Cualquier
gran ley de la Naturaleza debe estar necesariamente
en armonía con todas sus demás
leyes. Por lo tanto, será conveniente
para el investigador examinar esas teorías
en su relación con lo que es admitido
por todos como "leyes reconocidas de
la Naturaleza", observadas en esa parte
del Universo que nos es más familiar.
Con este objeto, indicaremos primeramente
las tres teorías:
1. La Teoría Materialista
sostiene que la vida es un viaje de la cuna
a la tumba; que la mente es el resultado de
ciertas correlaciones de la materia; que el
hombre es la más elevada inteligencia
del Cosmos; y que su inteligencia muere cuando
el cuerpo se desintegra después de
la muerte.
2. La Teoría Teológica
afirma que en cada nacimiento entra en la
arena de la vida un alma recién creada
por las manos de Dios, pasando de un estado
invisible, a través del nacimiento,
a esta existencia visible; que al fin del
corto período de la vida en el mundo
material pasa, a través de las puertas
de la muerte, al invisible más allá,
de donde no vuelve más; que su felicidad
o desdicha quedará determinada eternamente
por las obras que haya hecho durante el infinitesimal
período comprendido entre el nacimiento
y la muerte.
3. La Teoría del Renacimiento
–o Reencarnación- enseña
que cada alma es una parte integrante de Dios,
y que está desarrollando todas las
posibilidades divinas, así como la
semilla desarrolla una planta; que por medio
de existencias repetidas en un cuerpo terrestre,
que va mejorando de calidad gradualmente,
esas posibilidades latentes se van convirtiendo
en poderes dinámicos; que nadie se
pierde por este proceso, pues toda la humanidad
alcanzará la meta de la perfección
y la reunión con Dios.
Teoría Materialista
Al comparar la teoría materialista
con las leyes conocidas del Universo, descubrimos
que la continuidad de la fuerza está
bien establecida, como la continuidad de la
materia, y ambas están más allá
de toda necesidad de dilucidación.
También sabemos que la fuerza y la
materia son inseparables en el mundo físico.
Esto es contrario a la teoría materialista,
que sostiene que la mente muere al ocurrir
la muerte. Si nada puede ser destruido, debe
incluirse también a la mente. Además,
sabemos que la mente es superior a la materia,
puesto que modifica el rostro, convirtiéndolo
en un espejo de la mentalidad. Hemos descubierto,
además, que las partículas de
nuestros cuerpos cambian constantemente; que
por lo menos cada siete años cambia
cada átomo de los que se componen aquéllos.
Si la teoría materialista fuera cierta,
la conciencia debiera sufrir también
un cambio completo, sin conservar memoria
de lo anterior; entonces, en un momento determinado,
ningún hombre podría recordar
más que los sucesos vividos en los
últimos siete años. Y sabemos
que no es ése el caso. Recordamos los
sucesos de nuestra infancia. Muchos incidentes
triviales, completamente olvidados en la conciencia
ordinaria, han sido de nuevo recordados claramente
por personas que estaban a punto de morir
ahogadas y que luego han relatado esa experiencia.
Experiencias similares en estado de trance
son también muy comunes. El materialismo
no puede explicar estas fases de sub y supraconciencia.
Las ignora sencillamente. En el grado actual
de investigación científica,
en el cual los resultados han establecido,
más allá de toda duda, la existencia
de estos fenómenos, tratar de ignorarlos
es un serio inconveniente para poder resolver
el grandioso problema de la vida, la Vida
misma.
Podemos, pues, pasar con tranquilidad de
la teoría materialista a la siguiente,
en el mismo orden, por ser la primera completamente
inadecuada para resolver el misterio de la
vida y de la muerte.
