que los científicos están haciendo no es constructivo y respetuoso con la vida, sino todo lo contrario. Con físicos diseñando sistemas capaces de borrar la vida de la faz de la Tierra, con químicos contaminando el planeta, con biólogos soltando nuevos y desconocidos organismos transgénicos sin conocer sus consecuencias, con psicólogos y otros científicos torturando animales en nombre del progreso científico, con todo ello en marcha, la introducción de unos estándares ecoéticos en el mundo científico parece de la máxima urgencia.

Dentro del contexto de la ecología profunda, el reconocimiento de valores inherentes a toda naturaleza viviente está basado en la experiencia profundamente ecológica o espiritual de que naturaleza y uno mismo son uno. Esta expansión del uno mismo hasta su identificación con la naturaleza es el fundamento de la ecología en profundidad, Arne Naess manifiesta claramente que la conexión entre la percepción ecológica del mundo y el correspondiente comportamiento no es una conexión lógica sino psicológica. La lógica no nos conduce desde el hecho de que somos parte integrante de la trama de la vida a ciertas normas sobre cómo deberíamos vivir. En cambio desde la percepción o experiencia ecológica de ser parte de la trama de la vida, estaremos (en oposición a deberíamos estar) inclinados al cuidado de toda naturaleza viviente. En realidad difícilmente podríamos reprimirnos de responder de tal modo.

“Hoy, el cambio de paradigma de la ciencia, en su nivel más profundo, implica un cambio desde la física a las ciencias de la vida.”

El vínculo entre ecología y psicología establecido desde el concepto del sí mismo ecológico ha sido explorado recientemente por varios autores. La ecóloga profunda Joanna Macy escribe sobre el reverdecimiento de sí mismo, el filósofo Warwick Fox ha acuñado el término ecología transpersonal y el historiador cultural Theodore Roszak utiliza el término ecopsicología para expresar la profunda conexión entre ambos campos, que hasta hace poco se veían completamente separados.

El cambio de la física a las ciencias de la vida

Al llamar ecológica, en el sentido de la ecología profunda, a la nueva visión de la realidad, enfatizamos que la vida está en su mismo centro. Este es un punto importante para la ciencia ya que en el viejo paradigma, la física ha sido el modelo y la fuente de metáforas para las demás ciencias. Toda la filosofía es como un árbol decía Descartes. Las raíces son la metafísica, el tronco la física, y las ramas todas las otras ciencias. La ecología profunda ha sobrepasado la metáfora cartesiana. Si bien el cambio de paradigma en la física sigue siendo de interés por haber sido el primero en producirse dentro de la ciencia moderna, la física a perdido su rol como principal ciencia proveedora de la descripción fundamental de la realidad. Hoy, el cambio de paradigma de la ciencia, en su nivel más profundo, implica un cambio desde la física a las ciencias de la vida.


tomkinsFrases destacadas de Douglas Tompkins (1943 – 2015), pionero de la Ecología Profunda en Chile

“Estamos todos en un sistema que requiere crecimiento y consumo de recursos constantes y eso ya no es viable. Ha habido una falta de respeto a los límites de la naturaleza. Ha caído nuestra visión global en la que tomamos como modelo la máquina y no la naturaleza. La arrogancia humana nos ha llevado a desarrollar la economía al margen de la naturaleza. Hemos desarrollado la civilización en la dirección equivocada y ahora recibimos las consecuencias del sobredesarrollo. Hemos superado la capacidad de carga hace 20 años. Nuestra huella ecológica es demasiado grande para el planeta.

“Nos falta conciencia del mundo natural vivo en el cual nos encontramos. Somos parte indisociable de él, pero hemos perdido esa percepción y hemos superado los límites. Debemos recuperar el sentido de interconexión y vernos como un subsistema vivo dentro de un sistema mayor. En el mundo que viene, recuperar esa conexión será clave para sobrevivir. Cuando hablamos de un cambio radical en el modelo económico, no es muy buena idea ir directamente a las soluciones. Estamos programados con un modelo económico y, para cambiarlo, hace falta un renacimiento total. Ello requiere un análisis sistémico en profundidad. Las soluciones deben salir de ese análisis. Necesitamos frenar y gastar más tiempo en el análisis antes de improvisar soluciones falsas. Tenemos poco tiempo, pero una falsa solución nos hará perder más tiempo que hacer un buen análisis sistémico. Para escalar una montaña, debemos saber primero dónde está la montaña.

“El crecimiento ad infinitum del consumo y de la economía tienen que llegar a su fin. Vivimos en un planeta finito y los recursos son cada vez más escasos. Sobre todo, los combustibles fósiles ahora que hemos alcanzado el pico del petróleo. Estamos chocando con los límites de la Tierra. Falta visión. Tenemos una crisis de percepción. Hay límites pero nuestras economías están orientadas a un crecimiento sin fin. Estamos llegando al final de la abundancia de recursos.

“Estoy en contra del capitalismo de las multinacionales que no entienden la conexión entre la economía y el mundo natural. Pero me gusta un capitalismo a pequeña escala. Los estados deberían prohibir las corporaciones agrícolas, el agrobussines. En EEUU, en los estados de Iowa y Dakota, lo han hecho. No es un sueño de socialistas locos y de hippies. Si los países siguieran este ejemplo, cambiaría claramente el perfil de sistema alimentario.”
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Extracto de entrevista a Douglas Tompkins aparecida en Integral N° 369

bio_capra2Fritjof Capra, Ph.D., es científico, educador, activista y autor de varios libros bestsellers a nivel internacional. Capra postula cambios conceptuales en ciencias con amplias implicaciones hacia un cambio de mirada global y valórica en la sociedad.

www.fritjofcapra.net

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