Antiguamente,
los pozos, fuentes y riberas de los mares
y ríos eran los umbrales donde se encontraban
dos reinos, el reino húmedo y subterráneo
del fértil regazo de la diosa de la
Tierra y el luminoso reino del dios del Cielo.
En estas zonas de transición aún
se perciben fuerzas extraordinarias. Aquí
pueden verse ninfas, silfos y ondinas, y el
ser humano puede establecer conexión
con el “otro mundo” si mira larga
y fervientemente la superficie del agua. Estos
lugares constituyen una brecha en la realidad
cotidiana, ya que “no son ni esto ni
aquello”, igual como los cisnes que
habitan estos lugares no son ni aves ni serpientes,
y su plumaje es blanco y brillante, como las
túnicas de lino de los druidas clarividentes.
Los Sabios del Bosque y los Magos de las
Plantas
Las energías etéreas invisibles
se manifiestan en todas las formas y figuras
naturales, desde los copos de nieve en forma
de estrella hasta la simetría de las
flores; en el microcosmos humano, dan forma
a los pensamientos y a la imaginación.
Durante siglos, los druidas celtas, los “sabios
del bosque” (del celta, dru
= árbol, roble; wid = ver,
saber), fueron descubriendo estas energías
en los bosques aislados. Conocieron los caminos
de los elfos; vieron que detrás de
la materia aparentemente sólida se
oculta una fuerza milagrosa en constante mutación,
que puede ser transformada y aprovechada.
Con el de fin de proteger estos conocimientos
de los abusos, mantuvieron este saber “en
el corazón”, recopilado en versos;
en otras palabras, lo aprendieron de memoria
(by heart) y se negaron a plasmarlo por escrito.
Con el tiempo, se fueron perdiendo en el
olvido muchas de estas tradiciones orales.
Sin embargo, el mundo de los elfos siempre
se da a conocer de nuevo a personas de buen
corazón y amantes de la naturaleza.
Frecuentemente, se trata de personas sencillas,
como la herbolaria de la Selva Negra, a la
que durante una epidemia de peste se le apareció
un pequeño gnomo del bosque que la
puso al corriente del poder curativo de las
plantas medicinales diciéndole: “Comed
bayas de enebro y pimpinela, así no
moriréis tan rápidamente”.
En los siglos XX y XXI, también ha
habido (y hay) algunas personas que, consciente
o inconscientemente, han tenido acceso al
mundo etéreo. Rudolf Steiner, que también
estudió la tradición celta,
habla en este sentido de “poderes creadores”.
Entre otras cosas, elaboró preparados
de plantas medicinales que siguen desempeñando
un papel importante en la agricultura biológica,
ya que constituyen remedios eficaces para
las plantas y la tierra.
Edward Bach, el padre de la terapia floral,
también tuvo acceso a las energías
etéreas que actúan tras la apariencia
material y sabía que las plantas las
podían transmitir. Advirtió
que las cosas del mundo material no son fijas,
y menos aún las “enfermedades”.
A pesar de que la terminología médica
da la impresión de que se trata de
cosas explicables, en realidad son manifestaciones
en constante proceso de transformación.
Las denominadas enfermedades no se pueden
explicar desde un punto de vista químico-mecánico,
sino que se deben a disonancias energéticas
causadas por actitudes anímicas negativas
y percepciones erróneas. Con este concepto,
Bach rebasó los límites de la
medicina académica de su tiempo. En
lugar de recurrir a concentrados de sustancias
activas obtenidos en ensayos con animales,
apostó a los poderes del sol, del agua
y de las flores, capaces de transmitirle al
alma humana parte de la bondad del universo
para volver a armonizar con él.
El Alma de las Plantas
¿Dónde están el alma
y el espíritu de las plantas? ¿Cómo
se manifiestan? Si se busca en el lugar equivocado,
no se puede encontrar nada. Al igual que no
se puede llegar a comprender el comportamiento
de una brújula si se estudia sola,
sin relación con el magnetismo de la
Tierra, no se puede comprender el espíritu
ni el alma de las plantas observando un único
ejemplar, sin incluir el sistema planetario
y el cosmos. Las plantas no son organismos
individualizados, emancipados de las circunstancias
externas como, hasta cierto punto, es el caso
del ser humano. Como seres vivos físicos,
naturalmente están presentes en el
mundo fenoménico y perceptible, pero
todo lo que sucede espiritual y anímicamente
en su interior –que determina su nacimiento
y muerte- tiene lugar en armonía con
el Sol y la Tierra y está influido
por el movimiento de los planetas y la Luna.