Teoría Teológica
Una de las más grandes objeciones
que se le hacen a la doctrina teológica
ortodoxa, tal como se expone, es su completa
y evidente injusticia. De las miríadas
de almas que han sido creadas y que han habitado
este globo desde su principio, aun suponiendo
que ese principio no sea anterior a seis mil
años, el número que se salvaría
es insignificante: "¡ciento cuarenta
y cuatro mil!" El resto está destinado
a ser torturado para siempre. El mal se lleva
normalmente la mejor parte. Y uno puede decir
con Buda: "si Dios permite tales miserias,
no puede ser bueno; y si Él no tiene
el poder de impedirlas, no puede ser Dios".
No hay nada en la Naturaleza análogo
al método de crear un objeto que pueda
ser destruido a continuación. Se dice
que Dios desea que TODOS se salven y que no
le agrada la destrucción de ninguno,
habiendo dado por su salvación a "Su
único Hijo"; y, sin embargo, ese
"glorioso plan de salvación"
falla por su base.
Si un vapor transatlántico, llevando
a bordo a dos mil pasajeros, enviara un cablegrama
diciendo que se está hundiendo en un
banco de arena, ¿se consideraría
un "plan" glorioso de salvación
el que se enviara en su socorro un pequeño
bote capaz de salvar únicamente a dos
o tres personas? Ciertamente que no. Sería
más bien denunciado como "plan
de destrucción" el no enviar la
ayuda necesaria para salvar, por lo menos,
a la mayoría de los pasajeros en peligro.
Pero el plan de salvación de los teólogos
es mucho peor que eso, porque dos o tres sobre
dos mil es una proporción intensamente
mayor que el plan teológico de salvar
únicamente a 144.000 entre todas las
miríadas de almas creadas. Podemos,
pues, desechar también esa teoría
como falsa, porque es irracional. Si Dios
es omnisciente, tendría un plan mejor
y más eficaz. El teólogo dice
que Dios es omnisciente y que la teoría
expuesta es cierta. Pero las enseñanzas
de la Biblia son muy diferentes.
Teoría del Renacimiento
Consideraremos ahora la teoría del
Renacimiento (o de la Reencarnación),
que postula la doctrina de un lento desarrollo,
efectuado persistentemente por medio de repetidas
encarnaciones en formas de creciente eficiencia,
por cuyo intermedio llegará un tiempo
en el que todos alcanzarán la cumbre
del esplendor espiritual, inconcebible para
nosotros actualmente. No hay nada ilógico
ni difícil de aceptar en dicha teoría.
Conforme miramos en nuestro entorno, observamos
esa lucha en la Naturaleza por alcanzar la
perfección, lenta pero persistentemente.
No encontramos ningún proceso de creación
súbita o de destrucción, tal
como lo postula el teólogo y, en cambio,
encontramos por doquier la "Evolución".
La Evolución es la "historia
del progreso del Espíritu en el Tiempo".
En todas partes, conforme miramos los variados
fenómenos del Universo, vemos que el
sendero evolutivo es una espiral. Cada vuelta
de la espiral es un ciclo. Cada ciclo se sumerge
en el próximo, y las espirales son
continuas, siendo cada ciclo el producto mejorado
del precedente y el creador de los estados
más desarrollados que le siguen.
Una línea recta no es sino la extensión
de un punto. Ocupa una sola dimensión
en el espacio. La teoría materialista
y la teológica serían semejantes
a esa línea. El materialista dice que
la línea de vida parte en el nacimiento
y que la hora de la muerte la termina. El
teólogo comienza su línea con
la creación del alma inmediatamente
al nacimiento. Después de la muerte,
el alma vive indefinidamente, estando su destino
determinado por lo que sembró en el
corto período de unos cuantos años.
No puede volver atrás para corregir
los errores. La línea sigue siempre
recta, implicando una cantidad limitada de
experiencia, y no habiendo elevación
alguna del alma después de la muerte.
El progreso natural no sigue una línea
recta como implican esas teorías; ni
siquiera un camino circular, porque eso significaría
dar vueltas continuamente sin llegar nunca
al fin, que sería lo mismo que emplear
sólo dos dimensiones del espacio. Todas
las cosas se mueven en ciclos progresivos,
de manera que puedan gozar de todas las ventajas
y de todas las oportunidades de desarrollo
que el universo de tres dimensiones pueda
ofrecerles, siendo necesario que la vía
en evolución tome el sendero de tres
dimensiones: la espiral que siempre va hacia
adelante y hacia arriba.
