Nunca
he entendido el conflicto existente entre
los médicos que buscan remedios naturales
para sus pacientes y los miembros de la industria
farmacéutica. Durante miles de años,
los habitantes de todas las naciones han utilizado
los recursos que les proporcionaba su entorno
para conservar la salud. Encontraban alimento
en los árboles, en los arbustos y en
la tierra, y combinaban el ejercicio con una
dieta sana. Se fijaban en cómo se sentían
al beber las diferentes infusiones que preparaban
con las plantas que tenían a su alcance.
Aprendían a cazar, y luego cocinaban
la carne del modo que más parecía
beneficiarles. Buscaban agua potable, fresca
y limpia.
Cuando alguien sufría un accidente,
se recurría a formas de curación
más activas. Cuando un hombre era atacado
por un animal, se rompía un brazo o
una pierna a causa de una caída, o
se cortaba con alguna roca o con las ramas
de un árbol, se aplicaban unos métodos
que llevaron a lo que hoy conocemos como cirugía.
De hecho, la mayoría de los procedimientos
quirúrgicos utilizados en el mundo
hasta 1950 aproximadamente, es decir, hasta
hace casi sólo medio siglo, eran los
mismos que se practicaban en Roma en la primera
centuria de la era cristiana. La principal
diferencia es que los romanos ignoraban la
existencia de gérmenes y métodos
antisépticos. El concepto de antisepsia
no apareció hasta el siglo XIX. Sin
embargo, durante casi 1.800 años, se
practicó la cirugía compleja
prácticamente sin cambios.
Medicina Natural y Salud
¿Cuál era el resultado? Que
la gente tenía una vida larga y sana.
En algunas culturas, como la diné,
a la que nosotros llamamos navajo, se consideraba
que morir a una edad temprana era una afrenta.
La persona fallecida o bien un miembro de
la familia habían fracasado a ojos
del Gran Espíritu y, por tanto, no
se le aplicaba el rito de limpieza. Tener
una vida larga y productiva era algo natural
y se lograba sin recurrir a medicamentos ni
planes privados de salud. En lugar de eso,
en el pasado, se confiaba en la aplicación
científica de remedios naturales.
Cuando me hice médico, acepté
el juramento hipocrático. Hipócrates
mejoró el cuidado médico mediante
la compilación de un sistema de conocimientos
compartidos para el bien del público.
Asimismo, estableció los límites
éticos de los médicos, límites
que no siempre respetan los fabricantes de
medicamentos de hoy en día. Una parte
del juramento reza: “Lo primero, no
hacer daño.” Aunque la industria
farmacéutica no pretende hacer daño,
la prueba definitiva de cada fármaco
es su aplicación a los enfermos más
graves o a pacientes en un entorno controlado.
Cada nuevo producto conlleva el riesgo de
la pérdida de una vida humana; nadie
desea que el paciente muera, pero se acepta
que se producirán algunas bajas. Ésta
es una consideración que no se plantea
cuando se utilizan adecuadamente los remedios
naturales.
La llamada “gente primitiva” aprendía
en gran parte del mismo modo que Hipócrates.
Los nativos observaban que si se cortaban
y no lograban detener la hemorragia conseguían
una rápida coagulación mediante
la aplicación de telas de araña.
Si sufrían dolor de cabeza, lo aplacaban
bebiendo té de corteza de sauce. Estos
métodos eran científicos, aunque
en aquella época no se empleara ese
término y la validez de su ciencia
pocas veces se reconozca en la actualidad.
La gente siempre se ha servido de la observación,
la experimentación y el análisis
de los datos reunidos para ayudarse unos a
otros.
Ha sido en los últimos cien años
cuando los científicos han comenzado
a buscar medios para comprender y controlar
el mundo. Así, por ejemplo, quisieron
averiguar por qué la corteza del sauce
aplacaba el dolor y, al descubrir la razón,
aislaron el ácido salicílico,
una variante del ingrediente de la aspirina,
que se ha convertido en el analgésico
más consumido en el mundo. Se localizó
y aisló la propiedad coagulante de
las telas de araña. Se descubrieron
las vitaminas, los nutrientes, las enzimas.
