Por Dr. Edward Bach

 
Ahora llegamos al problema crucial: ¿Cómo podemos auxiliarnos? Cómo mantener a nuestra mente y a nuestro cuerpo en ese estado de armonía que dificulte o imposibilite el ataque de la enfermedad, pues es seguro que la personalidad sin conflicto es inmune a la enfermedad.


Índice

   ¿Cómo Ayudarnos?

   En primer lugar, consideremos la mente. Ya hemos discutido extensamente la necesidad de buscar en nosotros mismos los defectos que poseemos y que nos hacen actuar contra la Unidad y sin armonía con los dictados del alma, y de eliminar esos defectos desarrollando las virtudes contrarias. Esto puede hacerse siguiendo las directrices antes indicadas, y un autoexamen de buena fe nos descubrirá la naturaleza de nuestros errores. Nuestros consejeros espirituales, médicos de verdad e íntimos amigos podrán ayudarnos a conseguir un buen retrato de nosotros mismos, pero el método perfecto de aprender es el pensamiento sereno y la meditación, y el llegar a un ambiente de paz y sosiego en el que las almas puedan hablarnos a través de la conciencia e intuición, y guiarnos según sus deseos. Sólo con que podamos apartarnos un rato todos los días, perfectamente solos y en un lugar tranquilo, sin que nadie nos interrumpa, y sentarnos o tumbarnos tranquilamente, con la mente en blanco o bien pensando sosegadamente en nuestra labor en la vida, veremos después de un tiempo que esos momentos nos ayudan mucho y que en ellos tenemos como flashes de conocimiento y de consejo. Vemos que se responde infaliblemente a los difíciles problemas de la vida, y somos capaces de elegir confiadamente el camino recto. En esos momentos tenemos que alimentar en nuestro Corazón un sincero deseo de servir a la humanidad y de trabajar siguiendo los dictados de nuestra alma.

   Recordemos que cuando se descubre el defecto, el remedio no consiste en luchar denodadamente contra él con grandes dosis de voluntad y energía para suprimirlo, sino en desarrollar firmemente la virtud contraria, y así, automáticamente, desaparecerá de nuestra naturaleza todo rastro de mal. Éste es el verdadero método natural de progresar y de dominar al mal, mucho más fácil y efectivo que la lucha contra un defecto en particular. Al combatir un defecto, se aumenta el poder de éste al mantener la atención centrada en su presencia, y se desencadena una verdadera batalla; el mayor éxito que cabe esperar en este caso es vencerle, lo cual deja mucho que desear, ya que el enemigo permanece dentro de nosotros mismos y en un momento de debilidad puede resurgir con renovados bríos. Olvidar el error y tratar conscientemente de desarrollar la virtud que aniquile al anterior, ésa es la verdadera victoria.

Desarrollo de la Virtud

   Por ejemplo, si existe crueldad en nuestra naturaleza, podemos repetirnos continuamente: "no voy a ser cruel", y así evitar errar en esa dirección; pero el éxito en este caso depende de la fortaleza de la mente, y, si se debilita por un momento, podemos olvidar nuestra resolución. Pero si, por otra parte, desarrollamos la compasión y el cariño por nuestros semejantes, esta cualidad hará que la crueldad sea imposible de una vez por todas, pues evitaremos el acto cruel con horror gracias a la compasión. En este caso no hay supresión, no hay enemigo oculto que aparezca en cuanto bajamos la guardia, pues nuestra compasión habrá erradicado por completo de nuestra naturaleza la posibilidad de cualquier acto que pudiera dañar a los demás.

   Como hemos visto anteriormente, la naturaleza de nuestras enfermedades físicas nos ayudará materialmente al señalar qué desarmonía mental es la causa básica de su origen; y otro gran factor de éxito es que consideremos la vida y la existencia no meramente como un deber que hay que cumplir con la mayor paciencia posible, sino que desarrollemos un verdadero gozo por la aventura de nuestro paso por este mundo.