Bien sea que miremos la más modesta
planta de nuestro jardín o que examinemos
uno de los gigantescos árboles de California,
con metros de diámetro en el tronco,
es siempre lo mismo; cada rama, tallo u hoja
brota siguiendo una espiral simple o doble,
o en pares opuestos, que equilibra el uno
al otro, análogo al flujo y reflujo,
al día y a la noche, a la vida y a
la muerte y a otras actividades alternativas
de la Naturaleza.
Por todas partes se encuentra la espiral:
¡hacia arriba y hacia adelante, para
siempre! ¿Sería posible que
esta ley, tan universal en todos los otros
reinos, no rigiera también la vida
humana? ¡No puede ser! La misma ley
que despierta la vida en la planta para que
crezca de nuevo, trae al hombre para que adquiera
nuevas experiencias y progrese más
hacia la meta de la perfección. Por
lo tanto, la teoría del Renacimiento,
que afirma la encarnación repetida
en vehículos de creciente perfección,
está claramente de acuerdo con la evolución
y los fenómenos de la Naturaleza, con
la que no concuerdan las otras dos teorías.
Si miramos la vida desde el punto de vista
ético, encontramos que la ley del Renacimiento,
junto con la de Causa y Efecto, su compañera,
es la única teoría que satisface
la justicia y está en armonía
con los hechos de la vida que vemos en torno
nuestro.
Causa y Efecto
No es fácil comprender, para la mente
lógica, cómo un Dios "justo
y amante" puede exigir las mismas virtudes
de los millares de seres que Él mismo
ha "colocado bajo diferentes circunstancias",
sin regla ni plan alguno aparente, sólo
porque sí, y según su capricho.
Uno vive lujosamente; el otro tiene que roer
su pobre mendrugo. El uno posee una buena
educación moral y un ambiente de elevados
ideales; el otro está colocado en un
ambiente mezquino, donde se le enseña
a mentir y a engañar, y cuanto mejor
lo hace, mayor éxito tiene. ¿Es
justo exigir de ambos lo mismo? ¿Es
justo recompensar al uno por vivir honestamente,
cuando ha sido colocado en un ambiente tal
que es sumamente difícil que peque,
o castigar al otro que se encuentra tan constreñido,
que apenas puede tener idea de lo que constituye
la verdadera moralidad? Seguramente no. Es
más lógico creer que nosotros
hayamos interpretado mal la Biblia, que imputar
a Dios tan monstruoso proceder.
Es inútil decir que nosotros no debemos
investigar los misterios de Dios; que están
más allá de todo nuestro entendimiento.
Las desigualdades de la vida pueden ser explicadas
satisfactoriamente por medio de las leyes
del Renacimiento y de Causa y Efecto, que
armonizan perfectamente con nuestra concepción
de un Dios justo y amante, tal como dijo Cristo
mismo.
Además, mediante esas leyes, vemos
que podemos emanciparnos de nuestra poco deseable
condición actual, y adquirir determinado
grado de desarrollo por muy imperfectos que
actualmente seamos.
Lo que somos, lo que tenemos, todas nuestras
buenas cualidades, son el resultado de nuestras
propias acciones. Lo que nos falta física,
moral o mentalmente puede ser nuestro en el
futuro.
Así como no podemos hacer más
que volver a vivir todas las mañanas,
después del sueño de la noche
precedente, así también por
nuestras obras en las vidas anteriores hemos
creado las condiciones de nuestras futuras
vidas. En vez de lamentarnos de la falta de
ésta o de aquella facultad que deseamos,
debemos buscar los medios necesarios para
adquirirla.