Los científicos estudiaron los remedios
naturales y consiguieron adivinar por qué
funcionaban. Una vez dado el primer paso hacia
el control del proceso de la curación,
surgió el gran negocio. ¿Por
qué no crear de modo artificial las
propiedades encontradas en la Naturaleza,
empaquetarlas y pedir por ellas sumas exorbitantes?
¿Por qué no organizar una campaña
para desacreditar los “remedios populares”?
¿Por qué no suscitar en la gente
la necesidad de tomar píldoras y elíxires
para que olviden los remedios que en el pasado
les garantizaban una buena salud de forma
natural? De esa manera, todo el mundo pagará
elevadas sumas de dinero por sus medicamentos
y se preocupará más por conseguir
beneficios sanitarios que por sentirse satisfecho
con su empleo o por tener una vida enriquecedora.
Males Modernos
¿Le suena extraño todo esto?
Pues es justo lo que ha ocurrido. Por ejemplo,
hubo un tiempo en que la mala salud se limitaba
casi en exclusiva a los ricos. Ciertamente,
había enfermedades que hacían
estragos en poblaciones enteras. Sin embargo,
en el pasado, la mayoría de las enfermedades
que hoy son comunes afectaban casi en exclusiva
a los ricos. Uno de los males que más
aqueja a occidente es la depresión,
que obliga a quienes la sufren a buscar ayuda
médica. Pues bien, esta afección
está provocada en gran medida por tres
factores: la falta de luz de espectro completo
(luz del día u otra equivalente); una
dieta rica en azúcar, y la ausencia
de una o más personas queridas con
quienes formar una comunidad que ayude al
desarrollo propio.
Antiguamente, la gente pasaba la mayor parte
de la jornada en el exterior, a la luz del
día. Los campesinos y los labriegos
trabajaban en granjas, cuidando los animales,
construyendo casas, cavando caminos. Los tenderos,
los oficinistas y los comerciantes caminaban
mucho o usaban caballos. Sólo los ricos
permanecían en el interior de sus casas.
Las mujeres creían que su piel era
más hermosa si no recibía los
rayos del sol. Sus depresiones y sus extraños
cambios de humor se aceptaban como una característica
femenina. Al fin y al cabo, eran el “sexo
débil”.
Otro factor que contribuyó a la mala
salud de los ricos fue el descubrimiento y
consumo del pan blanco. El pan blanco era,
y es, pésimo para la salud, ya que
carece de muchos de los nutrientes esenciales
que se encuentran en el pan elaborado con
harina integral que comían los campesinos.
Además era caro, por lo que se convirtió
en un símbolo, a pesar de su escaso
valor nutritivo. Por desgracia, cuando la
gente sencilla del pueblo supo que los ricos
comían pan blanco, consideraron el
pan negro un signo de su estatus de clase
inferior. De modo que, cuando bajó
el precio de aquél, se convirtió
en el preferido por todos. El pan blanco fue
el gran igualador social.
El azúcar refinada se introdujo en
la alimentación de las clases adineradas
de la misma manera. Existían numerosos
edulcorantes naturales y saludables que los
campesinos utilizaban en diferentes partes
del mundo; provenían de zanahorias
troceadas, pasas o alguna fruta dulce. El
azúcar refinada era para los ricos,
pero nadie veía en ella la causa de
los tremendos cambios de humor que experimentaban.
Ahora, sabemos que una dieta rica en azúcar
puede provocar depresión, además
de hipoglucemia y diabetes. Muchas personas
depresivas han descubierto que sólo
eliminando gran parte del azúcar que
ingieren consiguen una sensación de
auténtico bienestar.
Desnutrición y Depresión
La dieta de la realeza se basaba sobre todo
en la carne; para ellos, las frutas y las
verduras eran secundarias. Los campesinos,
que no podían permitirse comer carne
y no tenían autorización para
cazar en las propiedades de los ricos, consumían
fundamentalmente pescado, además de
las frutas y verduras que no vendían
en el mercado. El resultado era que los ricos,
al no ingerir el abanico completo de los nutrientes
necesarios para una buena salud, presentaban
desnutrición. Incluso los idealizados
retratos de los emperadores romanos esculpidos
en las monedas antiguas muestran con toda
claridad que sufrían enfermedades como
la gota.
Nuestro modo de vida es poco saludable, y
los fabricantes de medicamentos que se benefician
de nuestras absurdas nociones no van a modificarlo.