Lo espiritual y anímico de la vegetación
se extiende, por consiguiente, al macrocosmos,
a lo metafísico. Su existencia no constituye
un microcosmos, un ego aislado y privado como
el ser humano. El alma de la planta permanece
invisible, excepto para los videntes. Olvidemos
pues los microscopios y aparatos de laboratorios
y pongamos la mirada en el firmamento.
Las almas de las plantas han permanecido
en los “cielos”, con las estrellas.
No han caído en la materia ni están
envueltas en las pasiones. Son puras y sanas,
es decir, santas, razón por la cual
poseen la capacidad de actuar sobre las pasiones,
instintos y violencias de las confundidas
almas emocionales de los seres humanos y,
tal como lo formulara Bach, pueden elevar
la frecuencia de sus vibraciones.
Por lo que se refiere a los animales, en
cambio, se puede hablar de almas “encarnadas”,
ya que manifiestan todas las emociones anímicas:
simpatías y antipatías, miedo,
alegría, odio, envidia, amor, etc.
Los animales superiores producen su propio
calor interno; por consiguiente, ya no dependen
de la radiación directa del sol y,
a diferencia del reino vegetal silencioso,
expresan sus emociones internas mediante gruñidos,
graznidos, bramidos y otros sonidos. Esta
vida anímica interior se acompaña
físicamente de los órganos internos
irrigados por la sangre. La planta no forma
órganos; no se convierte en microcosmos,
sino que continúa siendo una superficie
orientada hacia el mundo exterior, el cosmos.
Los impulsos, que en el animal parten de los
órganos internos y chakras,
les son transmitidos a la planta por los cuerpos
celestes. Todas las hojas están dirigidas
hacia el sol.
La posición del Sol en el firmamento
y las fases lunares proporcionan las señales
para la metamorfosis, para la germinación,
la floración y la fructificación.
Como han demostrado las investigaciones, cada
tubérculo de papa mantenido en la oscuridad
“conoce” la posición del
Sol y de la Luna, la estación del año
y la hora del día. Tal como han observado
muchos jardineros biológicos, los movimientos
de los planetas (conjunciones, oposiciones
y situaciones en el zodiaco) modifican la
metamorfosis de las hojas y flores y son causa
de diferencias cualitativas en la forma, color,
aroma o sabor.
Este aspecto cósmico de lo anímico
en la planta aparece en la mitología
de aquellos pueblos cuya fuente de conocimientos
radica en la clarividencia. Éstos hablan
de una diosa de la Vegetación, que
se mueve entre el cielo y la tierra, en armonía
con las estaciones. Se trata de la bella Perséfone
de los griegos, hija de la madre de la Tierra
Deméter. Durante dos terceras partes
del año, Perséfone reside en
la luminosa Tierra pero, debido a que está
ligada a las semillas, debe permanecer un
tercio del año con el oscuro dios del
Mundo Subterráneo. Es la diosa Nana
de la mitología germánica, que
acompaña a su esposo Baldur, el radiante
dios del Sol, al mundo de los muertos. Es
también Blodeuwedd, la doncella de
las flores de la tradición galesa,
creada por el mago Gwydion para el héroe
del Sol Llew Llaw Gyffes.
Devas, los Seres Luminosos
Las almas de las plantas, hijas de Nana o
Perséfone, que dominan las distintas
especies y géneros, suelen ser llamadas
devas (sánscrito, deva
= luminoso, divino). Apenas si se diferencian
de los ángeles y, al igual que éstos,
sólo pueden ser percibidas en estado
de clarividencia. Para poder escuchar sus
mensajes, el herbolario debe tener el alma
pura. Los germanos solían enviar a
niños inocentes a buscar plantas medicinales.
Los indios sólo se enfrentan al alma
de las plantas después de haberse purificado
mediante ayuno, purgas y baños de vapor.
Ginseng, el herbolario de la antigua China
que buscaba la “raíz del cielo”,
debía llevar una vida de abstinencia,
no podía tocar el hierro ni comer carne.
Éste dijo las siguientes palabras:
Oh, gran espíritu, ¡no me abandones!
He venido con el corazón puro;
mi alma es inmaculada,
ha sido liberada de todo pecado y malas intenciones...
Determinados momentos sagrados (el alba y
el crepúsculo, los “tiempos intermedios”
del calendario celta, san Juan) favorecen
la comunicación y comunión con
las devas. Cada especie de planta tiene su
propia deva y cada deva posee a su vez un
carácter personal. Algunas, como las
plantas destinadas a la alimentación
y empleadas con fines medicinales, son maternales;
otras, como las orquídeas, son increíblemente
hermosas; otras, como la adormidera (opio),
son seductoras; y existen algunas que son
tímidas y reservadas con el ser humano.
Al igual que éste, forman grupos de
familias y estirpes devas que presentan similitudes
entre sí.