   Quizá una de las mayores tragedias del materialismo es el desarrollo del aburrimiento y la pérdida de la auténtica felicidad interna; enseña a la gente a buscar el contento y la compensación a los padecimientos en las alegrías y placeres terrenos, y éstos sólo pueden proporcionar un olvido temporal de nuestras dificultades. Una vez empezamos a buscar compensación a nuestras duras pruebas con las bromas de un bufón a sueldo, comenzamos un círculo vicioso. La diversión, los entretenimientos y las frivolidades son buenos para todos nosotros, pero no cuando dependemos de ellos persistentemente para olvidar nuestros reveses. Las diversiones mundanas de cualquier clase tienen que ir aumentando de intensidad para ser eficaces, y lo que ayer nos distraía mañana nos aburrirá. Así seguimos buscando otras y mayores diversiones hasta que nos saciamos y ya no obtenemos alivio por esa parte. De una forma o de otra, la dependencia de las diversiones mundanas nos convierte a todos en Faustos, y aunque no seamos plenamente conscientes de ello, la vida se convierte en poco más que un deber paciente, y su auténtica sal y alegría, que debiera ser la herencia de todo niño y mantenerse a lo largo de la vida hasta la hora postrera, se nos escapa. Hoy día se alcanza el estado extremo en los esfuerzos científicos por rejuvenecer, por prolongar la vida natural y aumentar los placeres sensuales con prácticas demoníacas.

   El aburrimiento es el responsable de que admitamos en nuestro ser una incidencia de la enfermedad mucho mayor de la normal, de forma que las enfermedades asociadas con él tienden a aparecer a edad cada vez más temprana. Esta circunstancia no se dará si conocemos la verdad de nuestra Divinidad, nuestra misión en el mundo, y por tanto si contamos con la alegría de obtener experiencia y de ayudar a los demás. El antídoto del aburrimiento es interesarse activa y vivamente por todo cuanto nos rodea, estudiar la vida durante todo el día, aprender y aprender, y aprender de nuestros semejantes, y de los avatares de la vida, y ver la Verdad que se oculta tras todas las cosas, perdernos en el arte de adquirir conocimientos y experiencia, y aprovechar las oportunidades de utilizar esta experiencia en favor de un compañero de fatigas. Así cada momento de nuestro trabajo y de nuestro ocio nos aportará un conocimiento, un deseo de experimentar con cosas reales, con aventuras reales y hechos que valgan la pena, y conforme desarrollemos esa facultad, veremos que recuperamos el poder de sacar contento de los menores incidentes, y circunstancias que hasta entonces nos parecían mediocres y de gran monotonía, serán motivo de investigación y de aventura. Son las cosas más sencillas de la vida -las cosas sencillas porque están más cerca de la gran Verdad- las que nos proporcionarán un placer más real.

   
   La renuncia, la resignación, que nos convierte en un mero pasajero pasivo del viaje por la vida, abre la puerta a influencias adversas que nunca habrían tenido oportunidad de deslizarse si la existencia cotidiana se viviera con alegría y espíritu de aventura. Cualquiera que sea la situación de cada uno, trabajador en una ciudad superpoblada o pastor solitario en las montañas, tratemos de convertir la monotonía en interés, el deber aburrido en una alegre oportunidad para experimentar, y la vida cotidiana en un intenso estudio de la humanidad y de las leyes fundamentales del Universo. En todo lugar hay amplias oportunidades de observar las leyes de la Creación, tanto en las montañas como en los valles o entre nuestros hermanos los hombres. Lo primero, convirtamos la vida en una aventura apasionante, en la que no quepa el aburrimiento, y con el conocimiento así logrado veamos cómo armonizar nuestra mente con nuestra alma y con la gran Unidad de la Creación de Dios.

Desechar el Miedo

   Otra ayuda fundamental puede ser para nosotros desechar el miedo. El miedo en realidad no cabe en el reino humano, puesto que la Divinidad que hay dentro de nosotros, que es nosotros, es inconquistable e inmortal, y si sólo nos diéramos cuenta de ello, nosotros, como Hijos de Dios, no tendríamos nada que temer. En la era materialista, el miedo aumenta naturalmente con las posesiones terrenas (ya sea del propio cuerpo o riquezas externas), puesto que si tales cosas son nuestro mundo, al ser tan pasajeras, tan difíciles de lograr y tan imposibles de conservar, excepto lo que dura un suspiro, provocan en nosotros la más absoluta ansiedad, no sea que perdamos la oportunidad de conseguirlas, y necesariamente hemos de vivir en un estado constante de miedo, consciente o subconsciente, puesto que en nuestro fuero interno sabemos que en cualquier momento nos pueden arrebatar esas posesiones y que lo más que podemos conservarlas es una breve vida.