Por ejemplo, echemos un vistazo al típico
empleado de oficina “preocupado por
su salud”. En primer lugar, está
su ambiente de trabajo, un cubículo,
iluminado con ampolletas de tungsteno o fluorescentes
(de espectro limitado); éste es el
medio habitual para millones de personas.
Tal vez parezca que las fábricas son
amplios espacios abiertos, muchas veces con
claraboyas en el techo, pero impiden la exposición
a la luz del día. Incluso, los afortunados
que pueden sentarse junto a una ventana no
gozan de todos los beneficios de la luz del
sol, porque el cristal hace que ésta
sea más difusa. Son excepcionales los
empleadores que han reemplazado los fluorescentes
por ampolletas que proporcionan luz de espectro
completo, equivalente a la luz natural.
A la depresión causada por la falta
de luz de espectro completo en los entornos
de trabajo se añade el empleo de computadores,
tanto en la actividad laboral como en el tiempo
libre. En lugar de dar un paseo para relajarse,
mucha gente prefiere sentarse delante de la
televisión o del computador. Navegando
por Internet y entreteniéndonos con
juegos electrónicos, que se han convertido
en las formas de “relajación”
más populares, fomentamos la depresión
y la ansiedad. Y todo esto, se complica cuando
esas personas toman medicamentos en lugar
de modificar su estilo de vida. Los fármacos
contienen un factor de estrés bioquímico
que acentúa aún más el
problema que supuestamente deberían
corregir. No es más que otra crisis
creada por nuestra “avanzada”
civilización.
Sume a esto los alimentos procesados, los
platos preparados con alto contenido en grasas
e, incluso, la proliferación de algunos
productos como la grasa artificial utilizada
en algunos bocadillos para el aperitivo recién
inventados, y tiene en sus manos una receta
para la enfermedad. Por una cuestión
de comodidad, muchos países importan
frutas y verduras en lugar de obtenerlas de
sus granjas y huertos, con lo que la salud
de la población empeora. Los huertos
caseros y las granjas cercanas nos permiten
obtener productos que no han sufrido deterioro
alguno por causa de un largo viaje en barco.
Además, no contienen aditivos y, si
prestamos atención, antes de comprarlos
podemos asegurarnos de que se han cultivado
con métodos orgánicos.
La “buena vida” que tratamos de
llevar nos amenaza con los peligros ocultos
de la comodidad. Cada día, coqueteamos
con la mala salud.
Importancia del Agua
Otro asunto es el del agua que bebemos. Incluso
el agua potable y limpia que usamos en las
ciudades puede estar contaminada. En las grandes
urbes, se utilizan cañerías
de cobre para transportarla desde las plantas
de tratamiento y de filtración hasta
las viviendas. Sin duda, se somete a toda
clase de pruebas de pureza, pero incluso la
mejor agua, si es conducida por estas tuberías,
puede ser una fuente de problemas. ¿Por
qué? Con el paso del tiempo, las cañerías
de cobre desprenden pequeñas cantidades
del metal que se queda en el líquido
que luego beberemos.
El cobre no es peligroso en sí; de
hecho, forma parte de muchos comprimidos de
vitaminas, pero sólo es esencial en
cantidades muy pequeñas. Cuando su
consumo aumenta debido a los pequeños
restos que quedan en el agua que bebemos,
puede desencadenar una depresión. Entonces,
es probable que busquemos tratamiento médico.
Y ¿qué hará el típico
médico guiado sólo por su afán
de administrar medicamentos? En lugar de pedirle
una descripción detallada de su entorno,
de las cañerías de la casa,
de su exposición al sol y cosas así,
de seguro le recetará algún
psicofármaco como el Prozac. Quizás
este tratamiento le ayude a sentirse mejor,
pero si no examina el agua que bebe, el tiempo
que pasa bajo una luz de espectro completo,
su entorno de trabajo o la composición
de su dieta, la depresión puede convertirse
en un problema crónico. Se considerará
enfermo emocional o físicamente, y
eso contribuirá a su abatimiento.
Los Remedios Naturales
Me gustaría decir que existe una receta
natural única y perfecta para todo
el mundo. Me gustaría ofrecerle una
fórmula para que viva usted con el
máximo bienestar. Por desgracia, me
es imposible.
