Por Pepe Rodríguez
 


Durante las últimas tres décadas, se ha hablado mucho de «sectas»; aunque, lamentablemente, el fuerte impacto emocional que va asociado a la problemática que generan ha hecho extraviar, en gran medida, el camino de la comprensión.

Independiente de los aspectos criticables que caracterizan al sectarismo -que no son pocos-, es necesario reconocerle también su innegable capacidad para atraer y enamorar a muchos ofreciéndoles «soluciones» que la sociedad no sectaria es incapaz de proporcionarles; o mejor dicho, que los aspirantes a sectarios no han logrado encontrar en su entorno social cotidiano. Por eso, aceptar de entrada que alguien pueda sentirse bien en una secta -incluso mejor que en su propia casa- será un sano ejercicio de comprensión, que ayudará a matizar posturas extremistas y, sobre todo, a ser críticos con ese entorno pretendidamente no sectario que tanto defendemos y presentamos como «lo normal y óptimo». Pero, normal y óptimo ¿para qué?, ¿para quién? o ¿en qué momento? Resulta altamente saludable poner en tela de juicio todo aquello que, desde la propia idiosincrasia, se cree indiscutible, y muy especialmente cuando hay que enfrentarse a comportamientos y creencias diferentes de los mayoritarios. Los nuevos puntos de vista a los que se llega tras este ejercicio de relativismo abren vías muy positivas para el entendimiento y la búsqueda de soluciones.

Para intentar comprender a un «sectario», debe asumirse previamente que su nueva perspectiva ideológica y sus comportamientos -por disparatados que parezcan a sus críticos- son consecuencia de un proceso de vida determinado y cubren de forma útil una serie de necesidades vitales que el sujeto siente como prioritarias y básicas en ese momento.

Se buscan, sin duda alguna, creencias trascendentales -aunque no necesariamente religiosas-, pero con más urgencia aún se demanda la adscripción a grupos «que le hagan sentirse bien a uno», que aporten al sujeto una carga de afectividad, relaciones humanas y objetivo vital que «le llenen».

Por lo tanto, debido a esta búsqueda de elementos subjetivos de seguridad y felicidad, será más acertado hablar de marcos ideológico/emocionales que de creencias en el sentido clásico del término. Las creencias, en definitiva, no son más que un espejismo para buscadores de seguridad. Son el faro que ilumina y justifica, pero sus seguidores, en todo caso, son cautivados por la intensidad del marco emocional que esconden.

"Te encuentras en un momento en que el mundo que te rodea te desborda -me contaba un ex sectario- y, en lugar de asumirlo, necesitas una explicación o algo más pequeño, a tu medida. Entonces, te metes en estos grupos cerrados en donde sabes qué gente hay, o aunque no lo sepas, allí obtienes una explicación para todo. Te organizan el mundo y te lo explican, te quitan la sensación de caos. Te dan mucha seguridad, la gente se siente muy segura. Vives situaciones muy solidarias. La gente se abraza en los rituales y sientes que te apoyan, que estás en un mundo afectuoso, todo lo contrario del mundo externo, que te hacen ver como hostil. Por eso, cuando ves lo que es el grupo y te sales, se produce como un desgarro. El desengaño es muy grande al ver cómo te han estado engañando y utilizando. En realidad, es como sentirte violado."

Esta comunión intensa de sentimientos, de comunicación humana, es patrimonio funcional exclusivo de los pequeños grupos. Por eso, las «sectas», en su sentido más amplio, y las sectas destructivas en particular, son dinámicas increíblemente atractivas para los individuos más frágiles, para todos aquellos que, en un momento dado de su vida, necesitan encontrar un mundo a su medida.

El dogma, la creencia particular de cada grupo, es lo de menos. Lo que engancha a un individuo a una secta no es lo que cree, sino el cómo lo cree. Los dogmas no son más que una pantalla que sirve de coartada para autojustificarse la necesidad de administrarse una experiencia emocional intensa, en el sentido dado al término en relación con las conductas adictivas. Sentirse creyente de tal o cual deidad o ideal, al margen de servir de soporte para tejer la sensación subjetiva de formar parte de «algo» trascendental, parece más honorable que sentirse adicto, sin más, a un grupo de gente que por su dinámica de relación hace que uno se sienta francamente bien. Lo primero pasa por religiosidad sublime, lo segundo pertenece al campo de las denostadas -aunque siempre buscadas- pasiones mundanas. El autoengaño es una tendencia general que caracteriza a todas las actuaciones emocionales del ser humano.

Si tenemos en cuenta que los actos de los seres vivos se rigen, entre otros, por los principios de búsqueda de economía -mínimo esfuerzo- y de placer -mínimo dolor-, podremos estar absolutamente seguros de que nadie adhiere a una «secta» para empeorar su situación psicosocial previa al ingreso en el grupo. Al contrario, la fase sectaria -con independencia de la calidad de las condiciones objetivas que definan y delimiten la nueva realidad del sujeto- parece aportar un equilibrio inédito en la estructura de personalidad del neófito. Esta apreciación, aparentemente contradictoria, se explica y justifica gracias a la particular configuración de toda estructura sectaria bajo la forma de universo protector.

Los humanos -y muy particularmente quienes tienen un perfil de personalidad presectaria- precisamos alcanzar una determinada parcela de seguridad para sentirnos equilibrados, y esa seguridad se adquiere de modo gradual a través de una interacción positiva con el entorno social. Pero si el balance es negativo, surge el desequilibrio, el descontento angustioso que empuja a buscar -y encontrar- nuevos marcos sociales acordes con las necesidades sentidas y capaces de darles satisfacción.

Cabría añadir, no obstante, que una dinámica de sectarismo destructivo no puede aportar soluciones sólidas y definitivas a sus angustiados clientes, pero cometeríamos un grave error si no tuviésemos en cuenta que sus «soluciones» atraen y enganchan a muchos, a la par que reducen y compensan estados de ansiedad y, en definitiva, reparten equilibrios de cartón piedra que sólo se mantienen en la medida en que el sujeto que los disfruta sigue seducido por el marco sectario. De todos modos, no nos engañemos cuando nos referimos a personas con un perfil presectario, que necesitan desesperadamente un determinado tipo de soporte social y emocional para seguir adelante. Debemos tener presente que las «soluciones» que provee una «secta» no serán ni más ni menos útiles o provisionales que cualesquiera otras alcanzadas a través de cualquier otra vía (exceptuando la psicoterapéutica). En estos casos, ya lo hemos dejado bien en claro, la clave del problema reside en la necesidad de dependencia que presenta un determinado sujeto más que en la estructura de que se sirve éste para encubrir y compensar su fragilidad. Sin embargo, también es verdad que el precio personal que se pagará por la conducta adictiva podrá variar mucho en función de las características del grupo del que se pase a depender.

En definitiva, lo que debemos retener es que, cuando se intenta comprender comportamientos y actitudes individuales, debe tenerse bien presente que éstos materializan siempre una vía encaminada a la satisfacción de alguna o algunas de las necesidades básicas que tenemos los humanos. Aunque pueda discreparse de la fórmula elegida por otros para mejorar sus circunstancias, no debemos olvidar que el comportamiento que llama la atención en ellos obedece precisamente a que su elección fue el camino que creyeron más indicado -o el único que fueron capaces de encontrar- para intentar colmar necesidades muy sentidas.

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Textos del libro Adicción a Sectas, Ediciones B.


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