   En esta era, el miedo a la enfermedad ha aumentado hasta convertirse en un gran poder de dañar, puesto que abre las puertas a las cosas que tememos, y así éstas llegan más fácilmente. Ese miedo es en realidad un interés egoísta, pues cuando estamos realmente absortos en el bienestar de los demás no tenemos tiempo de sentir aprensión ante nuestras enfermedades personales. El miedo está actualmente desempeñando una importante labor de intensificación de la enfermedad, y la ciencia moderna ha extendido el reinado del terror al dar a conocer al público sus descubrimientos, que no son más que verdades a medias. El conocimiento de las bacterias y de los distintos gérmenes asociados con la enfermedad ha causado estragos en las mentes de miles de personas, y debido al pánico que les ha provocado les ha hecho más susceptibles de ataque. Mientras las formas de vida inferiores, como las bacterias, pueden desempeñar un papel, o estar asociadas a la enfermedad física, no constituyen en absoluto todo el problema, como se puede demostrar científicamente o con ejemplos de la vida cotidiana. Hay un factor que la ciencia es incapaz de explicar en el terreno físico, y es por qué algunas personas se ven afectadas por la enfermedad mientras otras no, aunque ambas estén expuestas a la misma posibilidad de infección. El materialismo se olvida de que hay un factor por encima del plano físico que en el transcurso de la vida protege o expone a cualquier individuo ante la enfermedad, de cualquier naturaleza que sea. El miedo, con su efecto deprimente sobre nuestra mentalidad, que causa inarmonía en nuestros cuerpos físicos y magnéticos, prepara el camino a la invasión, y si las bacterias y las causas físicas fueran las que única e indudablemente provocaran la enfermedad, entonces, desde luego, el miedo estaría justificado. Pero cuando nos damos cuenta de que en las peores epidemias sólo se ven atacados algunos de los que están expuestos a la infección y de que, como hemos visto, la causa real de la enfermedad se encuentra en nuestra personalidad y cae dentro de nuestro control, entonces tenemos razones para desechar el miedo, sabiendo que el remedio está en nosotros mismos. Podemos decir que el miedo a los agentes físicos como únicos causantes de la enfermedad debe desaparecer de nuestras mentes, ya que esa ansiedad nos vuelve vulnerables, y si tratamos de llevar la armonía a nuestra personalidad, no tenemos que anticipar la enfermedad lo mismo que no debemos temer que nos caiga un rayo o que nos aplaste un fragmento de meteoro.

Cuidados del Cuerpo Físico

   Ahora consideremos el cuerpo físico. No debemos olvidar en ningún momento que es la morada terrena del alma, en la que habitamos una breve temporada para poder entrar en contacto con el mundo y así adquirir experiencia y conocimiento. Sin llegar a identificarnos demasiado con nuestros cuerpos, debemos tratarlos con respeto y cuidado para que se mantengan sanos y duren más tiempo, a fin de que podamos realizar nuestro trabajo. En ningún momento debemos sentir excesiva preocupación o ansiedad por ellos, sino que tenemos que aprender a tener la menor conciencia posible de su existencia, utilizándolos como un vehículo de nuestra alma y mente y como esclavos de nuestra voluntad. La limpieza interna y externa es de gran importancia. Para la limpieza externa nosotros los occidentales utilizamos agua excesivamente caliente; ésta abre los poros y permite al admisión de suciedad. Además, la excesiva utilización del jabón vuelve pegajosa la superficie. El agua fresca o tibia, en forma de ducha o de baño renovado, es el método más natural y mantiene el cuerpo más sano; sólo la cantidad de jabón necesaria para quitar la suciedad evidente, y luego enjuagarlo con agua fresca.

   La limpieza interna depende de la dieta, y deberíamos elegir cosas limpias y completas y lo más frescas posible, principalmente frutas naturales, verduras y frutos secos. Desde luego habría que evitar la carne animal; primero porque provoca en el cuerpo veneno físico; segundo porque estimula un apetito excesivo y anormal; y tercero, porque implica crueldad con el mundo animal. Debe tomarse mucho líquido para limpiar el cuerpo, como agua y vinos naturales y productos derivados directamente del almacén de la Naturaleza, evitando las bebidas destiladas, más artificiales.

   El sueño no debe ser excesivo, ya que muchos de nosotros tenemos más control sobre el cuerpo cuando estamos despiertos que cuando dormimos. El antiguo dicho inglés "cuando llega la hora de darse la vuelta, llega la hora de levantarse" es una excelente indicación de cuándo levantarse.