Estas cosas tal vez puedan parecer cuentos
surgidos del reino de la fantasía,
pero en realidad no son tan extrañas
como nos quiere hacer creer la razón
corriente. Son dominios a los que nos dirigimos
cada noche cuando nuestros pensamientos, sentimientos
y deseos ceden al sueño y nos alejamos
de la superficie para sumergirnos en las profundidades
del Yo y poder extraer nuevas fuerzas de la
fuente primordial. Nos recuperamos del desgaste
diario mientras el cuerpo descansa plácidamente
como una planta. A veces, al despertar, logramos
retener algunas impresiones fugaces del “otro
mundo”, cuando éstas no son arrastradas
por “el río del olvido”.
En ocasiones, tenemos grandes visiones y sueños
proféticos. Los verdaderos clarividentes
pueden emprender conscientemente este viaje:
cruzan la frontera a la luz del día,
se comunican con las devas de las plantas,
los antepasados y las entidades divinas y
reciben sugerencias del Yo superior que puedan
ser aprovechadas para beneficio de los prójimos.
La Flor, Símbolo de la Transformación
La flor de la planta es considerada un puente
de unión con las dimensiones metafísicas.
Se dice que Buda sólo tenía
que mirar el cáliz de una flor para
alcanzar un plano superior de conciencia (samadhi).
En el sur de Asia y en otros lugares, se colocan
flores a los pies de los ídolos. Determinadas
flores, así como también el
incienso, los cánticos, el agua del
Ganges o el sonido de las campanas, atraen
a los dioses y los hacen aparecer ante el
ojo espiritual de los adoradores. Cada especie
de flor es la expresión de una deidad:
la flor del estramonio representa a Shiva,
el destructor de todas las ilusiones; la flor
de loto es el trono de la gran Diosa; la floreciente
albahaca es Vishnu, el que lo conserva todo.
Prácticamente no existe ningún
hogar indio donde no se pueda encontrar un
ramo de albahaca. Nosotros, los occidentales,
a pesar de la secularización y el racionalismo,
también seguimos adornando con flores
nuestras habitaciones y casas para crear un
determinado ambiente. Honramos a los muertos
con coronas de flores y adornamos sus tumbas
con coloridas flores.
Estas prácticas tienen su razón
de ser, ya que es con la flor que la apariencia
material de la planta entra en contacto con
el más allá. Al ir entrando
en el estadio de flor, la planta va evolucionando
hacia la muerte. Va perdiendo progresivamente
su fuerza vital, hasta alcanzar la última
fase de crecimiento, cuando se produce una
última metamorfosis, tras la cual la
planta se vuelve hacia adentro. Vuelve a florecer
brevemente en todo su esplendor antes de marchitarse.
Desaparece por completo de este mundo visible
y se convierte otra vez en el arquetipo, dejando
atrás únicamente unas semillas
diminutas. Sólo echando raíces
en el suelo vitalizador, a partir de semilla
o tubérculo, podrá volver a
iniciar el curso de la vida. Siempre es la
muerte cercana, la sequía, la oscuridad,
el frío del invierno, el agotamiento
de la vitalidad, lo que estimula a la planta
a florecer, o lo que hace llenarse de vivos
colores los bosques otoñales. Esto
también lo saben los jardineros, que
estimulan el desarrollo de las flores mediante
la poda radical o la restricción artificial
de agua.
Dado que la naturaleza externa, el mundo
de las plantas, y la naturaleza interna del
ser humano evolucionaron a partir de un mismo
origen, podemos suponer que siguen estando
relacionadas entre sí: “Las flores
nos tocan el alma, porque tienen su origen
en los efectos anímicos”. Por
consiguiente, Edward Bach extrajo los remedios
del lugar de la naturaleza macrocósmica
donde se entrelazan los procesos vitales y
los procesos psíquico-anímicos.
En el ser humano, estos remedios también
actúan en la zona de transición
donde las emociones del alma se convierten
en reacciones fisiológico-biológicas.
Intervienen allí donde aún no
hay nada fijo, donde todo está en suspenso.
Los remedios tradicionales, medicamentos
obtenidos de raíces, cortezas y hojas,
actúan cuando la enfermedad ya está
avanzada. Por este motivo, por fuerza, son
ligeramente tóxicos o, por lo menos,
capaces de provocar intensas reacciones somáticas:
han de actuar de forma drástica, sacudiendo
las glándulas y órganos. Cuando
éstos no hacen efecto, el médico
generalmente recurre a venenos aún
más fuertes, generalmente químicos,
a hormonas sintéticas y, en caso necesario,
al bisturí. Edward Bach, no obstante,
encontró el punto de Arquímedes,
el punto de suspenso donde lo grave aún
puede ser curado con facilidad.
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Extractos del libro
Flores que Curan el Alma. Urano
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