Si su empleo, gracias al cual subsisten usted
y su familia, le obliga a pasar muchas horas
frente a un computador, sería poco
realista proponerle que trabajara al aire
libre. En todo caso, sí podría
comprar una lámpara de mesa que le
proporcionara luz de espectro completo, pero
la mayoría de la gente no lo hace.
Puede prepararse comidas sanas, adquiriendo
los productos más frescos de que disponga
su supermercado, pero incluso esos alimentos
han recorrido largas distancias en camiones
de distribución. A menudo, transcurren
tres días o más desde que se
cosecharon las frutas y verduras “frescas”.
En ocasiones, han sido tratadas con gases
para acelerar su maduración, o se les
ha dado una capa de cera para que tengan mejor
aspecto, o han sufrido otra clase de alteración.
Estudios de la Universidad de Chicago y otras
instituciones demuestran que, por mucha atención
que se preste a la seguridad de la fruta tratada,
cuanto más tiempo pasa fuera del suelo,
menos nutrientes conserva. El valor alimenticio
de un tomate comprado en un supermercado es
mucho menor que el de uno recogido de su propio
huerto o de una granja.
Asusta también reconocer que, si usted
confía en la medicina moderna para
tratar problemas de depresión o estrés,
puede estar creando una situación perjudicial.
Todos los fármacos conllevan riesgos
para ciertas personas. Un medicamento que
puede provocarme a mí una reacción
alérgica de tal intensidad que ponga
en peligro mi vida, tal vez a usted le resulte
esencial para recuperarse de una grave enfermedad.
¿Por qué? Quizás yo reacciono
a la cápsula que envuelve el medicamento
y usted no. Pero ninguno de los dos lo sabrá
hasta que lo tome y, entonces, tal vez sea
demasiado tarde para mí, que soy el
que tiene la reacción alérgica.
Podría enfermar de gravedad, quedar
inválido o incluso morir.
Para complicar aún más las cosas
a quienes buscan alternativas, las pruebas
que se realizan a los remedios naturales no
siempre proporcionan datos exactos. En la
medicina farmacéutica moderna, para
conocer la eficacia de un antibiótico,
se coloca cierta dosis en una placa de Petri
que contiene una cantidad determinada de bacterias.
Las bacterias mueren o sobreviven. Ésta
puede ser una prueba apropiada para un antibiótico,
pero no nos dice nada acerca de la química
del cuerpo humano, que es mucho más
complicada: la auténtica placa de Petri
en que se prueban los remedios. Los remedios
naturales no son pociones mágicas que
fulminan a los elementos nocivos; participan
en una poderosa reacción bioquímica
en el interior del organismo, donde crean
respuestas antibióticas, fortalecen
el sistema inmunológico y alteran el
cuerpo de una manera que no hacen los medicamentos.
Sin embargo, no funcionan solos, algo que
las pruebas farmacéuticas exigen a
sus productos.
Esto no significa que no puedan llevarse a
cabo experimentos, sino sólo que son
complejos. Por ejemplo, algunos estudios recientes
indican que ciertas formas de artritis reumatoide
pueden tratarse con éxito realizando
ciertos ejercicios, utilizando calor para
paliar el dolor de las articulaciones y siguiendo
una dieta rica en vitamina B. Sin embargo,
ninguna de estas tres cosas, probadas por
separado, produciría un efecto beneficioso.
En cambio, cuando se aplican juntas llegan
a modificar la química del cuerpo,
y su eficacia queda demostrada cuando se efectúan
pruebas sanguíneas al cabo de un tiempo.
Por suerte, cada vez se comprende y acepta
más el potencial de la medicina natural.
Médicos como yo, nutricionistas, biólogos
y otros científicos, han dejado de
considerar los remedios no farmacéuticos
como algo anticuado o sospechoso.
Por el contrario, cada vez es mayor el número
de médicos que, horrorizados por los
efectos secundarios de los fármacos,
sus peligrosas interacciones y las reacciones
alérgicas, recurren a los remedios
naturales. Sirviéndose de la investigación
científica contemporánea, descubren
qué propiedades de los diversos remedios
tienen mayores posibilidades de funcionar
en sus pacientes. Analizan el modo de vida
de éstos para ver si con una ligera
modificación puede conseguirse un cambio
considerable en su salud. Y así mejoran
su calidad de vida.
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