Si un niño toca con toda facilidad
un instrumento musical, sin mayor esfuerzo
aparente, mientras que otro a pesar del persistente
esfuerzo toca con dificultad, esto muestra
sencillamente que el primero empleó
sus esfuerzos en alguna vida anterior. Por
lo tanto, posee esa virtud en la música,
mientras que los esfuerzos del otro comienzan
ahora en esta vida y, por consiguiente, tiene
que esforzarse mucho más. Pero si el
último persiste, podrá, aun
en su vida presente, llegar hasta ser superior
al primero, a menos que éste continúe
ejercitándose y perfeccionándose.
El hecho de que no recordemos los esfuerzos
destinados a adquirir una facultad por medio
de un trabajo tenaz no tiene importancia;
no altera para nada este hecho, porque la
facultad permanece con nosotros.
El genio es la marca de toda alma avanzada,
la que por medio de esforzado trabajo en muchas
de sus vidas anteriores, se ha desarrollado
en alguna dirección mucho más
allá que el término medio de
la raza. El genio es una demostración
del grado de adelanto que poseerá por
término medio la Raza venidera. Esto
no puede explicarse por la herencia, que sólo
está relacionada en parte con el cuerpo
físico y no con las cualidades del
alma.
Reencarnación en Animales y Plantas
Así pues, las dos leyes –del
Renacimiento y de Causa y Efecto- resuelven
en forma razonable todos los problemas de
la vida humana conforme el ser humano avanza
hacia su próximo estado: el super ser
humano. El rumbo que sigue el progreso humano
siempre es hacia arriba y hacia adelante,
según esta teoría; no como algunos
creen, que han confundido la doctrina del
Renacimiento con las disparatadas enseñanzas
de algunas tribus indias que creen que la
persona se reencarna en los animales o vegetales.
Eso sería una retrogradación.
Ni en la Naturaleza ni en los libros sagrados
de la India, se puede encontrar algo que sostenga
semejante doctrina. En uno (uno solo) de los
libros religiosos indios, se toca ese punto.
En el Kathopanishad (capítulo V, vers.
9), se dice: "Algunos hombres, de acuerdo
con sus deudas (obras) van a la matriz y los
otros al "sthanu". "Sthanu"
es una palabra sánscrita que significa
"un pilar", y esto ha sido interpretado
como que algunos seres humanos, debido a sus
pecados, han retrocedido al inmóvil
reino vegetal.
Los espíritus encarnan solamente con
objeto de adquirir experiencia; para conquistar
al mundo; para sobreponerse a su yo inferior
y conquistar el dominio de sí mismos.
Si comprendemos esto, comprenderemos también
que llegará un tiempo en el que no
habrá ya más necesidad de renacer,
porque se habrán aprendido todas las
lecciones. Las enseñanzas del Kathopanishad
indican que, en vez de permanecer ligado a
la rueda de nacimientos y muertes, el ser
humano llegará alguna vez a ese estado
inmutable de "Nirvana".
Finalmente, aunque la mayoría de la
gente no recuerda sus vidas pasadas, hay algunos
que las recuerdan, y todos pueden conocerlas
si viven la vida necesaria para obtener ese
conocimiento. Esto requiere una gran energía
de carácter, porque tal conocimiento
implicaría el conocer también
el destino inminente que puede estar suspendido
sobre nuestras cabezas, negro y siniestro,
manifestándose como horrendo desastre.
La Naturaleza ha ocultado graciosamente el
pasado y el futuro, para no robarnos la paz
de la mente, impidiendo la pena anticipada
de lo que tuviéramos por delante. Conforme
vamos adquiriendo mayor desarrollo, aprendemos
a dar la bienvenida a todas las cosas con
ecuanimidad, viendo en todo dolor el resultado
del mal pasado y sintiéndonos gozosos
de haber pagado las obligaciones en que habíamos
incurrido, sabiendo que nos queda menos por
delante y que el día de la liberación
de la rueda de nacimientos y muertes se acerca.
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Textos del libro Concepto Rosacruz del
Cosmos, ed. Kier
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