   Las ropas deben ser ligeras de peso, tan ligeras como lo permita el calor que den; deben permitir que el aire traspase hasta el cuerpo, y siempre que sea posible hay que exponer el cuerpo a la luz del sol y al aire fresco. Los baños de agua y de sol son grandes fuentes de salud y vitalidad.

   En todo hay que estimular la alegría, y no debemos permitir que nos opriman la duda y la depresión, sino que debemos recordar que eso no es propio de nosotros, pues nuestras almas sólo conocen la dicha y la felicidad.

Victoria sobre la Enfermedad

   Así pues, vemos que nuestra victoria sobre la enfermedad dependerá principalmente de lo siguiente: primero, hay que tener conciencia de la Divinidad que hay dentro de nosotros y de nuestro consiguiente poder de superar las adversidades; segundo, hay que saber que la causa básica de la enfermedad obedece a la falta de armonía entre la personalidad y el alma; tercero, hay que tener la voluntad y la capacidad de descubrir el defecto que causa semejante conflicto; y en cuarto lugar, hay que suprimir ese defecto desarrollando la virtud contraria.

   El deber del arte de la curación consistirá en ayudarnos a alcanzar el necesario conocimiento y en proporcionarnos los medios para superar nuestras enfermedades, y además, en administrarnos los remedios que fortalezcan nuestros cuerpos físicos y mentales y nos den mayores probabilidades de victoria. Entonces sí estaremos en disposición de atacar la enfermedad en su base con esperanza de éxito. La escuela médica del futuro no se interesará particularmente por los resultados finales y productos de la enfermedad, ni les dará tanta importancia a las actuales lecciones físicas, ni administrará drogas y productos químicos para paliar los síntomas, sino que, conocedora de la verdadera causa de la enfermedad y consciente de que los resultados físicos obvios son meramente secundarios, concentrará sus esfuerzos en aportar esa armonía entre cuerpo, mente y alma que conlleva el alivio y curación de la enfermedad. Y en los casos en que se emprenda lo bastante pronto la corrección de la mente, se evitará la enfermedad inminente.

   Entre los tipos de remedios que se utilizarán, estarán los que se obtienen de las plantas y las hierbas más bonitas que se encuentran en la botica de la Naturaleza, plantas enriquecidas divinamente con poderes curativos para el cuerpo y la mente del hombre.

   Por nuestra parte, debemos practicar la paz, la armonía, la individualidad y la firmeza de propósito y desarrollar progresivamente el conocimiento de que en esencia somos de origen divino, hijos del Creador, y por tanto tenemos dentro de nosotros, esperando a que los desarrollemos, como haremos con toda seguridad en tiempos venideros, el poder de alcanzar la perfección. Y esta realidad crecerá en nosotros hasta que se convierta en el rasgo más destacado de nuestra existencia. Debemos practicar firmemente la paz, imaginando que nuestras mentes son como lagos que siempre hay que mantener mansos, sin olas, sin siquiera arrugas que perturben su tranquilidad, y gradualmente desarrollar ese estado de paz hasta que ningún avatar de la vida, ninguna circunstancia, ninguna otra personalidad pueda bajo ningún pretexto estremecer la superficie del lago o fomentar en nosotros sentimientos de irritabilidad, depresión o duda. Nos ayudará materialmente el aislarnos unos momentos todos los días para pensar tranquilamente en la belleza de la paz y en los beneficios de la calma, y darnos cuenta de que no será con prisas ni preocupaciones como más realizaremos, sino con calma, tranquilidad y sosiego en la acción: así seremos más eficientes en todo cuanto emprendamos. Armonizar nuestra conducta en esta vida de acuerdo con los deseos de nuestra propia alma, y permanecer en un estado de paz tal que las tribulaciones y preocupaciones del mundo nos dejen impasibles es algo muy importante, y lograrlo nos da esa paz que trasciende la comprensión; y aunque al principio nos parezca ser un sueño fuera de nuestro alcance, con paciencia y perseverancia estará al alcance de todos nosotros.

Armonía con Nuestro Ser Superior

   No se nos pide en absoluto que seamos santos o mártires o personas de renombre; a casi todos nosotros se nos reservan trabajos menos vistosos; pero se espera de todos nosotros que entendamos las alegrías y las aventuras de la vida y que cumplamos con agrado la parcela de trabajo particular que la Divinidad nos ha reservado.

   Para todos los enfermos, la paz de espíritu y la armonía con el alma son las mayores ayudas para la curación. La medicina y enfermería del futuro prestará mucha mayor atención al desarrollo de esto en el paciente de lo que se hace hoy cuando, incapaces de juzgar los progresos de un caso más que por medios científicos materialistas, pensamos más en tomar la temperatura con frecuencia y en prestar otras atenciones que interrumpen, más que promueven, el descanso tranquilo y la relajación del cuerpo y de la mente que tan esenciales son para la curación. No cabe duda de que al aparecer los menores síntomas del mal, en cualquier caso, si logramos estar unas horas completamente relajados y en armonía con nuestro Ser Superior, se abortará la enfermedad. En esos momentos, lo que necesitamos es una fracción de esa calma simbolizada con la entrada de Cristo en la barca durante la tormenta en el lago de Galilea, cuando ordenó: "Paz, cálmate".

   Nuestra visión de la vida depende de lo cerca que se encuentre la personalidad del alma. Cuanto más íntima sea la unión, mayor será la armonía y la paz, y más claramente brillará la luz de la Verdad y la radiante felicidad que pertenece a los más elevados ámbitos; éstas nos mantendrán firmes y sin desmayar ante las dificultades y terrores del mundo, pues tienen su base en la Verdad Eterna de Dios. El conocimiento de la Verdad también nos da la certeza de que, por trágicos que parezcan los acontecimientos del mundo, forman una mera etapa temporal en la evolución del hombre; y que incluso la enfermedad es en sí beneficiosa y obra bajo el imperio de ciertas leyes destinadas a producir un bien final con la presión que ejercen sobre nosotros impulsándonos hacia la perfección. Aquellos que saben esto no pueden verse afectados, ni deprimidos, ni desconsolados por esos acontecimientos que tanto pesan sobre los demás, y toda incertidumbre, miedo y desesperanza desaparecen para siempre. Con sólo que podamos estar en comunión constante con nuestra Alma, nuestro Padre celestial, el mundo será un lugar de alegría y nadie podrá ejercer sobre nosotros una influencia adversa.

   No se nos permite ver la magnitud de nuestra Divinidad, ni darnos cuenta del alcance de nuestro destino, ni del glorioso futuro que se abre ante nosotros; pues si así fuera, la vida no sería una prueba y no comportaría esfuerzo, ni mérito. Nuestra virtud consiste en que nos olvidemos en gran medida de todas esas cosas hermosas y, sin embargo, tengamos fe y ánimo para vivir bien y enfrentarnos con las dificultades terrenas. Sin embargo, por comunión con nuestro Ser Superior, podemos mantener esa armonía que nos permite superar toda la oposición del mundo y caminar por el recto camino de nuestro Destino, sin que nos desvíen de él malas influencias.

 

   Luego debemos desarrollar la individualidad y liberarnos de todas las influencias del mundo, para que, obedeciendo únicamente los dictados de nuestra alma, y sin dejarnos conmover por las circunstancias o por otras personas, nos convirtamos en nuestros propios amos, gobernando el timón de nuestro barco por los encrespados mares de la vida sin abandonar la barra de la rectitud y sin dejar el timón del barco en manos ajenas. Tenemos que conquistar nuestra libertad absoluta y completamente, de forma que cuanto hagamos, todas y cada una de nuestras acciones -incluso todos y cada uno de nuestros pensamientos-, tenga su origen en nosotros mismos,

permitiéndonos de ese modo vivir y darnos libremente por decisión nuestra, y sólo nuestra.

Valentía y Visión Interna

   Nuestra mayor dificultad en este sentido estriba seguramente en nuestros allegados en esta época en la que el miedo a la convención y a los falsos modelos de vida y de deber se nos presentan de modo tan atractivo. Pero debemos enaltecer nuestro ánimo, que a muchos puede bastarnos para enfrentarnos con las cosas aparentemente más importantes de la vida, pero que nos fallará con las pruebas más íntimas. Tenemos que poder determinar impersonalmente lo bueno y lo malo y actuar sin miedo en presencia de un familiar o de un amigo. ¡Cuántos de nosotros son héroes en el mundo externo y cobardes en casa! Por sutiles que sean los medios que tratan de apartarnos de cumplir nuestro destino, el pretexto del amor y del afecto, o un equivocado sentido del deber, métodos que nos esclavizan y nos mantienen prisioneros de los deseos y exigencias de los demás, debemos rechazarlos suavemente. La voz de nuestra alma, y sólo esa voz, habrá de indicarnos cuál es nuestro deber, sin que nos absorban los demás. Hay que desarrollar al máximo la individualidad, y tenemos que aprender a andar por la vida sin fiarnos más que de nuestra alma como consejera y auxiliadora, aprender a coger nuestra libertad con las dos manos y sumergirnos en el mundo para adquirir todas las partículas posibles de conocimiento y de experiencia.

   Al mismo tiempo tenemos que estar en guardia para permitir que cada uno ejerza su libertad, sin esperar nada de los demás, sino, al contrario, estando siempre dispuestos a tender una mano para ayudarles en los momentos de necesidad y de dificultad. Así, toda personalidad con que nos encontremos en esta vida, ya sea madre, marido, hijo, desconocido o amigo, se convierte en compañero de viaje, y cualquiera de ellos puede ser más grande o más pequeño que nosotros en cuanto a desarrollo espiritual; pero todos somos miembros de una gran comunidad embarcados en el mismo viaje y con la misma meta gloriosa al final.

   Debemos ser firmes en la determinación de vencer, resueltos en nuestra voluntad para alcanzar la cima de la montaña; no nos detengamos a mirar con pesar las caídas del caminar. Ninguna gran ascensión se ha hecho nunca sin tropiezos ni caídas, y hay que considerarlos como experiencias que nos ayudarán a tropezar menos en el futuro. Ningún pensamiento sobre errores pasados debe deprimirnos; ya han pasado y terminaron, y el conocimiento así adquirido nos ayudará a evitar repetirlos. Debemos apresurar firmemente el paso avanzado, sin pensar y sin volver la vista atrás, pues el pasado de incluso hace una hora ya está atrás, y el glorioso futuro con su resplandeciente luz siempre está delante de nosotros. Hay que desechar cualquier miedo; no debería existir nunca en la mente humana, y sólo es posible cuando perdemos de vista a la Divinidad. Es algo extraño a nosotros porque, como Hijos del Creador, Chispas de la Vida Divina, somos invencibles, indestructibles, inconquistables. La enfermedad es aparentemente cruel porque es el castigo de los malos pensamientos y de las malas acciones que fueron crueldad para otros. De ahí la necesidad de desarrollar el amor y la hermandad en nuestras naturalezas hasta el máximo, ya que así la crueldad será imposible en el futuro.

Cristo y Buda

   El desarrollo del Amor nos lleva a darnos cuenta de la Unidad, de la verdad de que todos y cada uno de nosotros pertenecemos a Una Gran Creación.

   La causa de todas nuestras tribulaciones es el egoísmo y el aislamiento, y éstos desaparecen en cuanto pasan a formar parte de nuestras naturalezas el Amor y el conocimiento de la gran Unidad. El Universo es Dios hecho objetivo; al nacer el Universo, renace Dios; cuando perece, Dios evoluciona aún más. Así ocurre con el hombre; su cuerpo es él externalizado, es una manifestación objetiva de su naturaleza interna; es la expresión de sí mismo, la materialización de las cualidades de su conciencia.

   En nuestra civilización occidental, tenemos el ejemplo glorioso, el gran modelo de perfección y las enseñanzas de Cristo para, guiarnos. Actúa para nosotros como mediador entre nuestra personalidad y nuestra alma. Su misión en la tierra consiste en enseñarnos a obtener armonía y comunión con nuestro Ser Superior, con Nuestro Padre que está en los cielos, y por tanto a obtener la perfección de acuerdo con la Voluntad del Gran Creador de todas las cosas.

   Eso mismo enseñó el Señor Buda y otros grandes maestros que de vez en cuando bajaron a la tierra a indicar a los hombres el camino de la perfección.. No hay atajo para la humanidad. Hay que conocer la verdad, y el hombre debe unirse con el esquema de Amor infinito de su Creador.

    Y así llegaremos, hermanos, al glorioso resplandor del conocimiento de nuestra Divinidad. Empecernos a trabajar firme y verazmente para cumplir el Gran Designio de ser felices y comunicar la felicidad, uniéndonos a esa gran Hermandad cuya existencia y razón de ser consiste en obedecer la voluntad de su Dios, y cuya mayor dicha se encuentra en el servicio de sus hermanos menores.

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Extractado de Cúrese Usted Mismo, del Dr. Edward Bach, incluido en el libro La Curación por las Flores. Edaf.

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